martes, 29 de septiembre de 2026

Envíos

Al final siempre se trata sobre el nombre.
Incluso antes del envío mismo, siempre se trata sobre el nombre, del remitente, del receptor, del mismo nombre de ese vínculo (sobre como 'acerca de' y a la vez 'encima de').

Habrá que volver a La tarjeta postal y ver qué ocurre cuando se escribe el nombre, con esa tensión entre papel lápiz y cuerpo, entre los dedos y el codo, con el brazo y el temblor del pecho.

Hay que volver a La tarjeta postal y no al Discurso amoroso. En el primero hay tensión y obstáculos. En el Discurso todo es más llano incluso el dolor y la partida. Problemas de tono.

Escribí que aún tenía un libro firmado con tu nombre-muerto. Dije que tuve que conseguir una copia para poder exorcisar el cadáver que suponía esa signatura. Me faltó añadir: que el ritual incluía estampar mi nombre en el nuevo volumen, en la esquina análoga del tuyo.

En todo espejo hay una transferencia también. Una referencia mimética si se quiere, quizás intentar equiparar densidades dispares por el ejercicio de la perspectiva, la luz y de los gestos (la distancia adecuada, diría). Y todo espejo en su duplicación tiene algo profundamente monstruoso [J.L.B.].

Imposible acertarle a un ritual inédito, es una flecha lanzada en medio de la niebla pero que también desmantela la devuelta (quema puentes, arrasa refugios, nada es un búnker): "Y si no destruimos todas las huellas, estamos salvados, es decir perdidos" [J.D.]

La ley de todo envío implica mantenerse estrictamente uno-mismo al menos hasta que ocurra la recepción. Y suponer que el destinatario permanecerá idéntico en ese mismo lapso. Otra flecha lanzada entre la niebla, entre las ruinas amables del desmantelamiento.


        Qué es lo bello,
                atreviste a deslizar.
        
        Tú cada vez menos,
                si me aguantas unas verdades
*


 Escribir tu nombre en el sobre que contiene el libro con tu nombre-muerto será lo adecuado con la perspectiva lúcida y fría del futuro, no con la efervescencia de hoy. Es la flecha en la niebla de una camanchaca que acabará y que sucederá como todo lo que ocurre: terminando y diciendo que volverá siempre.

 

(*). Nubosidad parcial, Camila Hormazábal, en: https://revistapuentedezanja.wordpress.com/2026/09/24/poemas-ineditos-nubosidad-parcial/

miércoles, 28 de octubre de 2015

Spoon River

Uno de los mejores momentos como lector fue encontrar las Vidas Imaginarias de Schwob. El otro es probablemente recibir el primer volumen de las Obras Completas de Borges, o comprar por precio de huevo la poesía -casi- completa de Pessoa. Siento una emoción harto cercana a esos recuerdos cuando paso cada página de la Antología de Spoon River. Ya que sus derechos pasaron a dominio público, gente laboriosa como Rodrigo Olavarría la tradujo para la también laboriosa editorial Das Kapital.

Desfile de imágenes y personajes ya muertos de un pueblo gringo de principios del siglo XX. Allí donde uno se lamenta de su mala suerte en vida, salta otro que le refuta afirmando que no fue la mala estrella sino su holgazanería el causante de sus males. Hay uno que se perfila como un disminuido, pero más allá un testimonio demuestra el bien que hizo, lo grande que secretamente fue. Y así. Pasan personas reclamando desde la muerte, recordando viejos amores, vanagloriándose o resistiéndose a creer todo lo que (no) hicieron en vida.

Con el mismo Schbow está relacionada esta Antología: ideando personajes y siendo contados. Pero también con el magnífico El Juicio Final del olvidado Papini, y también (cómo no) con la Historia Universal de la Infamia, La literatura nazi en latinoamérica y Retratos reales e imaginarios.

Hay vértigo y arrojo en cada personaje y sus frescos. Voluntad de maravillar, y trabajo bien realizado. Hoy no sé qué hay, sólo que casi nada de lo anterior.

viernes, 16 de octubre de 2015

Contar lo que no llegó

Estaba en una casa antigua. Cortinaje pesado y grueso que dejaba poco espacio a la fuerza de la luz, aunque dentro no habían penumbras sino claridad sepia. Hay varia gente del trabajo, con la cual apenas tengo relación directa. Se trata de una reunión importante, tensa, decisiva creo. Por lo mismo no sé qué hago aquí, pero estoy y en el sueño no me lo cuestiono. Supongo que la reunión tiene un clímax, algo ocurre pero no lo recuerdo, o simplemente salté al momento en que estoy junto a una mesa de arrimo viendo una nota que le dejó Diamela Eltit a la gerente dueña de casa. Una dedicatoria en un libro, unas líneas para enardecer el espíritu, algo como «fuiste lo que quisiste y serás lo que quieras».
Luego, en otra parte del Sueño, me encontraba en la cima de una colina que vista desde mis ojos parecía también una montaña rusa. Allá abajo se veían casas, se intuía a gente también. Estaba montado junto a otros en un bus enorme y antiguo, cuya cola apuntaba a este precipicio. De pronto la máquina ya iba colina a abajo desbocado, sin control. Sin embargo a pesar que su trasero iba adelante, nos encontrábamos frente al volante gritando a todos para que se corrieran y no fueran atropellados. Bajábamos, pasamos entre chozas y gente que saltaba fuera del camino. Yo no podía gritar más, y me desperté con la garganta reseca. Pero extrañamente contento.

