1. El 9 de mayo de 2005 fue publicado el artículo «‘Incipit Vita Nuova’ o ‘Grandes títulos de la historia de la literatura’», que fuera de ser el primero de Agradecido, se burlaba de ciertos títulos de libros. En él aparece Compraré un rifle (de Guillermo Fadanelli) que me parece horrible, pero que a Gernández le encanta. Casos más raros se han visto.
2. Cierto día de enero de 2006 recibí un cometario probablemente falso, una broma de algún lector al que le deseo la muerte. En «Pozo sin fondo» invocaba a Perec y Bolaño, cosa que le gustó a Vila-Matas, si he de creer la firma bajo el halago. A pesar de la duda fue buena la cuestión.
3. En esos mismos meses estaba tan pero tan mal, tan en un hoyo que todo pasaba sin importar nada. Y así escribía, y así escribí el primer texto que podría llamar novela. Sin terapia, con increíble dolor y luego feliz… un poco, ahora más.
4. Una vez llegó a mi correo un pasquín en PDF en el que descubro, en su primera página, un texto propio. Lengua calva al parecer se hace en Tel Aviv, y fuera de su lejanía geográfica me parece que tienen buen tino, pues eligieron una utópica recolección, donde un libro es a la vez todas sus posibles formas («Lo imposible y lo que no importa», enero de ‘06).
5. Y cuántos nuevos escritores he ido descubriendo en estos dos años, en esta centuria, en estos diecisiete años. Junto con Aira empezó la amistad con los bárbaros argentinos del Mate Tuerto (Cf. «La gimnástica», marzo ‘06). ¿Cómo escribiría hoy sin saber que, en efecto, hay otros que me leen sin por ello conocerme?
6. María Ruth Rossel fue la profesora que me enseñó a leer y escribir (que insistía en hacerse llamar por su segundo nombre, pues el primero le pertenecía a la Virgen, sic). Utilizaba un método básico de lenguaje de señas manuales, que todavía hoy, no puedo imaginar cómo me ayudó. Ella alguna vez dijo que deberían cambiarme a otro colegio, porque al parecer revolucionaba al resto de mis compañeros con preguntas inoportunas para un docente estresado, poco motivado o falto de vocación.
7. Hace poco mi hermana tuvo un sueño en el que Denisse (vestida como la Thurman en Kill Bill Vol. 1) le insistía en correr por medio Santiago, para dizque salvarme de una grave amenaza que ella desconoce. Hay otro hermoso sueño que sí es mío, cuando comí un baguette con cebolla frita preparada por Heidegger. Allí justo estaba comenzando mi amistad con P.
8. Otro en el que me veía en un prostíbulo magnífico. No comprendo bien por qué se lo atribuyo a Rabelais. Quizás por la enumeración de todas las cosas que me era posible hacerles a esas esforzadas trabajadoras del coño, las mismas que forman la bestia de dos lomos con quien pueda bien pagarles («Las putas asesinas de Rabelais», diciembre ‘05).
9. Lamentablemente no puedo olvidar las poco felices intervenciones, que en este blog, han tenido distintos grupúsculos de aburridos fanáticos. Digo, B.A.I.L.E. (Bacanal Anarquista de Intervención Literario-Epistemológica), B.A.B.E.L. (Brigada Anti Borgeana de Elucubración Lingüística). Y hoy por hoy, otros que recién muestran las garras, C.O.S.A.: Comité Ontológico Situacionista Autónomo.
10. Y el comentario sin duda más extraño y largo que he recibido. De un tal Humbert Humbert, que en «Anacrónicas» (septiembre ‘06) —una fantasía costera, seudo arte poética creacionista—, me espetó argumentos que supongo, son ofensas (el hecho de que dude ya confirma la idiotez que él me adjudica). Dice: «Sólo por esta vez Sr. Babeado le serviré de copista y aclararé su inagotable (y exasperante) confusión». Genial.
