jueves, 22 de octubre de 2026

Aquatic Ambience

  

    Mientras braceo no dejo de pensar: el agua me tensiona, me repele pero también me coquetea y provoca. Anoto mentalmente otra vuelta a la piscina y confirmo lo hipnótico del bullir de las aguas al avanzar en ellas, el bufido al respirar cada 2 ó 3 braceadas.

 

    Escribe Zondek a contrapelo de Heráclito y su río mutante:

 

¿Por qué las aguas que pasan no limpian tu nombre?

¿Por qué lo inscriben con fuego en el risco del tiempo?

(Peregrina de mí, I)

 

    En la otra rivera del río pero del lado correcto de la memoria como músculo por ejercitar.

 

    Durante semanas miro a los otros e imito, adecúo movimientos y ritmos, me propongo cierta eficacia o al menos atisbar un umbral de mejoras técnicas. Por ejemplo jamás había considerado viable botar el aire estando bajo el agua. Cosa que hago y me cambia un engranaje que mueve otros cuerpos dentro del cuerpo y comienza a crear un algoritmo que cada vez que es aplicado comienza a volverse invisible sin perder nitidez –cosa bastante posible. La secuencia de acomodos y torsiones del cuerpo resulta imposible de explicar tal como ocurre: al unísono y solapando lo que hace el tronco superior contra las piernas, la cabeza girando y el brazo adelantándose y hundiéndose, un sentido del ritmo dice Deleuze: “sé componer directamente mis relaciones características con las relaciones de la ola. Eso ya no ocurre entre la ola y yo, ya no sucede entre partes extensivas -las partes acuosas de la ola y las partes de mi cuerpo-. Sucede entre relaciones: las relaciones que componen la ola, las que componen mi cuerpo, y mi habilidad”.

 

    Justo ahí donde ahogarse significa quedarse sin aire o llenarse de agua está el miedo al error milimétrico en la bocanada, en que la nariz o boca estén taponeados, en no girar correctamente la cabeza en coordinación con la braceada. Pienso riéndome en el nivel acuático de Sonic famoso porque muchos morían ahogados por no consumir las burbujas de oxígeno del escenario en vez de evitarlas. Habría que imaginar a un Donkey Kong Country donde debamos proveernos de oxígeno para respirar bajo el agua. Pero tal decisión de diseño deja inmediatamente fuera la música de sus niveles acuáticos: Aquatic Ambience únicamente funciona en el borde entre jugabilidad normal e histeria por sobrevivir y que no se nos ahogue el primate que controlamos. O más precisamente: funciona porque de manera excepcional un mamífero no necesita respirar bajo el agua. O también: nada ni nadie muere-ahora porque el evento de su fenecimiento ya ocurrió y sólo resta la notificación.

 

***

 

    En el fondo no nos bañamos ni siquiera una vez en el mismo río. Ser quien constata la actual ruina de aquello que un segundo antes resplandecía (incluso uno mismo).

 

imagínalo: un montón de

transatlánticos            cruceros

de lujo con todo su oropel

adornando el fondo marino

 

cubriéndose de algas

plancton y cantos de

ballenas

 

(Opazo, “Detrás de la niebla” en Baja fidelidad) 

martes, 29 de septiembre de 2026

Envíos

Al final siempre se trata sobre el nombre.
Incluso antes del envío mismo, siempre se trata sobre el nombre, del remitente, del receptor, del mismo nombre de ese vínculo (sobre como 'acerca de' y a la vez 'encima de').

Habrá que volver a La tarjeta postal y ver qué ocurre cuando se escribe el nombre, con esa tensión entre papel lápiz y cuerpo, entre los dedos y el codo, con el brazo y el temblor del pecho.

Hay que volver a La tarjeta postal y no al Discurso amoroso. En el primero hay tensión y obstáculos. En el Discurso todo es más llano incluso el dolor y la partida. Problemas de tono.

Escribí que aún tenía un libro firmado con tu nombre-muerto. Dije que tuve que conseguir una copia para poder exorcisar el cadáver que suponía esa signatura. Me faltó añadir: que el ritual incluía estampar mi nombre en el nuevo volumen, en la esquina análoga del tuyo.

En todo espejo hay una transferencia también. Una referencia mimética si se quiere, quizás intentar equiparar densidades dispares por el ejercicio de la perspectiva, la luz y de los gestos (la distancia adecuada, diría). Y todo espejo en su duplicación tiene algo profundamente monstruoso [J.L.B.].

Imposible acertarle a un ritual inédito, es una flecha lanzada en medio de la niebla pero que también desmantela la devuelta (quema puentes, arrasa refugios, nada es un búnker): "Y si no destruimos todas las huellas, estamos salvados, es decir perdidos" [J.D.]

La ley de todo envío implica mantenerse estrictamente uno-mismo al menos hasta que ocurra la recepción. Y suponer que el destinatario permanecerá idéntico en ese mismo lapso. Otra flecha lanzada entre la niebla, entre las ruinas amables del desmantelamiento.


        Qué es lo bello,
                atreviste a deslizar.
        
        Tú cada vez menos,
                si me aguantas unas verdades
*


 Escribir tu nombre en el sobre que contiene el libro con tu nombre-muerto será lo adecuado con la perspectiva lúcida y fría del futuro, no con la efervescencia de hoy. Es la flecha en la niebla de una camanchaca que acabará y que sucederá como todo lo que ocurre: terminando y diciendo que volverá siempre.