Al menos puedo encontrar el origen de la primera sección del sueño: acabé velozmente Reinos de Romina Reyes, prestado por un amigo con el que compartíamos el desprecio por el libro. Leí para cuando fue publicado el cuento “Larvas” y “Reinos”. El primero me pareció deficiente, escurridizo y leve. El otro es muchísimo mejor. Ahora puedo decir que es el mejor del volumen. Pero el sueño viene de una imagen de “La Karen”, donde un tipo recupera de un libro una nota que le dejó a una ex, una nota que ella no leyó y que éste rasga en medio del cumpleaños de su antigua polola, justo antes de que le planten un botellazo en la cabeza por un problema inexistente o nublado por el alcohol.

Si había leído un par de sus cuentos, ¿a qué venía tanta cizaña contra su libro, contra la autora? Porque al menos podría haber leído el libro completo y luego molestarme en decir que era pésimo, como ocurre con otros. Todavía no lo puedo confirmar, pero supongo que fue por la atención mediática a un libro que no lo merecía. Y eso sí lo puedo confirmar: Reinos no soporta ni la mitad de las reseñas y críticas positivas que recibió en su momento. Tampoco las negativas, intuyo. Es un libro que resuma Bolaño y Zambra, aunque quién es nadie para criticar influencias a un autor, aunque sí se le puede (quiero creer) exigir pudor. Que se quiere Bolaño pasado por cerveza Báltica en Juan Gómez Millas, y Zambra perseguido por un amor violento y con una angustia etérea. En Reinos hay mucha bruma, no hay movimientos ni gatillantes claros. Lo cual puede ser perfectamente una forma de narrar, un velo que el lector pueda descorrer (o no), y que muestra otra textura, un nivel insospechado a la primera lectura. Pero acá no ocurre: hay manidas fórmulas tautológicas; frases y disgresiones subordinadas; perlas puestas a fuerza en diálogos que pretenden ser realistas; vueltas que no llevan a lado alguno. A pesar de ello, Reyes escribe formalmente muy bien, mejor que quienes han publicado narrativa los últimos 3 ó 4 años. Sabe manejar el ritmo de su historia, apura y da vértigo de maneras muy bien logradas. El resto está constreñido al intento por la narrativa patibularia de Lemebel, de una clase media que es miserable no por falta de pertenencias sino por soledad y abandono unos de otros: hijos sin padres que aún están vivos, cortinaje grueso que deja entrar poca luz, patios abandonados, plazas en ruinas. Reinos es la narrativa apropiada para un mundo en el que la alegría no llegó, pero nadie quiere confirmarlo aún.

martes, 13 de octubre de 2015

Felisberto, Mario, los raros.

Yo a Felisberto Hernández llegué tal como llegué a Topor o Balzac: porque estaba en la biblioteca que heredé de mi abuelo. Que la heredé por defecto, quiero decir, porque nadie más le siguió los pasos leyendo ni menos queriendo guardar esos libros.
Entonces ahí estaba ese libro, Las Hortensias, que leí en muy poco tiempo. Una edición de Lumen de 1974 con una portada evocadora de pesadillas eróticas. O de simple erotismo, que viene siendo una cara del terror, de sus atractivos y secretos.

Internet se usaba para otras cosas, no para buscar información, entonces no supe más de él hasta que muchos años después me topé con un canasto de libros en rebaja en un supermercado. Había oído su apellido, pero no sabía que también era uruguayo. Y nada más. Era una cajita con tres libros que me costaron lo mismo que un kilo de pan y 1/4 de queso laminado. Luego supe que La Trilogía Involuntaria costaba 4 ó 5 veces más en librerías.

Me zampé en pocos días los 3 libros. Mareado, impresionado y enloquecido. Me tomó tiempo salir del laberinto intrincado que Levrero construyó, involuntariamente.

Pero falto a la verdad. Acabo de recordar que había comprado La Ciudad en una feria al precio de medio kilo de manzanas. ¿Por qué si apenas me sonada su apellido? Seguramente porque leí su nombre de algún lado confiable. Probablemente en la bitácora de Rodrigo Fernández. Sí, ahí debe haber sido. Fernández lee mucho más y mejor que la mayoría, aunque no haga reseñitas ni pretenciosos comentarios. Basta con leerlo someramente para darse cuenta de eso.

Tal como los escenarios de Levrero, se puede entrar, pero salir cuesta. Quizás nunca se salga del todo. Porque o es laberinto y residuo del sueño, o es una muestra de lo cotidiano que a cualquier le pasa. En ambos casos se está en un laberinto intrincado o demasiado evidente como para salir sin daño. La complicación es lavar la losa, el aletear de una paloma en el patio, una ciudad que no acaba nunca, los avatares y penurias de un cualquiera.


Un diario que sea una bitácora de la disconformidad, o de preguntas sin respuesta. O de preguntas cuyas respuestas no importan en lo más mínimo. Hay muchas preguntas en Levrero. En forma de misterios o de terrores trémulos y sutiles. Pienso ahora que para él mismo su escritura fue su laberinto. Que tuvo que recorrer los extraños e involuntarios caminos del suspenso y misterio para decantar en sí mismo. Avanzar fuera de sí para alcanzarse. Algo así. Narrarse al final a sí mismo, y que eso sea maravilloso y brillante, enceguecedor y universal.

jueves, 8 de octubre de 2015

Aira y la escritura eterna

Hace poco el escritor argentino cumplió 64 años, y por mucho tiempo más se publicarán varias de sus novelas al año, sin contar sus traducciones, ensayos ni conferencias alrededor del mundo. Aira está en todos lados, sólo es cosa de saber mirar.