11. Podría poner todo lo que he ido colgando aquí en la máquina de Ramelli («El fantasma de la máquina», enero ‘07). O en otro invento igualmente patafísico, ahora que Jarry y Ubú me acosan de tan cerca.
12. Al revés: qué tal si Agradecido fuese el camino (la verdad y la vida). No que los libros sean pequeñas marcas en la vida, sino que los sucesos de la vida sean las anclas en el camino de la lectura, de las hojas idas, de los personajes leídos. Sólo por ello pudo Hugo decir «Nada importa morir, pero no vivir es horrible» hacia el fin de Los miserables. Yo diría: «Nada importa vivir, pero no leer es horrible».
13. Hacer la completa bibliografía de Benno von Archimboldi («Leer, nadar, comer aire o pan de molde», abril ’06) no es una labor tan extenuante como hacer la de Aira, que debería ser actualizada cada mes más o menos. Probablemente 1992 sea el año más fructífero para Aira. Noto en la solapa de un libro, que, aparte de El llanto y Embalse que he leído, y La serpiente que devoró Gernández; también publicó La prueba y La guerra de los gimnasios. Ahora, ¿cuál está primera? ¿Cuál fue escrita antes que todas, incluso que ella misma?
14. Buscar una genealogía novelística sería absurdo, una tarea anacrónica como la que más. Hay que dejar eso. De seguro ni Aira lo sabe con certeza: sus páginas se le han olvidado sin más, puesto que «Todo lo importante que le sucede a la memoria tiene siempre la forma del olvido más completo, de la aniquilación. En ese sentido, la vida es discreta: lo importante sucede allí donde aparentemente ha sucedido muy poco, casi nada, y a veces increíblemente nada.» (Embalse)
15. Volver a Proust es todo un parto, tal como iniciar con Joyce. Porque entre medio han pasado otros libros que asemejan un oasis. Quiero acabar de una vez con Ulises pero me han interrumpido Bioy Casares, Foster Wallace, Zambra, Coetzee, Simenon, Rey Rosa, Carver. Quién sabe cuántos más me interrumpirán la respiración por el resto de años que restan.
16. Quisiera acabar con esto, pero no puedo —dijo el bonsái. Que se acabe la historia y que un punto final enorme aparezca sobre toda las posibles manifestaciones de la escritura.
17. Quisiera saber por qué Nicolas Cage no ha hecho más películas como Leaving Las Vegas o Wild at Heart. Debería moverse más con su tío Coppola. Así como su hija lo tiene de productor ejecutivo de Lost in Translation. También por qué y dónde escribió Freud eso de que los irlandeses son inmunes al psicoanálisis, como citan en The Departed.
18. Los gestos, las dulzuras y sutilezas, las caídas y los martirios son estructuralmente idénticos, pero cambian entre ellos, se combinan internamente, provienen de otras fuentes y se dan en distintos escenarios. Todo es lo mismo que cambia constantemente. Lo que simplemente significa que la biblioteca no es infinita, sino que cíclica. “Todo es distante y diferente y parece inconciliable” dice Cortázar antes de grabar «Conducta en los velorios» en un disco de vinilo, que ahora oigo en mp3.
19. Si ya nadie lee y todos lo único que quieren es escribir. Y eso está bien para la industria, que si no vive de la publicación sí lo hará de talar más árboles. No le creo mucho a Al Gore, porque desde siempre el mundo ha estado al borde del precipicio. Lo que falta es comprender que la salvación del planeta es lógicamente anterior a la de la humanidad. Un vuelco geo/eco-céntrico que aniquile al antropo/teo-centrismo de la compra-venta.
20. Se avecina una tormenta de varios días sobre Santiago. Ya comenzó la ventisca que golpea mi ventana. Quisiera justificar mis días habiendo escrito: «Se ilumina la iglesia dentro de la lluvia de este día, / Y cada vela que se prende es más lluvia que golpea en el vitral // Me alegra oír la lluvia porque ella es el templo encendido, / Y los vitrales de la iglesia vistos desde afuera son el sonido de la lluvia oído desde dentro.» Pero Pessoa se adelantó («Lluvia oblicua» en Ficciones del interludio).
