martes, 29 de septiembre de 2026

Envíos

Al final siempre se trata sobre el nombre.
Incluso antes del envío mismo, siempre se trata sobre el nombre, del remitente, del receptor, del mismo nombre de ese vínculo (sobre como 'acerca de' y a la vez 'encima de').

Habrá que volver a La tarjeta postal y ver qué ocurre cuando se escribe el nombre, con esa tensión entre papel lápiz y cuerpo, entre los dedos y el codo, con el brazo y el temblor del pecho.

Hay que volver a La tarjeta postal y no al Discurso amoroso. En el primero hay tensión y obstáculos. En el Discurso todo es más llano incluso el dolor y la partida. Problemas de tono.

Escribí que aún tenía un libro firmado con tu nombre-muerto. Dije que tuve que conseguir una copia para poder exorcisar el cadáver que suponía esa signatura. Me faltó añadir: que el ritual incluía estampar mi nombre en el nuevo volumen, en la esquina análoga del tuyo.

En todo espejo hay una transferencia también. Una referencia mimética si se quiere, quizás intentar equiparar densidades dispares por el ejercicio de la perspectiva, la luz y de los gestos (la distancia adecuada, diría). Y todo espejo en su duplicación tiene algo profundamente monstruoso [J.L.B.].

Imposible acertarle a un ritual inédito, es una flecha lanzada en medio de la niebla pero que también desmantela la devuelta (quema puentes, arrasa refugios, nada es un búnker): "Y si no destruimos todas las huellas, estamos salvados, es decir perdidos" [J.D.]

La ley de todo envío implica mantenerse estrictamente uno-mismo al menos hasta que ocurra la recepción. Y suponer que el destinatario permanecerá idéntico en ese mismo lapso. Otra flecha lanzada entre la niebla, entre las ruinas amables del desmantelamiento.


        Qué es lo bello,
                atreviste a deslizar.
        
        Tú cada vez menos,
                si me aguantas unas verdades
*


 Escribir tu nombre en el sobre que contiene el libro con tu nombre-muerto será lo adecuado con la perspectiva lúcida y fría del futuro, no con la efervescencia de hoy. Es la flecha en la niebla de una camanchaca que acabará y que sucederá como todo lo que ocurre: terminando y diciendo que volverá siempre.

 

(*). Nubosidad parcial, Camila Hormazábal, en: https://revistapuentedezanja.wordpress.com/2026/09/24/poemas-ineditos-nubosidad-parcial/

miércoles, 28 de octubre de 2015

Spoon River

Uno de los mejores momentos como lector fue encontrar las Vidas Imaginarias de Schwob. El otro es probablemente recibir el primer volumen de las Obras Completas de Borges, o comprar por precio de huevo la poesía -casi- completa de Pessoa. Siento una emoción harto cercana a esos recuerdos cuando paso cada página de la Antología de Spoon River. Ya que sus derechos pasaron a dominio público, gente laboriosa como Rodrigo Olavarría la tradujo para la también laboriosa editorial Das Kapital.

Desfile de imágenes y personajes ya muertos de un pueblo gringo de principios del siglo XX. Allí donde uno se lamenta de su mala suerte en vida, salta otro que le refuta afirmando que no fue la mala estrella sino su holgazanería el causante de sus males. Hay uno que se perfila como un disminuido, pero más allá un testimonio demuestra el bien que hizo, lo grande que secretamente fue. Y así. Pasan personas reclamando desde la muerte, recordando viejos amores, vanagloriándose o resistiéndose a creer todo lo que (no) hicieron en vida.

Con el mismo Schbow está relacionada esta Antología: ideando personajes y siendo contados. Pero también con el magnífico El Juicio Final del olvidado Papini, y también (cómo no) con la Historia Universal de la Infamia, La literatura nazi en latinoamérica y Retratos reales e imaginarios.

Hay vértigo y arrojo en cada personaje y sus frescos. Voluntad de maravillar, y trabajo bien realizado. Hoy no sé qué hay, sólo que casi nada de lo anterior.

viernes, 16 de octubre de 2015

Contar lo que no llegó

Estaba en una casa antigua. Cortinaje pesado y grueso que dejaba poco espacio a la fuerza de la luz, aunque dentro no habían penumbras sino claridad sepia. Hay varia gente del trabajo, con la cual apenas tengo relación directa. Se trata de una reunión importante, tensa, decisiva creo. Por lo mismo no sé qué hago aquí, pero estoy y en el sueño no me lo cuestiono. Supongo que la reunión tiene un clímax, algo ocurre pero no lo recuerdo, o simplemente salté al momento en que estoy junto a una mesa de arrimo viendo una nota que le dejó Diamela Eltit a la gerente dueña de casa. Una dedicatoria en un libro, unas líneas para enardecer el espíritu, algo como «fuiste lo que quisiste y serás lo que quieras».
Luego, en otra parte del Sueño, me encontraba en la cima de una colina que vista desde mis ojos parecía también una montaña rusa. Allá abajo se veían casas, se intuía a gente también. Estaba montado junto a otros en un bus enorme y antiguo, cuya cola apuntaba a este precipicio. De pronto la máquina ya iba colina a abajo desbocado, sin control. Sin embargo a pesar que su trasero iba adelante, nos encontrábamos frente al volante gritando a todos para que se corrieran y no fueran atropellados. Bajábamos, pasamos entre chozas y gente que saltaba fuera del camino. Yo no podía gritar más, y me desperté con la garganta reseca. Pero extrañamente contento.