Llegar a Aira es un accidente. Provocado o no, deseado o no. A fin de cuentas leerlo es caer en enojo y deslumbramiento. Si se vence una novela, y se quiere conseguir otra, ahí es cuando un vórtice nos alcanza, y se empieza uno a cuestionar nociones que creíamos estables, por ejemplo: ¿qué debe tener una novela para que sea calificada así?, ¿cómo es posible que éste tipo publique 6 al año?
En la novela La última de César Aira, el también argentino Ariel Idez lanza una invectiva contra la pretensión del lector de agotar la obra de un autor, poniendo como parangón todas las publicaciones de Aira: pareciese que nunca se detuviesen, que siempre salen nuevas ediciones, que Aira estuviese diez pasos delante de sus lectores, tan lejos de ellos que nunca le podrán dar alcance. Y justamente eso es lo que se siente una vez se inicia su lectura. A pesar de ello, Aira repudia que le recuerden su elevada producción. “No sé qué idea se ha asentado en general de que el que escribe poco, el que escribe un librito cada 20 años es buenísimo, es un genio, y el que escribe cuatros libros por año es un tarado”.

Por lo mismo, conseguir uno de sus libros es algo sencillo. Probablemente se encuentre con algo de lo poco publicado por LOM, La serpiente o Un episodio en la vida del pintor viajero. En ésta presenta un relato verosímil: los paisajes salvajes de la cordillera camino a Mendoza, siendo pintados y vividos por Mauricio Rugendas. Hasta que sucede un accidente, y todo se trastoca y desborda. O puede ocurrir que se pase por una librería de viejos, y se halle Embalse, o algo de lo que ha publicado con Emecé, aparte de sus innumerables traducciones. Porque ha traído al español desde Raymond Chandler hasta una de las cumbres de la narrativa gráfica: Maus.

Hacia 2001 publicó una Enciclopedia de autores latinoamericanos: un mamotreto que estuvo en bodegas por 15 años. En rigor lo que mueve a Aira no es un afán propiamente enciclopedista, sino uno escatológico y afín a sus gustos. Figuran en sus páginas los clásicos, las lecturas obligatorias, pero por sobre ellos están los marginados, los olvidados, los peculiares y excéntricos. Así, las fuentes de Aira son diversas y perversas: “El material con que escribo mis libros viene mitad y mitad de esas dos puntas: un poco de Proust, un poco de Ren y Stimpy. No hay nada deliberado ahí, es solo lo que me gusta”. Y así mismo queda en el recuerdo del lector. Desfilan monjas, enanos, terroristas, todos los personajes más estereotipados según él, y vueltos una caricatura de la mofa que ya son, puestos en escenarios recargados, con misiones irrisorias o directamente fatales. No es poco casual que todo acabe con un estallido sordo en el cual Argentina (o el mundo) desaparece.
Si hay algo de cierto en que escribir es haber leído, todo es carne para la picadora de Aira, en función de un mundo con el eje trastocado, donde lo inverosímil es transparente a los personajes, pero puesto de una forma que irrita o trunca la lectura. En su visita a la FILSA en 2009 dijo: “Eso de la ‘necesidad de expresión’ siempre me ha parecido un poco macaneo, un poco excusa. Todos queremos hacer libros y darnos el placer que tuvimos alguna vez leyendo”. Una felicidad en fragmentos, que pasa luego al olvido en términos genéricos pero que deja la marca de su absurdo y sus excesos. Entregarse a su lectura voluntaria implica locura y riesgo, tal como él mismo escribe sus novelas. “Tengo un método de escribir, de improvisar, de ir día a día, de dejarme llevar por el capricho de cada día”. Cada jornada unas cuantas páginas, sin nunca volver sobre sus pasos a revisar ni menos corregir. Ha propuesto ir hacia adelante a toda costa, justificando lo escrito ayer con el trabajo de hoy. Si lo cumpliese, así se podría entender los híbridos que algunas veces resultan sus novelas. Como en Las noches de Flores, que abre relatando la bucólica vida de los jóvenes repartidores de pizza del barrio donde Aira vive, para luego mutar en una novela de misterio y persecuciones, con un enano mutante disfrazado de Batman, y un laberinto bajo un monasterio que refleja la disposición de las estrellas sobre Buenos Aires.


Aira ha creado su propio universo. Le ha dado forma a su escritura, que es una única novela publicada en esquirlas. Aira es una conspiración. Es uno o muchos. En caso de ser uno, está el problema de cómo escribe y publica tanto. El don de la ubicuidad editorial le pertenecería. En caso de ser varios, atenta contra la buena fe del lector, al que le agrada la unidad en la personalidad de sus autores favoritos. Una y otra opción presentan problemas, así que quizás sería conveniente afirmar que Aira es nadie y es un soplo, el aire que se va, un recuerdo deshilachado: “En términos generales, diría que soy partidario del olvido, que es liberador y suele estar del lado de la felicidad, mientras que la memoria es una carga y está aliada al remordimiento, al rencor, a la nostalgia y a las pasiones tristes.”



Publicado por ahí en papel en marzo de 2013.


martes, 6 de octubre de 2015

La misma carretera

Paso y paso las páginas de Galveston de Nic Pizzolatto. En menos de un día alcanzo un tercio.

Este año leí por fin Bouvard y Pécuchet. Una locura de principio a fin. Me sentí de nuevo metido dentro de alguna historia enciclopédica de Papini, con una poco del vértigo y el absurdo de Vian. Pero todo antes de ellos y su escritura, fundándolos quizás, diciéndoles qué y cómo violenta (pero cariñosamente). Siento que debí leerlo cuando me lo ofrecieron, hace tantos años. Pero ahí leí el Cándido de Voltaire y Gargantúa y Pantagruel. Qué carcajadas me provocaron esos.

Y Las Redes Invisibles de Sebastián Robles. Un creepypasta de las redes sociales. Como si el campo de estas redes fuera un desierto minado de oasis fantasmagóricos, habitados por sombras de personajes que lo dejaron hace ya mucho rato. Solo hay ilusión de compañía, cuando la realidad es harto distinta y triste.