21. Hay que dejar de respirar. Rápida y desesperadamente. Me pongo como ejemplo, pues apenas cuatro inhalaciones he concebido al escribir estas líneas, ya que este blog poco más se merece: el postrer suspiro y un atisbo con el rabo del ojo.
martes, 19 de junio de 2007
lunes, 4 de junio de 2007
Las mujeres de Chino
1. Por el Enano roba “panplufas”
2. Nuestra foto
3. Y el infinito que se avecina
2. Nuestra foto
3. Y el infinito que se avecina
Así como las preferencias estéticas nos revelan —progresivamente— nuestra propia historia, de la misma manera podemos recorrer con la memoria a todas las mujeres que nos han acompañado, y comprobar que la decadencia es más propia de la humanidad que la evolución (si recordamos solamente las malas experiencias, que lamentablemente, siempre abundan).
Chino Moreno no tiene disco junto a su banda Deftones, en que no aparezcan chicas que algo provocan, que hacen sufrir o prometan la felicidad.
MOSCAS BLANCAS
En medio de una fiesta terrible. Donde la caspa del Diablo corre por todos lados, y los enfiestados anémicos, flotan por las habitaciones convertidos en moscas. Ése es el ambiente para que se olvide el número de teléfono —incluso nosotros mismos nos vamos, porque el alcohol manda la censura muy lejos—, aunque nos lo pida un rostro hermoso deformado por el jolgorio, una imagen bella destrozada y potenciada en millones de fragmentos como una bola de discoteca. Las lenguas se enredan, y «God I’ll even lick her fucking picture (…) Drink one more so I could go right in her». La conocemos, le decimos que sí, pero entonces sucede que la chica resulta una gran puta, o nosotros somos eso para ella, y no queremos volver a verla ni a oírla: nuestros malos deseos bastan como para marchitarla a distancia. «It’s not like I care (truly). But you’re that girl (with gold teeth). Who snaps at the walls (and won’t calm down)». Una chica que es un tiro por la culata, un blanco móvil al que todos apuntan —esas son las peores me digo; ya lo sé, me respondo sin mucho convencimiento, con algo de desidia o exceso de olvido…
NÚMERO EQUIVOCADO
Si me llamas, ¿qué te digo? Claro, si es que antes recuerdo quién cresta eres. La misma que te ha dejado tirado en medio de un descampado. Con seguridad tienes algo podrido dentro: «When I get back I will call. But don’t speak, don’t say nothing, in case we ever do meet again. Something’s wrong with you. Well I hope we never do meet again». Quizás Chino ya ha pasado la noche con la chica que le acosa. ¿Si tuviese otra mujer, por otros lados? Me ha sorprendido siempre esta frase: «I dressed you in her clothes», porque alejado de una, viste a la otra con esas ropas que no le pertenecen. Y en el disfraz todas las esperanzas del goce futuro. Sería follarse un maniquí, o al fantasma de un amante muerto. Es meterlo y meterlo imaginando un rostro ido o nunca poseído. Horror.
TIEMPO INVERTIDO
«I will waste each day in your arms. I really wish you’d make up your mind» te podría decir. Todo el tiempo del mundo no alcanza nunca para quedarse atrapado entre los brazos (o piernas) de la mujer elegida. Sabemos que ha llegado por el movimiento de las ramas, por cómo el viento sopla y por las figuras que adivinamos en las nubes. ¿Y si resulta que no era? ¿Que todo era un simulacro? Y bueno, que eso sólo podemos saberlo a posteriori, cuando le decimos que no vuelva a llamar, que no llame de ninguna manera. Gritarle con rabia que por fin ya supimos quién mierda era ella, así: «Well I know what you’re like. I’ve read it on the walls». Los signos se transforman y la ciudad es su cifra. Como Borges huyendo de aquel servicio fúnebre, y encontrando a cambio (y en un cambio), el zahir.
