sábado, 31 de octubre de 2026

Ahorrar vida

   De manera inédita porque no propuesta llevo una racha de novelas al hilo leídas en muy poco tiempo. Todas también cifradas alrededor del crimen y también de una profunda desidia existencial.

     
    Siempre es bueno volver a leer a un amigo, eso por descontado. Pero también es bueno seguirle los pasos al mundo de personajes concebidos para cometer una seguidilla de atrocidades que significan una saga de novelas, cosa totalmente común para el noir. Encontrarse con Perkin de Gonzalo Hernández publicado me inquieta por los dos motivos anteriores. El descenso del protagonista se viene fraguando desde la primera entrega de la serie del investigador privado marihuanero y pesimista, y acaba donde debía acabar. La cana es un lugar sórdido y tautológico. Hernández puede dejar a la vez muy claro que el tiempo ahí transcurre de una forma torcida y sin embargo hacer fluir su relato de modos poco comunes para ese nivel de perversiones cotidianas. De manera explícita no hay horizontes amables, toda posible mejoría en la condición del prisionero Gustavo Huerta es apenas superficial: quizás una mejor celda, quizás asegurarse un mes sin problemas de plata, hacerse relevante brevemente para no ser violado, asegurar un suministro de cariño semanal. Cada posible salida es aplastada al poco por el peso del sinsentido penitenciario amén de la íntima convicción de Huerta de que no merece nada bueno y en la misma de destruir a garrotazos cualquier vínculo con el exterior tal que su plan consistiera únicamente en mantenerse en cana yendo en contra incluso de sus planes para acceder a un juicio que le favorezca. El sino de la cárcel es indecible pero acá hay una rendija sucia por la que sentirse agradecido de estar del otro lado de los barrotes.

 

    En el lanzamiento de El libro de la ciudad la generosidad de su autor Rodrigo Arroyo no solo me entregó su dedicatoria sino que me propone casi en secreto que busque erratas en su poema. Pillo algunos y se los envío, justo algunos que él no había notado al parecer. Nos reímos pensando en que todo es errata y le devuelvo una cita de Uribe en Las críticas de Chile: “de las erratas se hace responsable el autor”. Fuera del chascarro El libro de la ciudad se erige como otro edificio derruido y olvidado de Valparaíso, con toda la tristeza y desencanto que esto podría suponer. Un edificio brutalista pero que igualmente no olvida que el detalle existe y que en sus recovecos se esconde el mismísimo demonio:

 

en qué silencio entraría una ciudad que se ilumina a sí misma, y no a la historia que le permite atravesar las sombras

el canto que amenaza la muerte del pasado

 

    Hace algunos años leí una relación entre el poema Documental de Jaime Pinos y El clan Braniff novela de Matías Celedón, ambas publicadas en 2018 y enlazadas por un tratamiento peculiar del archivo de la última dictadura sufrida aún por acá. Sobre el archivo a secas incluso. Mientras que al poema de Pinos le he dedicado varias lecturas la novela seguía envuelta en su celofán hasta hace una semana en que la comencé finalmente sólo para darme cuenta que debía medirme o la acabaría ese mismo día. Ésta ha sido definida como libro objeto de acción, de espionaje podría ser también. Aparte del evidente mimo en su edición con diapositivas a color (que están impresas a ambos lados de la página, simulando la transparencia misma original de ese formato), imágenes que nos llevan a leer de nuevo lo que hace poco ocurrió y variados objetos que contextualizan la narración. Más allá de eso todo el entramado de la DINA en su vertiente cocaína negra se empalma directamente con el asesinato pocos años antes en Washington de Letelier y Moffitt. Toda la madeja criminal y gubernamental implicada va emergiendo lentamente hasta ser dolorosamente patente, tanto como la perversa impunidad de la que prácticamente todos gozan hasta hoy. Celedón es hábil en este tipo de montaje visual e intercalados de breves historias que siempre remiten a la fotografía, a algunas en particular (como las de los 4 de la Junta de la dictadura) o de la fotografía como medio, como paradigma de fijación temporal y registro objetivo. Ficción documental, también podría ser llamada.

 

Escribe Pinos:

Palabras imágenes

para apegarse a lo real

para presionar arrastrar

lo real hacia el poema

 

Celedón pareciera responderle en un apartado técnico de su novela: “Para corroborar las declaraciones de testigos, víctimas y sospechosos, se debe fotografiar todo como si fueran elementos: lugares, puntos de entrada y salida” (Pág. 47).