Repasé un par de veces El Incendio de Valparaíso de Eduardo Correa. Una brutalidad entre los gritos (o los susurros amorosos) de prostituas y travestis, y de fondo una ciudad que se agita entre las llamas: "Pero sabíamos también que Valparaíso era una metáfora y que toda metáfora era una suprema traición".

No tengo para cuándo acabar En Busca del Tiempo Perdido. Los dos últimos volúmenes que me faltan ya los tengo, pero me falta el ocio y la motivación de hace una década. Lo mismo con el Ulises. O con Bajo el Volcán que no tengo pero que quiero leer y acabarlo. O La Montaña Mágica.

Pero releo Todos Nosotros, la poesía de Carver. Y es dolorosa. Un despeñadero por el cual todo cae. El resultado de sumar aburrimiento por el otro y la autocomplacencia, no sé si en medidas iguales o no. Y sobre la misma es también un aliento refrescante. Todos los años que Carver consideraba una yapa, los 11 años de amor y calma que vivió con Tess. Hay esperanza ahí, sin que por ello amaine el fuego, o el hogar detenga su descomposición.

¿Qué se hacen con los autores o libros que dicen importantes y que no he leído? ¿Hay que ir a ellos apurando el paso? ¿Hay algún camino que me lleve a ellos?

Tanto que leer y tanta desidia y olvido. Y para cuando me acuerdo, ya estoy metido en otros libros, y no da el tiempo o sobra el cansancio, y hay que vivir, por sobre y ante todo. La vida de los libros corre en otro carril, aunque se trate de la misma autopista para todos.

martes, 5 de marzo de 2013

Farándula Intelectual (pt 2)


  • Hace muchas décadas, cuando Armando Uribe Arce contaba con tiernos dieciséis años, tenía de profesor a Roque Esteban Scarpa (premio nacional de literatura 1980) que le contaba maravillas sobre Balzac. Uribe tenía la intención de leerlo, pero el francés estaba incluido en el Index de la Iglesia Católica, lo que significaba la inmediata amonestación moral de cualquiera que leyese alguno de esos tomos. El joven Uribe se decidió a visitar al cardenal José María Caro puesto que por su intermedio el obispo podría permitir tales lecturas. El cardenal, con los pies colgando de su alta silla se quedó dormido a los pocos minutos mientras Uribe, le explicaba su interés por Balzac. De pronto el cardenal se despierta y espeta un «petición denegada». El futuro poeta sale indignado del despacho y decide burlar el dogma: leyó a Balzac página por medio, así, no se podía afirmar que hubiese leído el libro entero y quedaba libre de pecado.

  • Balzac dijo de sí: «hay vocaciones a las que se debe obedecer, y algo irresistible me arrastra hacia la gloria y el poder», aunque siempre estuvo apurado económicamente, no teniendo qué comer, pero con la voluntad henchida. Dibujaba en su mesa de trabajo banquetes pantagruélicos con los que saciaba visualmente su apetito para poder seguir escribiendo. Buscaba simplemente «una mujer y una fortuna» cosa que encontró en la Madame de Hanska que, lamentablemente residía con su esposo millonario en San Petersburgo, ciudad que visitó en varias ocasiones. Se casan finalmente el 14 de marzo de 1850 en Berdiczew (actual Ucrania), para luego viajar a Paris a pesar de las graves dolencias del recién casado. El 18 de agosto de ese año Víctor Hugo lo visita, luego Balzac muere dejando inconclusa su Comedia humana. Su obra completa supera los 38 tomos.


martes, 26 de febrero de 2013

Farándula Intelectual (pt 1)


  • Durante un congreso de literatura organizado en Chile, Gonzalo Rojas y Juan Rulfo se aburren. El poeta chileno prepara una visita del mexicano a la casa de Neruda en Isla Negra. Rulfo ya había dejado de escribir hace varios lustros. Refiere Vila-Matas: «Cuando le preguntaban por qué ya no escribía, Rulfo solía contestar: Es que se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias». Una vez en casa de la costa, con la flema —con la arrogancia— que le era característica, Neruda lleva al segundo piso a su propia habitación a Rulfo, abre las cortinas y declama intentando emocionar al mexicano con la sublime vista del Pacífico. Cuando se da vuelta para ver la expresión de Rulfo, él ya dormía plácidamente sobre la cama del vate.

  • Enrique Lafourcade trabajaba en Zig-Zag, entonces llega Tito Mundt a pedirle trabajo o simplemente a visitarlo. Las versiones se oponen aquí, Lafourcade dice que él «irrumpió» en su oficina. Saca el periodista un papel y lee lo que resulta una «colorida descripción de una faena taurina». Cuando acaba, Mundt interroga al joven editor sobre la calidad del texto, que Lafourcade considera casi perfecto. Sólo luego de eso, Mundt le entrega el papel, para descubrir impresionado que estaba en blanco. Recuerda Lafourcade que éste le lanzó: «¿No crees tú que yo soy un genio? -me dijo-.  Sí. Confirmé, cortés».