PORTUGAL ESQUINA ALAMEDA
Le he dedicado este tema a mi novia. Un día la hallé en una esquina y yo lo oía. Semanas después se lo conté y más se emocionó. «Cause you’re my girl, and that’s all right. If you sting me, I won’t mind». Quizás Chino sí permite que le hagan de todo. Total es su chica quien lo punza, y da lo mismo. Yo lo apoyo. Pero hay límites, como en todo. Tú misma eres eso, te lo digo con palabras prestadas: «You’re sweet, but I’m tired of proving this love». Y como no mías, no tengo por qué estar de acuerdo con todo el préstamo, porque el cansancio no me importuna.
DAGAS VOLADORAS
Asimismo a Chino le han devorado, como a todos alguna vez. El que esté libre de cicatrices que lance el primer cuchillo. Como, oigan Gernández, Carlos y Max, cuando fuimos a su concierto y le gritábamos: «Go get you’re knife and come in, and lay down, and kiss me». Una herida profunda, típica de puta asesina… «I’m her new cool meat. She pops the trunk. And she removes me. And a machine that takes pictures of us». Y en el opuesto de la rabia de Chino, miro esa imagen que la máquina ha tomado, y que ahora me has regalado adornando mi biblioteca (parece que recordaste que me gusta que me sorprendan con obsequios, como sale en esa lista de lo que me agrada). En la fotografía los dos parecemos tan bellos, quizás lo que estamos creando nos ennoblezca, nos haga dignos del paraíso al que visitamos tan constantemente. En esos contorneos lúbricos a los que nos entregamos felices, sudados y completos. Cada vez que oigo esta frase recuerdo nuestras camas unidas: «You move like I want to. To see like your eyes do». Y hoy, que una ola polar azota a Santiago, con tanto frío, te deseo a mi lado más.
LA BESTIA DE DOS LOMOS
Tú misma, mientras corre White Pony en el iPod recuerdas de inmediato el verano. Enero en mi casa, antes de que viniesen por segunda vez a Shile en febrero (la primera no pude ir. Deftones me vuela los sesos desde el ’98. No sigo a ninguna otra banda de ese movimiento horrible del aggro, del nü metal, ninguno. Ellos tomaron otro camino: el perfecto). Y un poco antes de que comenzáramos nuestra relación, ahora con nombre. Aunque igualmente recuerdas perfectamente a Massive Attack, y que la primera vez que viniste puse Mezzanine: y luego me dijiste que ése trip-hop era tan pero tan calentón… como si sólo se tratase de una buena elección musical, ya lo sabía, y caímos redonditos…
Si hacemos un recorrido por nuestras lecturas, ése camino no sería nunca tan certero sobre nosotros como las personas con las que nos relacionamos. Y dentro de ellos, con nuestras parejas. De quienes nos hemos enamorado, y que luego hemos destruido (o al revés). Como Carver, quiero preguntarme, ¿de qué hablamos cuando hablamos de mujeres? ¿De la esperanza de la belleza que es la promesa de la felicidad? ¿De la descarga libidinosa, de un orgasmo increíble que siempre está por-venir?
Y UN HACHA DE GUERRA
¿Dónde estará Chino Moreno en estos momentos? ¿Estará durmiendo acompañado? Yo estoy solo. Y él me ha dado poemas hermosos que acompañan una música que me hace explotar.
Con todo este frío y sin tu cuerpo aquí.
«I want to sleep if you are awake».
viernes, 1 de junio de 2007
El arbolito
Hay que hacerse la pregunta por cómo escribir sobre literatura. Aunque esa moda ya acumule polvo. O antes y mejor: hacerse la pregunta por cómo escribir sobre lo que le ocurre a los lectores, a quienes han sido escritos por otros. Con algún grado de certeza, Alejandro Zambra (Santiago, 1975, poeta y crítico, y supongo que no poeta crítico) ha de haberse hecho este cuestionamiento. O muchos otros. Incluido el anterior.
