sábado, 23 de junio de 2007

Cortorrelato apologético

De manera imperdonable, me he dado cuenta que no he escrito sobre Jorge Loncón. Apenas una mención, creo, pero cualquier excusa agrava la falta para con este gran escritor chileno.

Hace un par de años redescubrí uno de sus libros publicado en plena dictadura de Pinochet. En septiembre de 1983 acabó de imprimirse —en la clandestinidad supongo— Semi sordo y algo ciego, volumen dividido en tres partes: Cortorrelatos regerenciales, Largorrelato ingenieril, y Diálogo—Relato ministerial. Ya lo había leído hace más años, me había reído de las burlas contra el dictador de turno y creo que me había preguntado cómo demonios fue publicado sin que los esbirros militares acribillasen a editores, tipógrafos, correctores y autor —así sin más.

Cuando lo hube redescubierto, se lo pasé a Gernández que rió de buena gana, ya por las burlas, como por lo bien que Loncón escribe. Supongo que veníamos recién saliendo de Los detectives salvajes, o solamente éramos más pendejos, pero decidimos buscarlo. Gernández hizo nada. Yo gasté los ojos en el enorme directorio telefónico. Hallé dos Jorge Loncón. Uno con la «V.» luego del patronímico, lo que coincidía con mi presunción de que la señora Victoria Vidal de la dedicatoria, era la madre del escritor (el otro nombre que la antecede es Custodio Loncón). No recuerdo con precisión todos los detalles, sólo las generalidades, una memoria de la generalidad de lo general. Del olvido de los nombres y las lecturas, y con ello, de los escritores perdidos quién sabe dónde.

Uno de los Jorge Loncón, lo recuerdo perfectamente, vivía en la calle Perseverancia, de la comuna de Independencia en Santiago. No hay mejor lugar donde vivir que esa calle. Llamé a ambos. Uno contestó. Le consulté si acaso su segundo apellido era Vidal, y me llevé una decepción. El Loncón de Perseverancia jamás levantó su teléfono. Lo vi con la cabeza caída sobre su pecho, babeando mientras su brazo quiere buscar algo que llevarse al gaznate. No encuentra qué, y el sonido del teléfono le molesta tanto como para cortar violentamente el cable blanco tras el sillón raído.
Insistí por varias semanas. Luego se alargó a meses antes que trabajase el hastío.


Zweig, en su hermosa biografía de Magallanes, afirma que hay muchas incentivos para comenzar a escribir, muchas formas en que la pluma se lance. Para él, en un viaje en barco de Europa a Brasil, fue la vergüenza de sentirse miserable ante el mar (lo sublime kantiano, digamos). El motivo de Loncón puede ser similar, algo como la impotencia ante el horror de la dictadura.

En «Manifestación popular» todo el pueblo decide demostrar su desadhesión al Regente. La manera es extraña: riéndose. En pocos minutos toda la capital está a carcajadas, al cabo de unas horas la radio informa de los primeros desmayos en regiones extremas. Los servicios de salud no dan abasto y toda la población cae agotada o directamente muerta por las carcajadas: «En cuanto a Su Excelencia, el Regente, gobernó por muchos años más, muerto de la risa.»

La segunda parte, el «Largorrelato ingenieril» apunta —como el resto— al absurdo, al ridículo que no es necesario forzar. Y en esto hay algo del mismo material que utilizó Topor, el amigo de Jodorowsky y Arrabal, los del teatro pánico. A un pequeño pueblo comienzan a llegar grupos de ingenieros y constructores para en poco tiempo llenar el villorio de estadios. Hacia final del año ya existen nueve estadios construidos en menos de diez meses. Todo está bien en la población, hasta que el ingeniero jefe consigue la autorización para demoler la iglesia para levantar el décimo y último estadio. El pueblo se rebela e intenta linchar al ingeniero. Éste huye en helicóptero mientras abajo la gente quema los edificios en medio de un improvisado carnaval.

El largo relato final tiene la forma de una obra de teatro. Donde el gobierno tiene el PROYECTO IGRIEGA, para «educar niños incontaminados, puros, excelsos, que un día se conviertan en árbitros justos, inflexibles, insobornables». El Máximo (otra cara del Regente) autoriza el plan, y son enviados dos niños a una isla a comenzar su adiestramiento. Pero claro, en el trayecto hay problemas, sobre todo con uno que «tiene tendencia a pensar demasiado. El otro día me mostró un estudio que había hecho para demostrar la inutilidad de la tarjeta roja». A pesar de ello, las dudas técnicas y de reglamentación son subsanadas, y ambos jóvenes —Tory y Nero—, viajan hacia la ciudad.

Ahora Nero arbitra un partido. Tiene problemas y acaban golpeándolo, al igual que a Tory que intenta ayudarlo. Son ahora juzgados públicamente, con el cargo de haber iniciado el partido antes de que el bienamado Máximo llegase al estadio. Finalmente Nero es absuelto, pues se considera que Tory lo malinfluenció. Le obligan a dejar su pito y a hacer abandono de la sala:
«—Tu nombre no es Nero.
—Yo no me llamo Nero. Estoy vivo. Buenas noches.»


¿Qué decimos del poder cuando se asemeja a sí mismo, id est, al atronador barullo, o a las minas antipersonales? Sólo queda el recurso de la risa, pues como dijo Stubb de Moby Dick (y repite Aira): «No sé muy bien lo que me espera, pero, de cualquier modo, iré hacia eso riendo» —y antes también: «la risa es la mejor respuesta ante lo desconocido» —¡toma Lovecraft!

¿Dónde se encontrará en estos momentos Jorge Loncón? Me he hecho la pregunta muchísimas veces. Y al parecer ahora se dedica a la dramaturgia en el sur shileno según me han contado. Ahora, no hay motivo verdadero para querer conocerlo, pues probablemente sea tanto o más común que sus lectores (escasos, suponemos). Imagino que me le acerco, le digo lo mucho que me gustó su libro, y él con cara de nada. «Ah, qué bueno» agrega, y se aleja. Quizás ni recuerda la existencia de ése libro, porque ha vivido en una fosa desde entonces, porque (remedando a un personaje de Underground de Kusturica) la dictadura misma fue un subterráneo. Y de esto, apenas una palabra: una vez Pinochet en el poder, afirmó que el comunismo había dejado a Shile al borde del abismo, y que ellos darían un paso adelante… sic.

* * *

RÉQUIEM
Por Jorge Loncón
(De Semi sordo y algo ciego. Ediciones Minga, Santiago, septiembre de 1983. Página 15)

Cuando el carpintero se dio cuenta que —por razones de edad— ya no podía seguir trabajando y debía acogerse a jubilación, se suicidó.
El Regente envío sus condolencias a la familia y, en las exequias se hizo representar por un orador que, luego de un emotivo discurso, en donde exaltaba los valores cívicos del viejo, lloró escandalosamente.
Cuando el suceso húbose olvidado, el Regente hizo poner en circulación un documento en donde se alababa el espíritu patriótico del anciano y se instaba a los viejos a seguir el ejemplo. En fin, la solución que el viejo había dado a sus problemas, era una solución que contaba con la simpatía de la autoridad.
Terminaba afirmando el escrito que, por ahora, el suicidio de los viejos sería voluntario; más tarde obligatorio.
Lo visionario de dicha medida fue debidamente alabado en distintos círculos, los que hicieron llegar al Regente un listado de firmas apoyando tal política, que daría al mundo pruebas irrefutables de la operatividad del gobierno.
Ese día el Regente se tomó la tarde libre.

1 comentario:

Vidal dijo...

Creo que Jorge Loncón quiere conocerte...

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