martes, 19 de febrero de 2013

Pájaros Negros: metaleros del fin del mundo


Hace pocas semanas se concentraron en Rancagua una treintena de bandas de metal, en un festival nutrido, diverso y sorprendente. ¿De dónde salen estas hordas de negro? Alguna posible respuesta hay en Pájaros Negros de Patricio Jara (Ediciones B, 2012), que luego de excelentes novelas publica esta breve cartografía del metal chileno. Pero antes que eso, Jara pretende hacerse a sí mismo preguntas, sobre su propia historia con y en el metal, sobre este género como modo de vida, sobre su declarado fanatismo, y también sobre por qué durante los ’80 hubo tanta efervescencia en Chile, con bandas que nacían cada semana, fanzines especializados y todo un público fiel a la vez que sacrificado. Sin ir lejos, fue tal el auge que en 1987 Sábado Gigante invitó a la banda de thrash Necrosis: el animador acabó por humillarlos en pantalla, y la banda debió pedir disculpas a su público luego de ello.
Jara construye un relato que por sobre otra cosa, es un material emotivo. Hay datos, referencias e información por montones, pero están en función de ilustrar un período, el nunca-más del metal chileno, en el cual cada personaje que desfila por estas páginas vivió, y ayudó a expandir. No falta Dorso ni Pentagram, ni los fanzines artesanales en factura, pero profesionales en ambiciones, que consiguieron entrevistar a Tom Araya cuando Slayer no era la megaestrella actual, y el entrevistador Alberto Fuguet era un primerizo.

martes, 5 de febrero de 2013

El Prestamista: Fernando Josseau y sus mil vidas en la ficción


La más exitosa obra teatral chilena no ha sido del ICTUS, no ha sido La Negra Esterni La Pérgola de las Flores, sino El Prestamista, de Fernando Josseau, que llevó a unos cuantos millones de espectadores sólo en Chile, se ha estrenado en cerca de 150 teatros alrededor del mundo y ganó casi todo lo por ganar. Excepto, claro, un lugar en el recuerdo nacional.
En julio de 1956 se estrena en el teatro Caupolicán una obra cuyo nudo central es el asesinato de un usurero, un prestamista que tenía en sus redes a hombres de todas las condiciones sociales. Así, pasan frente al interrogatorio tres personajes: el panadero Peraza, un Marqués, y el financista Porse. Todos tienen motivos para el crimen, aunque la pieza deja entrever que existen muchos más sospechosos, pero a la vez quizás estos sean los con peores chances.
La obra de Josseau es mínima en artificios técnicos y escenográficos: un espacio oscuro, una silla quizás, un haz de luz que apunta al protagonista de turno. Lo importante es el escenario que el actor mismo representa: la exigencia es que sea un único artista aquél que personifique al trío de sospechosos. En las funciones inaugurales, Raúl Montenegro encarnó a la tríada y siempre mantuvo en vilo al público que le vio actuar. Este actor, padre de Maitén Montenegro del Jappening con Ja, ha sido el único latinoamericano que ganó el premio a mejor actor del mundo en el Festival de las Naciones, título concedido en el Paris de 1962.

martes, 29 de enero de 2013

Miserias de la lectura


El estreno del filme Los Miserables, pone de relieve la extraña y lejana relación que mantenemos con la lectura. Ésta, llega bajo el mote de ser la adaptación del musical del mismo nombre. ¿Y Victor Hugo? Mal, gracias…
En la cuenta de twitter del crítico de cine Daniel Villalobos, se puede leer la siguiente anécdota: le llama una periodista pidiéndole una cuña sobre Los Miserables. Él aclara que aún no la ve. Entonces sobre el musical, le dicen. Villalobos cuenta entonces el final de la historia, horrorizando a la reportera por el adelanto. Villalobos, extrañado supongo, remata: pero si es un libro clásico. “No, la película está basada en un musical”, insisten desde el otro lado.
Pero hay que ser justos: de no mediar el interés editorial, ¿cuántos sabrían hoy, que El Señor de los Anillos es una obra de Tolkien y no es original de Peter Jackson? Este interés no ocurrió con El Código Da Vinci porque primero fue un boom en la industria literaria, para luego saltar al cine, lo mismo que ocurrió con los misterios policiales de Stieg Larsson, o que ocurrirá cuando se adapten las eróticamente nefastas 50 Sombras de Grey.

martes, 8 de enero de 2013

Cómic Actual Chileno: Guía Rápida


El año 2012 cierra con un lanzamiento esperado. Mocha Dick es la historia de la mítica ballena blanca, con elementos mapuches, y referencias al imaginario de Coloane o al de Mampato. Esta publicación se suma a la del año pasado, donde también Francisco Ortega las hizo de guionista: 1899 es una ucronía que transcurre en la Guerra del Pacífico donde Chile gana gracias a una tecnología posible por el descubrimiento de la metahulla, un mineral con gran poder. El dibujante de Mocha Dick, Gonzalo Martínez, ya había participado por ejemplo en Road Story, de Fuguet, o en la versión en viñetas del clásico detective Heredia, de Ramón Díaz-Eterovic.
Los proyectos colaborativos se han multiplicado, y han pasado de la web hasta el papel, y no de manera directa sino sumándoles valor agregado, algo que siempre el lector de cómic agradece. Chile en Viñetas es un recorrido por los distintos estilos de relato y arte que hoy se pueden encontrar. Una idea que reúne a decenas de artistas, y cuyas ganancias son para caridad. El renacer del tradicional Dr. Mortis también tuvo su ala colaborativa: In Absentia Mortis de la editorial Arcano IV, que primero fue una publicación web, para posteriormente distribuirse gratuitamente en tomos en papel, para finalmente convertirse en un tomo compilatorio con todas las historias ocurridas en la ausencia de Mortis. Aunque probablemente la publicación que mayor profundidad presenta sea Lado B de Alfredo Rodríguez, junto a variados dibujantes. Lo que primero fue un webcómic que cuenta la historia de mundos alternativos, pasó al papel y lo hizo agregándole artefactos que hacían de la lectura una experiencia de juegos de rol: encontrando cartas cerradas, notas a mano, fotografías entre las páginas.