Intuyo otras cuestiones que atañen al problema ya mencionado. Por nombrar el evidente: ¿escribir sobre lo que ya se sabe, o no? No imagino a Dan Brown redactando El código Da Vinci con datos que ya manejaba a cabalidad antes de. Del mismo modo en que Bisama (Caja negra) y Baradit (Ygdrasil) sí escribieron sus novelas sin meterse en Wikipedia. En este corte a las cuestiones con que se enfrenta el escritor, en esta censura de sus problemáticas, crece Bonsái de Zambra (Anagrama, 2006).
El editor de texto no objeta el apellido del autor, intrigado busco, y dice mi Larousse: «ZAMBRA f. Fiesta morisca con bulla y algaraza. || Fiesta semejante de los gitanos andaluces. || Fam. Algaraza, ruido.» Y noto los posibles sinónimos que Word aconseja: gresca, bochinche, barullo, algarabía, escándalo, etc.
Dos personajes, cuyos nombres no importan, que se juntan y desencadenan una historia que, de tan sencilla, obviamente tenderá al espesor y la densidad, como majaderamente apunta la contratapa.
Dos estudiantes de literatura. Qué mejor modo de sacarse de encima la cuestión de cómo hablar de libros sin parecer ni demasiado siútico ni con ello poner palabras en bocas que no tienen nada que ver con ellos. Simplemente son dos jóvenes que leen antes de follar, o después.
Los dos se han mentido de buena fe. Se han asegurado, el uno al otro, que han leído En busca del tiempo perdido, cuando apenas lo han (h)ojeado. Irremediablemente llega el momento en que entre las sábanas aparezca Proust, y ambos se regocijan nerviosos ante sus mentiras previas. Dice Zambra que omiten emocionarse frente a los fragmentos conocidos. Ninguno de ellos dice algo sobre el té con magdalenas, ni sobre las flores en el escote de Odette. El libro se asemeja entonces al recuerdo borrado. Quizás sintiesen que de hecho habían leído a Proust, y que sólo ahora lo comprendían. Julio le dice a Emilia que siente que sólo ahora lee de veras a Proust. Y ella comprende: «La fantasía de ambos era al menos terminar a Proust, estirar la cuerda por siete tomos y que la última palabra (la palabra Tiempo) fuera también la última palabra prevista entre ellos».
En las primeras páginas ya se sabe que todo acabará mal. Todo lo que comienza como sitcom acaba como telenovela venezolana, claro. De ahí que Zambra no estire la cuerda por cien páginas y legue una novela sucinta e inevitablemente proclive al comentario, al afán de desciframiento o de completación por parte del lector. De antemano Zambra conoce los materiales con los que cuenta, y por ello puede incluir dentro de su texto otros muchos esbozos de historias que no importan en absoluto para lo que él quiere contar.
Con precisión. En la primera página se lee: «Al final ella muere y él se queda solo (…) Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura:» Literatura es que ambos lean un cuento de Macedonio Fernández, «Tantalia», y que tal como los protagonistas, cifren el futuro de su relación no en el crecimiento de una plantita, sino en el seguir calentándose con las frases que hallan en sus libros —aunque no lo declaren abiertamente.
(La referencia a Verlaine me mueve hacia la manida frase de Gernández: «el libro se cierra y queda el desierto». O a otra, aquella de que la carne está trémula por algo similar… La sentencia de Verlaine incluye preguntas imposibles de eludir. ¿Qué es el resto? Tolstoi en Resurrección dice: «Buscamos el reino de Dios y su verdad, y el resto os será dado por añadidura. Buscamos el resto y no lo encontramos jamás». ¿Y qué con la literatura? Lo importante es que Ella muere y Él no, donde al parecer la literatura no es más que los detalles, en el intersticio entre el comienzo del libro y su fin. Así, un microtexto y lo que él calla es justamente la literatura: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.» Todos los mamotretos que sobre Monterroso se han escrito, ¿son la literatura? Demasiadas preguntas para tan pocas páginas de Bonsái, pero pocas si se consideran los quicios que ella provoca con su lectura.)