 

    Wilhelm Genazino me era desconocido hasta hace unas pocas semanas. Una fruición de veinteañero al devorar su Si fuéramos animales que identifico de inmediato con esos años, con esa prisa sin objeto es decir una prisa impulsada únicamente por el deseo nunca por la premura de una tarea por finalizar. Nadie que no esté irremediablemente tocado por la lectura lo entendería. Tiene algo de la desazón que a los veinte años se imposta (el spleen, digamos) pero que pasados los cuarenta se vive hace un buen rato. Por eso leerse puede resultar levemente descorazonador o directamente violento y autoflagelante. Porque esa desazón ya se incorporó como abierta desidia, de manera casi precisa como la del arquitecto protagonista que vive en la observación que pretende ser inteligente de su entorno. Apreciables sus consideraciones porque se sabe miserable y constantemente al borde de la locura, por lo tanto a la par del absurdo cotidiano y brillante cuando de las maravillas toca hablar: “lo curioso en la belleza es que solo se la puede mirar. Uno no puede llevarse nada de ella a casa ni conservar una parte en algún sitio específico. A la belleza solo se la puede mirar fijo, mas no se la puede extraer. Tras observarla largo tiempo, hay que irse”. Fuera de estas apreciaciones inteligentes y por lo tanto vanas, todo discurre con una agencia diluida porque la ganancia última del protagonista es ahorrar vida: “Debía protegerme de tener demasiadas vivencias superfluas. Me hubiera bastado con la mitad de lo que vivenciaba. Pero con frecuencia no lograba reconocer con la suficiente rapidez qué experiencia resultada prescindible y cuál no”. Irremediablemente un párrafo así se enlaza con el agobio propiamente adulto, del trabajador embarcado lo quiera o no en la maquinita célibe porque improductiva para él mismo, pero que le deja todos los residuos dentro —el contrato social es despreciable porque obligatorio.

    Enmascarada en el frenesí de lecturas de los veintitantos estaba también la desazón que luego se cristalizaría en profundo aburrimiento y una progresión irrefrenable por la amargura. “Me causó perplejidad convivir, en líneas generales de común acuerdo, con muchas personas y cosas que en el fondo me resultaban insoportables” remata Genazino ya con el lector en el suelo.

 

Quizás mientras más se lee más uno se devuelve.

jueves, 22 de octubre de 2026

Aquatic Ambience

  

    Mientras braceo no dejo de pensar: el agua me tensiona, me repele pero también me coquetea y provoca. Anoto mentalmente otra vuelta a la piscina y confirmo lo hipnótico del bullir de las aguas al avanzar en ellas, el bufido al respirar cada 2 ó 3 braceadas.

 

    Escribe Zondek a contrapelo de Heráclito y su río mutante:

 

¿Por qué las aguas que pasan no limpian tu nombre?

¿Por qué lo inscriben con fuego en el risco del tiempo?

(Peregrina de mí, I)

 

    En la otra rivera del río pero del lado correcto de la memoria como músculo por ejercitar.

 

    Durante semanas miro a los otros e imito, adecúo movimientos y ritmos, me propongo cierta eficacia o al menos atisbar un umbral de mejoras técnicas. Por ejemplo jamás había considerado viable botar el aire estando bajo el agua. Cosa que hago y me cambia un engranaje que mueve otros cuerpos dentro del cuerpo y comienza a crear un algoritmo que cada vez que es aplicado comienza a volverse invisible sin perder nitidez –cosa bastante posible. La secuencia de acomodos y torsiones del cuerpo resulta imposible de explicar tal como ocurre: al unísono y solapando lo que hace el tronco superior contra las piernas, la cabeza girando y el brazo adelantándose y hundiéndose, un sentido del ritmo dice Deleuze: “sé componer directamente mis relaciones características con las relaciones de la ola. Eso ya no ocurre entre la ola y yo, ya no sucede entre partes extensivas -las partes acuosas de la ola y las partes de mi cuerpo-. Sucede entre relaciones: las relaciones que componen la ola, las que componen mi cuerpo, y mi habilidad”.

 

    Justo ahí donde ahogarse significa quedarse sin aire o llenarse de agua está el miedo al error milimétrico en la bocanada, en que la nariz o boca estén taponeados, en no girar correctamente la cabeza en coordinación con la braceada. Pienso riéndome en el nivel acuático de Sonic famoso porque muchos morían ahogados por no consumir las burbujas de oxígeno del escenario en vez de evitarlas. Habría que imaginar a un Donkey Kong Country donde debamos proveernos de oxígeno para respirar bajo el agua. Pero tal decisión de diseño deja inmediatamente fuera la música de sus niveles acuáticos: Aquatic Ambience únicamente funciona en el borde entre jugabilidad normal e histeria por sobrevivir y que no se nos ahogue el primate que controlamos. O más precisamente: funciona porque de manera excepcional un mamífero no necesita respirar bajo el agua. O también: nada ni nadie muere-ahora porque el evento de su fenecimiento ya ocurrió y sólo resta la notificación.