Continúa aquí: http://noticias.rastro.com/?p=8133

martes, 11 de diciembre de 2012

Álvaro Bisama: Chile y El Desastre

Bisama ha publicado ya dos libros de crónicas, cuatro novelas, y una antología crítica:Cien libros chilenos. No es sencillo decir ‘de qué van’ sus novelas. No al menos si no se han leído una par de ellas. Para Caja Negra (2006), Bisama no tenía tapujo alguno en crear una enciclopedia apócrifa de una inexistente industria de Cine-B chileno, con toda la genealogía de sus productores, directores y actores; las cintas reseñadas y comparadas; su paso por las salas de cine, su éxito o portentosos fracasos comerciales. Esta es una novela fragmentada, y por lo tanto con muchas fisuras y grietas, un monstruo de Frankenstein si se quiere, amable y bonachón en algunas versiones, o terrible y avasallador en otras: pero siempre monstruo. Caja Negra es un cuerpo que aúna la biografía de un rockero japonés, una suerte de caligrafía secreta (que obviamente esconde algo), escenas espaciales en donde se juega la sanidad de la realidad. Es la caja negra que ha guardado el audio previo al desastre.


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martes, 22 de mayo de 2012

Martín Warp: Ogú y Mampato en ácido



Hay algunas empresas en que el método adecuado es un desorden cuidadoso
Moby Dick


1. Recurrir a operaciones intelectuales manidas, repetidas hasta el hartazgo, tiene por supuesto el defecto de no decir nada al lector, pero por el otro lado pone el tema a tratar dentro de un horizonte conocido, familiar digamos.

2. Por lo mismo, no se mencionará en absoluto lo de la muerte del autor, mientras se hable de Martín Warp, novela gráfica recientemente publicada con financiamiento del Fondo del Libro a través de Mythica Ediciones. Martín Warp puede ser descargada también. Sus autores insisten en despojarla de las restricciones clásicas del copyright, lo cual tiene sentido, porque aunque se descargue ilegalmente Abbey Road, el disco seguirá siendo de The Beatles y nunca mío, en cuanto a autoría.

3. En Martín Warp se desarrolla una historia en varios planos temporales, a los que el protagonista accede mediante el uso de ketamina: “la percepción del tiempo se altera de tal manera, que un espacio de tiempo extremadamente reducido se percibe como un momento eterno e interminable”. Los personajes habitan un paisaje sureño destruido por el terremoto de 2010, en donde la ruina es la regla en muy distintos ámbitos: las letras perdidas de los frontis de los edificios, las grietas en los muros, la locura familiar.

4. Martín Warp tiende al desorden controlado. «Hay que llevar en sí mismo el caos», dice en una viñeta. Por ratos desespera su secretismo, su hermética construcción ––aunque eso es claramente achacable a que este es el primer número. O quizás sea parte del mismo tenor de ignorancia que se mantiene hasta que se consume un alucinógeno. Uno potente, uno de verdad. De aquellos con los que es imposible compartir la experiencia con el que no lo ha probado. Como una comunidad de psiconautas. O de adictos a la ketamina. De viajeros que llegan a cualquier lugar mientras no sea éste.




jueves, 26 de abril de 2012

Gion Mathias Cavelty

Son ese tipo de amarres de la realidad ante los que uno dice: "aaaaaah, ¡no!". Paso a enumerar.

1. Hace un par de días me dí unas vueltas por la Galería Veneto. La de los libros viejos en aquella galería frente a Miguel Claro, al costado del Passapoga. Aparte de encontrar una edición bilingüe preciosa de la poesía completa de Carver, me topé con un libro que sin tener nada de impresionante, llamóme la atención.

1.1. Bitches Brew de Miles Davis va muy bien mientras escribo esto.

2. Qué extrañas fuerzas confluyeron para hacerme notar ese particular tomo, en una mesa rebosante de otros tantos: Ad absurdum, o un viaje al laberinto de los libros (Editorial Andrés Bello Española, 1999, Barcelona. Originalmente publicado dos años antes)

3. Durante esa tarde busqué información del autor. Bien poco se encuentra. Pero eso es quizás porque el tal Gion Mathias Cavelty publica en alemán, y no soy ducho en tal lengua. No ducho ni lego, sino totalmente ignorante. A no ser que entender qué significa "Sein und Zeit" merezca elogio alguno, cosa que no apruebo.

3.5. Extraño nombre es el del autor, ¿no? Ahí ya comencé a pensar en

4. Benno Von Archimboldi, el halo, el fantasma escritor, el fantasma escritor vestido de una enorme chaqueta de cuero escribiendo La perfección ferroviaria.

5. El tipo inicia con un prefacio sacado de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, de Peter Greenaway. Esto es desconcertante en muchos aspectos. Ésa película es la más "película" de Greenaway, junto quizás con Drowning by Numbers y The Pillow Book. Pero sigue siendo un filme desconcertante.

6. Recuerdo claramente en aquella película cuando obligan a comer un libro a un personaje.

7. Pero antes del prefacio, hay una imagen extraña y al parecer fuera de lugar que apela al conocimiento científico clásico. Las efigies en modo grabado de Tycho Brahe, Hiparco, Galileo, Newton, Kepler, Laplace, y un poodle. Y un poodle. Todos ellos alrededor de Copérnico, cual patrono de la modernidad.

8. Y antes de ambas imágenes, la solapa del libro entrega una escueta biografía, que de tan mínima apenas si se puede llamar biografía. Ahí dice que Gion estudia italiano,retorromano e inglés en Friburgo y Zurich. Hay un comentarista que en su web se pregunta si acaso estudia una lengua en una ciudad, para luego viajar a otra a aprender otra... Me parece una pregunta válida.