 

(*). Nubosidad parcial, Camila Hormazábal, en: https://revistapuentedezanja.wordpress.com/2026/09/24/poemas-ineditos-nubosidad-parcial/

miércoles, 28 de octubre de 2015

Spoon River

Uno de los mejores momentos como lector fue encontrar las Vidas Imaginarias de Schwob. El otro es probablemente recibir el primer volumen de las Obras Completas de Borges, o comprar por precio de huevo la poesía -casi- completa de Pessoa. Siento una emoción harto cercana a esos recuerdos cuando paso cada página de la Antología de Spoon River. Ya que sus derechos pasaron a dominio público, gente laboriosa como Rodrigo Olavarría la tradujo para la también laboriosa editorial Das Kapital.

Desfile de imágenes y personajes ya muertos de un pueblo gringo de principios del siglo XX. Allí donde uno se lamenta de su mala suerte en vida, salta otro que le refuta afirmando que no fue la mala estrella sino su holgazanería el causante de sus males. Hay uno que se perfila como un disminuido, pero más allá un testimonio demuestra el bien que hizo, lo grande que secretamente fue. Y así. Pasan personas reclamando desde la muerte, recordando viejos amores, vanagloriándose o resistiéndose a creer todo lo que (no) hicieron en vida.

Con el mismo Schbow está relacionada esta Antología: ideando personajes y siendo contados. Pero también con el magnífico El Juicio Final del olvidado Papini, y también (cómo no) con la Historia Universal de la Infamia, La literatura nazi en latinoamérica y Retratos reales e imaginarios.

Hay vértigo y arrojo en cada personaje y sus frescos. Voluntad de maravillar, y trabajo bien realizado. Hoy no sé qué hay, sólo que casi nada de lo anterior.

viernes, 16 de octubre de 2015

Contar lo que no llegó

Estaba en una casa antigua. Cortinaje pesado y grueso que dejaba poco espacio a la fuerza de la luz, aunque dentro no habían penumbras sino claridad sepia. Hay varia gente del trabajo, con la cual apenas tengo relación directa. Se trata de una reunión importante, tensa, decisiva creo. Por lo mismo no sé qué hago aquí, pero estoy y en el sueño no me lo cuestiono. Supongo que la reunión tiene un clímax, algo ocurre pero no lo recuerdo, o simplemente salté al momento en que estoy junto a una mesa de arrimo viendo una nota que le dejó Diamela Eltit a la gerente dueña de casa. Una dedicatoria en un libro, unas líneas para enardecer el espíritu, algo como «fuiste lo que quisiste y serás lo que quieras».
Luego, en otra parte del Sueño, me encontraba en la cima de una colina que vista desde mis ojos parecía también una montaña rusa. Allá abajo se veían casas, se intuía a gente también. Estaba montado junto a otros en un bus enorme y antiguo, cuya cola apuntaba a este precipicio. De pronto la máquina ya iba colina a abajo desbocado, sin control. Sin embargo a pesar que su trasero iba adelante, nos encontrábamos frente al volante gritando a todos para que se corrieran y no fueran atropellados. Bajábamos, pasamos entre chozas y gente que saltaba fuera del camino. Yo no podía gritar más, y me desperté con la garganta reseca. Pero extrañamente contento.

Al menos puedo encontrar el origen de la primera sección del sueño: acabé velozmente Reinos de Romina Reyes, prestado por un amigo con el que compartíamos el desprecio por el libro. Leí para cuando fue publicado el cuento “Larvas” y “Reinos”. El primero me pareció deficiente, escurridizo y leve. El otro es muchísimo mejor. Ahora puedo decir que es el mejor del volumen. Pero el sueño viene de una imagen de “La Karen”, donde un tipo recupera de un libro una nota que le dejó a una ex, una nota que ella no leyó y que éste rasga en medio del cumpleaños de su antigua polola, justo antes de que le planten un botellazo en la cabeza por un problema inexistente o nublado por el alcohol.

Si había leído un par de sus cuentos, ¿a qué venía tanta cizaña contra su libro, contra la autora? Porque al menos podría haber leído el libro completo y luego molestarme en decir que era pésimo, como ocurre con otros. Todavía no lo puedo confirmar, pero supongo que fue por la atención mediática a un libro que no lo merecía. Y eso sí lo puedo confirmar: Reinos no soporta ni la mitad de las reseñas y críticas positivas que recibió en su momento. Tampoco las negativas, intuyo. Es un libro que resuma Bolaño y Zambra, aunque quién es nadie para criticar influencias a un autor, aunque sí se le puede (quiero creer) exigir pudor. Que se quiere Bolaño pasado por cerveza Báltica en Juan Gómez Millas, y Zambra perseguido por un amor violento y con una angustia etérea. En Reinos hay mucha bruma, no hay movimientos ni gatillantes claros. Lo cual puede ser perfectamente una forma de narrar, un velo que el lector pueda descorrer (o no), y que muestra otra textura, un nivel insospechado a la primera lectura. Pero acá no ocurre: hay manidas fórmulas tautológicas; frases y disgresiones subordinadas; perlas puestas a fuerza en diálogos que pretenden ser realistas; vueltas que no llevan a lado alguno. A pesar de ello, Reyes escribe formalmente muy bien, mejor que quienes han publicado narrativa los últimos 3 ó 4 años. Sabe manejar el ritmo de su historia, apura y da vértigo de maneras muy bien logradas. El resto está constreñido al intento por la narrativa patibularia de Lemebel, de una clase media que es miserable no por falta de pertenencias sino por soledad y abandono unos de otros: hijos sin padres que aún están vivos, cortinaje grueso que deja entrar poca luz, patios abandonados, plazas en ruinas. Reinos es la narrativa apropiada para un mundo en el que la alegría no llegó, pero nadie quiere confirmarlo aún.