Con afán comercial, la contratapa informa que Bonsái adolece de la idea borgueana de una novela: escribirla como si fuese el resumen de otra obra ya escrita. Por lo menos así actuó Borges con Menard, Quain y el Orbis Tertius. Zambra incluye todo un periplo, despachado en poquísimas páginas, donde Julio es citado por un anciano y famoso novelista (Gazmuri) para que transcriba su manuscrito. Luego el viejo rechaza su colaboración, pero Julio ya habíale contado a una mujer de ese trabajo, y se lo inventa completamente: escribe todos los días el manuscrito en el que supuestamente trabaja. Julio crea la mismísima novela que debería transcribir sin más referencia que una muy vaga que le dio el escritor. Llena dos o tres cuadernos con caligrafía enmarañada justificándose. ¿Qué novela escribe Julio? ¿La misma que estuvo a punto de transcribir u otra muy distinta? ¿Consigue Julio escribir como el viejo Gazmuri o se viste de otra manera? ¿Qué escribe Julio, acaso sobre Emilia que hace años partió a morir a Madrid?
Julio y Emilia quedaron para siempre pegados en la página 373 de Por el camino de Swann. Y luego todo se acabó, tal como estaba dicho de antemano. Emilia muere y Julio sigue viviendo, con mayor o menor fortuna o tino, pero sigue viviendo.
«Quiero terminar la historia de Julio, pero la historia de Julio no termina, ése es el problema» dice al fin Zambra. Y en rigor es cierto, pero también es todo una trampa concebida antes de escribir la novela. Bonsái nace tan muerta como Emilia que es cadáver antes de siquiera saber qué leía.
Se asiste al funeral de una historia, o al recuerdo de ése momento oscuro, pero nunca a los entretelones, porque no importan.
«Ambos sabían que, como se dice, el final ya estaba escrito, el final de ellos, de los jóvenes tristes que leen novelas juntos, que despiertan con libros perdidos entre las sábanas, que fuman mucha marihuana y escuchan canciones que no son las mismas que prefieren por separado».
Imagino que tampoco la historia importa, ni siquiera el escritor mismo ni sus protagonistas y sucesos, sólo el sonido del papel al leer, o el del mínimo árbol creciendo.
Intuyo otras cuestiones que atañen al problema ya mencionado. Por nombrar el evidente: ¿escribir sobre lo que ya se sabe, o no? No imagino a Dan Brown redactando El código Da Vinci con datos que ya manejaba a cabalidad antes de. Del mismo modo en que Bisama (Caja negra) y Baradit (Ygdrasil) sí escribieron sus novelas sin meterse en Wikipedia. En este corte a las cuestiones con que se enfrenta el escritor, en esta censura de sus problemáticas, crece Bonsái de Zambra (Anagrama, 2006).
El editor de texto no objeta el apellido del autor, intrigado busco, y dice mi Larousse: «ZAMBRA f. Fiesta morisca con bulla y algaraza. || Fiesta semejante de los gitanos andaluces. || Fam. Algaraza, ruido.» Y noto los posibles sinónimos que Word aconseja: gresca, bochinche, barullo, algarabía, escándalo, etc.
Dos personajes, cuyos nombres no importan, que se juntan y desencadenan una historia que, de tan sencilla, obviamente tenderá al espesor y la densidad, como majaderamente apunta la contratapa.
Dos estudiantes de literatura. Qué mejor modo de sacarse de encima la cuestión de cómo hablar de libros sin parecer ni demasiado siútico ni con ello poner palabras en bocas que no tienen nada que ver con ellos. Simplemente son dos jóvenes que leen antes de follar, o después.