9. Lo que me intriga es que Ad absurdum sea parte de una "celebrada trilogía", compuesta por además Quifezit, o un viaje en la caja de un violín; y Tabula rasa, o un viaje al reino de la locura. Todos publicados por editorial Andrés Bello (sección española), según averiguo, pero de seguro imposibles de hallar a no ser que el azar meta su tentáculo.

10. Revisando resultados de Google, doy con la web del autor. O la que supongo le pertenece (se recordará que no sé alemán), pues hay fotografías suyas ya mayor. No en vano han pasado 15 años desde que publicase Ad absurdum. Una imagen en particular me perturba hasta el hartazgo: Gion Mathias Cavelty junto a Kerry King de Slayer en el metro de New York. Es un dato extraño, pero comprobable:  http://www.nichtleser.com/news.php?d=11 

11. No hay adelanto posible de Ad absurdum. O no por lo menos en la medida en que no podemos adelantar nada tampoco de una novela de Aira. O no una vez anunciadas las peculiaridades de esta obra, de su hallazgo, su autor, y su gusto por el despelote.

12. "No tengo libros. Como no sé quién soy, tampoco sé qué libros debería leer", dice una ballena.

13. Hoy acabaré esta novela que comencé por la mañana. Seguiré tras la búsqueda de un libro que resuena en la historia a pesar de haber sido escrito ayer. Quiero saber qué resolverá hacer el protagonista junto al Poodle gruñón que maneja la nave espacial, una vez que han llegado al fin del universo, sólo para comprender que las estrellas eran botones de oro cosidos a un telón negro.

sábado, 14 de enero de 2012

ABC 2 (notas de lectura a 'Dormir al sol')

Notas a Dormir al sol

- es apresurada, impulsiva, un torbellino y un torrente textual que sin ser la manida stream of consciousness, arrastra al lector al vórtice preparado por Bioy Casares.

- La pasividad de Lucho (el protagonista) es equiparable a la del primitivo frente al devenir de la naturaleza, o en general, de todo lo que se presente como enigma. Su ignorancia permite que le embauquen sin que él se aperciba, más que como una cierta posibilidad, dado el extraño escenario en que se mueve: "rememoro esos últimos días (...) donde todo el mundo (...) persigue algún increíble propósito de maldad".

- "Todo es humillación. Uno se resigna a ser deficiente, como los sinvergüenzas". Diario de la guerra del cerdo.

- Dormir al sol es arena movediza, un vértigo que se alimenta de la ignorancia y la especulación. "Cuadros de una pesadilla en progreso", podría ser perfectamente su subtítulo. Para el lector, lentamente se van despejando las dudas, se va mostrando el claro al que conduce el texto, pero incluso así lo hace de manera soterrada: como dejando caer pistas en lugares inverosimiles, como esconder el cadáver en la habitación más iluminada. Ante esto, se les va la vida a los protagonistas en especular respuestas increíbles ante las situaciones bien peculiares que se les presentan. Dice Nevers en Plan de evasión: "Me había confiado tantas suposiciones disparatadas, que ahora, ante algo verosímil, quería aclarar las cosas".

- "iba a decirle que yo no tenía secretos, pero de pronto me pareció que el secreto estaba en ella y me asusté". Dormir al sol

- "yo miraba las cosas como quien las recuerda. O tal vez como un hombre que se despide". Dormir al sol

- O la pasividad del protagonista es la del "hombre que se despide" desde el primer momento en que sus ideas previas estallan o se desvanecen ante la nueva evidencia, el nuevo orden de cosas. Uno en el cual él es incompatible por lo que debe marcharse, despedirse de la razón progresiva e irremediablemente. En la misma medida en que en Diario de la guerra del cerdo hay un ambiente tenso en que todos saben de la batalla subterránea, acá cualquier suceso puede llevar al protagonista al colapso o provocarle nada en particular. Quizás la mayor locura se de en la cotidianidad. "El que se asusta, se enoja" dice en Una muñeca rusa.

- El cuento "Bajo el agua" es origen en más de un sentido de la novela de Aira Embalse. Con precisión, la obra de Bioy Casares nutre en más de un sentido, la de Aira. Me parece tan evidente una vez leídos ambos, que no diré nada más: baste la constatación.

- "mi relato prueba, me parece, que digo la verdad sin preocuparme de quedar bien". Dormir al sol

- Dormir al sol se emparenta con La invención de Morel y también con Plan de evasión, como si se tratase de un arco argumental dentro de un plan superior, y anterior. Rondan entre ellos los temas del encierro prácticamente irreversible, la psicología y los tratamientos para modificar la conducta indeseable, la técnica aplicada a lo anterior, y por sobre todo, una cuestión formal que en la narración emerge como una tensión en la cotidiana regularidad de las cosas. Existió un orden y se le anhela, extraña y desea de vuelta haciendo lo indecible si fuese necesario.

- En Plan de evasión el pelele Nevers se debate entre cuestiones menores, se enreda en galimatías espirituales propios de pusilánimes. Los ancianos de La guerra del cerdo se aferran a viejas glorias, apelan al respeto nada más que basados en convenciones harto vacías. El protagonista de los ingenios de Morel es un observador propiamente tal: su pasividad no acaba incluso poniéndose él como objeto de observación.