Al menos puedo encontrar el origen de la primera sección del sueño: acabé velozmente Reinos de Romina Reyes, prestado por un amigo con el que compartíamos el desprecio por el libro. Leí para cuando fue publicado el cuento “Larvas” y “Reinos”. El primero me pareció deficiente, escurridizo y leve. El otro es muchísimo mejor. Ahora puedo decir que es el mejor del volumen. Pero el sueño viene de una imagen de “La Karen”, donde un tipo recupera de un libro una nota que le dejó a una ex, una nota que ella no leyó y que éste rasga en medio del cumpleaños de su antigua polola, justo antes de que le planten un botellazo en la cabeza por un problema inexistente o nublado por el alcohol.

Si había leído un par de sus cuentos, ¿a qué venía tanta cizaña contra su libro, contra la autora? Porque al menos podría haber leído el libro completo y luego molestarme en decir que era pésimo, como ocurre con otros. Todavía no lo puedo confirmar, pero supongo que fue por la atención mediática a un libro que no lo merecía. Y eso sí lo puedo confirmar: Reinos no soporta ni la mitad de las reseñas y críticas positivas que recibió en su momento. Tampoco las negativas, intuyo. Es un libro que resuma Bolaño y Zambra, aunque quién es nadie para criticar influencias a un autor, aunque sí se le puede (quiero creer) exigir pudor. Que se quiere Bolaño pasado por cerveza Báltica en Juan Gómez Millas, y Zambra perseguido por un amor violento y con una angustia etérea. En Reinos hay mucha bruma, no hay movimientos ni gatillantes claros. Lo cual puede ser perfectamente una forma de narrar, un velo que el lector pueda descorrer (o no), y que muestra otra textura, un nivel insospechado a la primera lectura. Pero acá no ocurre: hay manidas fórmulas tautológicas; frases y disgresiones subordinadas; perlas puestas a fuerza en diálogos que pretenden ser realistas; vueltas que no llevan a lado alguno. A pesar de ello, Reyes escribe formalmente muy bien, mejor que quienes han publicado narrativa los últimos 3 ó 4 años. Sabe manejar el ritmo de su historia, apura y da vértigo de maneras muy bien logradas. El resto está constreñido al intento por la narrativa patibularia de Lemebel, de una clase media que es miserable no por falta de pertenencias sino por soledad y abandono unos de otros: hijos sin padres que aún están vivos, cortinaje grueso que deja entrar poca luz, patios abandonados, plazas en ruinas. Reinos es la narrativa apropiada para un mundo en el que la alegría no llegó, pero nadie quiere confirmarlo aún.

martes, 13 de octubre de 2015

Felisberto, Mario, los raros.

Yo a Felisberto Hernández llegué tal como llegué a Topor o Balzac: porque estaba en la biblioteca que heredé de mi abuelo. Que la heredé por defecto, quiero decir, porque nadie más le siguió los pasos leyendo ni menos queriendo guardar esos libros.
Entonces ahí estaba ese libro, Las Hortensias, que leí en muy poco tiempo. Una edición de Lumen de 1974 con una portada evocadora de pesadillas eróticas. O de simple erotismo, que viene siendo una cara del terror, de sus atractivos y secretos.

Internet se usaba para otras cosas, no para buscar información, entonces no supe más de él hasta que muchos años después me topé con un canasto de libros en rebaja en un supermercado. Había oído su apellido, pero no sabía que también era uruguayo. Y nada más. Era una cajita con tres libros que me costaron lo mismo que un kilo de pan y 1/4 de queso laminado. Luego supe que La Trilogía Involuntaria costaba 4 ó 5 veces más en librerías.

Me zampé en pocos días los 3 libros. Mareado, impresionado y enloquecido. Me tomó tiempo salir del laberinto intrincado que Levrero construyó, involuntariamente.

Pero falto a la verdad. Acabo de recordar que había comprado La Ciudad en una feria al precio de medio kilo de manzanas. ¿Por qué si apenas me sonada su apellido? Seguramente porque leí su nombre de algún lado confiable. Probablemente en la bitácora de Rodrigo Fernández. Sí, ahí debe haber sido. Fernández lee mucho más y mejor que la mayoría, aunque no haga reseñitas ni pretenciosos comentarios. Basta con leerlo someramente para darse cuenta de eso.

Tal como los escenarios de Levrero, se puede entrar, pero salir cuesta. Quizás nunca se salga del todo. Porque o es laberinto y residuo del sueño, o es una muestra de lo cotidiano que a cualquier le pasa. En ambos casos se está en un laberinto intrincado o demasiado evidente como para salir sin daño. La complicación es lavar la losa, el aletear de una paloma en el patio, una ciudad que no acaba nunca, los avatares y penurias de un cualquiera.


Un diario que sea una bitácora de la disconformidad, o de preguntas sin respuesta. O de preguntas cuyas respuestas no importan en lo más mínimo. Hay muchas preguntas en Levrero. En forma de misterios o de terrores trémulos y sutiles. Pienso ahora que para él mismo su escritura fue su laberinto. Que tuvo que recorrer los extraños e involuntarios caminos del suspenso y misterio para decantar en sí mismo. Avanzar fuera de sí para alcanzarse. Algo así. Narrarse al final a sí mismo, y que eso sea maravilloso y brillante, enceguecedor y universal.