 

***

 

    En el fondo no nos bañamos ni siquiera una vez en el mismo río. Ser quien constata la actual ruina de aquello que un segundo antes resplandecía (incluso uno mismo).

 

imagínalo: un montón de

transatlánticos            cruceros

de lujo con todo su oropel

adornando el fondo marino

 

cubriéndose de algas

plancton y cantos de

ballenas

 

(Opazo, “Detrás de la niebla” en Baja fidelidad) 

martes, 29 de septiembre de 2026

Envíos

Al final siempre se trata sobre el nombre.
Incluso antes del envío mismo, siempre se trata sobre el nombre, del remitente, del receptor, del mismo nombre de ese vínculo (sobre como 'acerca de' y a la vez 'encima de').

Habrá que volver a La tarjeta postal y ver qué ocurre cuando se escribe el nombre, con esa tensión entre papel lápiz y cuerpo, entre los dedos y el codo, con el brazo y el temblor del pecho.

Hay que volver a La tarjeta postal y no al Discurso amoroso. En el primero hay tensión y obstáculos. En el Discurso todo es más llano incluso el dolor y la partida. Problemas de tono.

Escribí que aún tenía un libro firmado con tu nombre-muerto. Dije que tuve que conseguir una copia para poder exorcisar el cadáver que suponía esa signatura. Me faltó añadir: que el ritual incluía estampar mi nombre en el nuevo volumen, en la esquina análoga del tuyo.

En todo espejo hay una transferencia también. Una referencia mimética si se quiere, quizás intentar equiparar densidades dispares por el ejercicio de la perspectiva, la luz y de los gestos (la distancia adecuada, diría). Y todo espejo en su duplicación tiene algo profundamente monstruoso [J.L.B.].

Imposible acertarle a un ritual inédito, es una flecha lanzada en medio de la niebla pero que también desmantela la devuelta (quema puentes, arrasa refugios, nada es un búnker): "Y si no destruimos todas las huellas, estamos salvados, es decir perdidos" [J.D.]

La ley de todo envío implica mantenerse estrictamente uno-mismo al menos hasta que ocurra la recepción. Y suponer que el destinatario permanecerá idéntico en ese mismo lapso. Otra flecha lanzada entre la niebla, entre las ruinas amables del desmantelamiento.


        Qué es lo bello,
                atreviste a deslizar.
        
        Tú cada vez menos,
                si me aguantas unas verdades
*


 Escribir tu nombre en el sobre que contiene el libro con tu nombre-muerto será lo adecuado con la perspectiva lúcida y fría del futuro, no con la efervescencia de hoy. Es la flecha en la niebla de una camanchaca que acabará y que sucederá como todo lo que ocurre: terminando y diciendo que volverá siempre.

 

(*). Nubosidad parcial, Camila Hormazábal, en: https://revistapuentedezanja.wordpress.com/2026/09/24/poemas-ineditos-nubosidad-parcial/

miércoles, 28 de octubre de 2015

Spoon River

Uno de los mejores momentos como lector fue encontrar las Vidas Imaginarias de Schwob. El otro es probablemente recibir el primer volumen de las Obras Completas de Borges, o comprar por precio de huevo la poesía -casi- completa de Pessoa. Siento una emoción harto cercana a esos recuerdos cuando paso cada página de la Antología de Spoon River. Ya que sus derechos pasaron a dominio público, gente laboriosa como Rodrigo Olavarría la tradujo para la también laboriosa editorial Das Kapital.

Desfile de imágenes y personajes ya muertos de un pueblo gringo de principios del siglo XX. Allí donde uno se lamenta de su mala suerte en vida, salta otro que le refuta afirmando que no fue la mala estrella sino su holgazanería el causante de sus males. Hay uno que se perfila como un disminuido, pero más allá un testimonio demuestra el bien que hizo, lo grande que secretamente fue. Y así. Pasan personas reclamando desde la muerte, recordando viejos amores, vanagloriándose o resistiéndose a creer todo lo que (no) hicieron en vida.

Con el mismo Schbow está relacionada esta Antología: ideando personajes y siendo contados. Pero también con el magnífico El Juicio Final del olvidado Papini, y también (cómo no) con la Historia Universal de la Infamia, La literatura nazi en latinoamérica y Retratos reales e imaginarios.

Hay vértigo y arrojo en cada personaje y sus frescos. Voluntad de maravillar, y trabajo bien realizado. Hoy no sé qué hay, sólo que casi nada de lo anterior.