"En los momentos peores, la vida parece una representación, con unos pocos monigotes que repiten siempre el mismo número". Dormir al sol

viernes, 6 de enero de 2012

ABC


Debo, como la penosa mayoría, el conocimiento de Adolfo Bioy Casares por mediación de Borges. Es él quien da noticia del extraño país de Uqbar, en una noche que era propicia para los juegos de espejos en la oscuridad. Digo penosa, porque su Obra se sostiene sin ayuda alguna, sin prótesis borgeana, ni ayuda de su matrimonio con Silvina Ocampo, ni nada más que su propia escritura.
Pasó el tiempo en que le leí con ferocidad: Diario de la guerra del cerdo, la saga policial de Bustos Domecq junto a Borges, Plan de evasión, Dormir al sol, los cuentos de Muñeca rusa y El lado de la sombra. Y también, La invención de Morel, que años atrás me avergoncé de no haber leído viendo un episodio de Lost donde le mostraban.
En Plan de evasión se prefigura el panóptico carcelario y otras muchas ideas afines a la sociedad de control, tal como luego lo haría Alan Moore en V de Vendetta. En La invención de Morel se adelantan juicios estético-técnicos-filosóficos, pero por sobre todo se consigue con creces un relato sin merma, sin fuga, que ha envejecido en años de reimpresiones pero en nada fundamental.
Tal como el protagonista de Plan de Evasión, el narrador de La Invención de Morel es confinado a una isla, en este caso huyendo de una condena nada explicada, pero perpetua, lo que le lleva a considerar que salir de la isla sea un absurdo. A ésta, de improviso, llegan visitantes. El narrador presiente su captura, un plan de las autoridades para deportarlo. No le encuentran porque no le buscan, y a cambio conoce a los visitantes a la distancia, a una en que él desaparece a pesar incluso de ponérseles en frente. Contar algo más sería spoiler.
En horribles años en que se publican historias que desmerecen al guionista de cine y al lector, en que existen vampiros que brillan y adolescentes idiotizados por ellos; en estos años de barbarie y poco decoro, es cuando mayor sentido tiene volver a los clásicos. Hay quien piensa que sólo Borges será recordado como un clásico argentino, a despecho de ellos hay que recordar a Bioy Casares (y a Arlt, obviamente).
En 1940 la novela “de peripecias” pasaba por momentos críticos, que se arrastraban un siglo atrás por lo menos, con la arremetida de la novela con afán de catálogo social (Balzac), de compendio mental y experiencial (Joyce, Proust), o con envolvente psicologismo (Dostoievski). Bioy vuelve a la tradición inglesa aventurera, y se despacha un texto clásico (sin ser peyorativo), sutil pero evocativo y poderoso en sus 'consecuencias', una novela en que fuera de ocurrir eventos, es amplia y generosa en lo que sobrepasa lo empírico: la sección final es un vórtice especulativo, que abarca desde la filosofía de la percepción hasta la elucubración mecánica; y el grueso es incertidumbre acercándose al vértigo, o la demencia.
En estos años de vergüenza literaria, el pasado nos puede mantener a flote, y quizás dar esperanzas de volver a crear buenos y envolventes argumentos, sin caer en parrafadas en forma de ladrillos con hojas, ni en ridículos pastiches que son el hazmerreír de las redes sociales. Baste repetir lo que el reticente y sabio lector Borges, dijo sobre la novela de su amigo: “He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta.”

miércoles, 23 de marzo de 2011

90 clásicos de la literatura para gente con prisas


De manera resumida, siempre que se relata una obra no se hacen más que pequeños recortes de su argumento, se realiza una disección de lo leído. A fin de cuentas, se toma una decisión respecto a lo dicho. Tal que el collage que se ve no sea nada más que formado con trozos de una obra mayor, monumental, y cerrada en sí misma.
«90 clásicos de la literatura para gente con prisas» se lee en un fracción ínfima del tiempo necesario, digo: del tiempo necesario para leerse siquiera una de las obras contenidas entre sus páginas. Hay clásicos, evidentemente, hay decisiones cuestionables y otros que no se encuentran, pero vaya a saber uno lo que pase por la cabeza de un lector sueco como lo es Henrik Lange. Éste es dibujante de cómic desde comienzos de los ’90, que de pronto da un golpe a la cátedra poniendo una bomba de racimo dentro del mismo formato del que se nutre, pero no por ello entrando en la lista misma de los «clásicos».
En apenas cuatro viñetas (3 si uno se pone exquisito, y considera a la primera únicamente como título), quiere conservar el núcleo de, por ejemplo, Moby Dick… sí, la misma de 135 capítulos: “El joven y aventurero Ismael se enrola en el barco ballenero del capitán Ahab. / Surcan los mares en busca de ballenas, pero no de las normales, sino de Moby Dick, que obsesiona a Ahab. / Como en toda obsesión insana, al final todos mueren, salvo Ismael, que flota a la deriva sobre un ataúd. ¡Qué ironía!”. Evidentemente, éste no es un libro para puristas, probablemente Ibáñez Langlois, Lafourcade y Armando Uribe pondrían el grito en el cielo, pero a paseo con ellos, porque estos 90 bosquejos, ejemplifican una manera de comprender la misma literatura en su otro extremo: el de la superficialidad, el de la ignorancia, lugares tan caros a la cátedra para poner enarbolar la especifidad y la sapiencia en sus mismos estudios. En esto va el juego, puesto que da lo mismo haber leído o no cualquier clásico porque éstos ya han entrado al circuito (por su condición de clásicos) en el cual da lo mismo haberlo leído en tanto se presupone su misma lectura, y se presupone por la misma condición de clásico, generando un bucle de explicaciones contenidas dentro de la misma formulación del problema. Quiero decir, que muy pocos se han dado a la aburrida tarea de leer En busca del tiempo perdido (quizás porque se intuye que saliendo de su lectura, uno se da cuenta que perdió su tiempo), pero no por ello es menos cierto que todos saben que la chispa que inicia la saga, son unas magdalenas remojadas en té. Si todos los dizque lectores de Ulises fueran ciertos, entonces podrían hacer su propia nación, con emblemas patrios, idioma propio y todo lo demás, pero es que apenas alcanzan para justificar nuevas ediciones. Y a pesar de ello el “Bloomsday” en Dublín, es un evento multitudinario.


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