Los dos se han mentido de buena fe. Se han asegurado, el uno al otro, que han leído En busca del tiempo perdido, cuando apenas lo han (h)ojeado. Irremediablemente llega el momento en que entre las sábanas aparezca Proust, y ambos se regocijan nerviosos ante sus mentiras previas. Dice Zambra que omiten emocionarse frente a los fragmentos conocidos. Ninguno de ellos dice algo sobre el té con magdalenas, ni sobre las flores en el escote de Odette. El libro se asemeja entonces al recuerdo borrado. Quizás sintiesen que de hecho habían leído a Proust, y que sólo ahora lo comprendían. Julio le dice a Emilia que siente que sólo ahora lee de veras a Proust. Y ella comprende: «La fantasía de ambos era al menos terminar a Proust, estirar la cuerda por siete tomos y que la última palabra (la palabra Tiempo) fuera también la última palabra prevista entre ellos».
En las primeras páginas ya se sabe que todo acabará mal. Todo lo que comienza como sitcom acaba como telenovela venezolana, claro. De ahí que Zambra no estire la cuerda por cien páginas y legue una novela sucinta e inevitablemente proclive al comentario, al afán de desciframiento o de completación por parte del lector. De antemano Zambra conoce los materiales con los que cuenta, y por ello puede incluir dentro de su texto otros muchos esbozos de historias que no importan en absoluto para lo que él quiere contar.
Con precisión. En la primera página se lee: «Al final ella muere y él se queda solo (…) Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura:» Literatura es que ambos lean un cuento de Macedonio Fernández, «Tantalia», y que tal como los protagonistas, cifren el futuro de su relación no en el crecimiento de una plantita, sino en el seguir calentándose con las frases que hallan en sus libros —aunque no lo declaren abiertamente.
(La referencia a Verlaine me mueve hacia la manida frase de Gernández: «el libro se cierra y queda el desierto». O a otra, aquella de que la carne está trémula por algo similar… La sentencia de Verlaine incluye preguntas imposibles de eludir. ¿Qué es el resto? Tolstoi en Resurrección dice: «Buscamos el reino de Dios y su verdad, y el resto os será dado por añadidura. Buscamos el resto y no lo encontramos jamás». ¿Y qué con la literatura? Lo importante es que Ella muere y Él no, donde al parecer la literatura no es más que los detalles, en el intersticio entre el comienzo del libro y su fin. Así, un microtexto y lo que él calla es justamente la literatura: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.» Todos los mamotretos que sobre Monterroso se han escrito, ¿son la literatura? Demasiadas preguntas para tan pocas páginas de Bonsái, pero pocas si se consideran los quicios que ella provoca con su lectura.)
Con afán comercial, la contratapa informa que Bonsái adolece de la idea borgueana de una novela: escribirla como si fuese el resumen de otra obra ya escrita. Por lo menos así actuó Borges con Menard, Quain y el Orbis Tertius. Zambra incluye todo un periplo, despachado en poquísimas páginas, donde Julio es citado por un anciano y famoso novelista (Gazmuri) para que transcriba su manuscrito. Luego el viejo rechaza su colaboración, pero Julio ya habíale contado a una mujer de ese trabajo, y se lo inventa completamente: escribe todos los días el manuscrito en el que supuestamente trabaja. Julio crea la mismísima novela que debería transcribir sin más referencia que una muy vaga que le dio el escritor. Llena dos o tres cuadernos con caligrafía enmarañada justificándose. ¿Qué novela escribe Julio? ¿La misma que estuvo a punto de transcribir u otra muy distinta? ¿Consigue Julio escribir como el viejo Gazmuri o se viste de otra manera? ¿Qué escribe Julio, acaso sobre Emilia que hace años partió a morir a Madrid?
Julio y Emilia quedaron para siempre pegados en la página 373 de Por el camino de Swann. Y luego todo se acabó, tal como estaba dicho de antemano. Emilia muere y Julio sigue viviendo, con mayor o menor fortuna o tino, pero sigue viviendo.
«Quiero terminar la historia de Julio, pero la historia de Julio no termina, ése es el problema» dice al fin Zambra. Y en rigor es cierto, pero también es todo una trampa concebida antes de escribir la novela. Bonsái nace tan muerta como Emilia que es cadáver antes de siquiera saber qué leía.
Se asiste al funeral de una historia, o al recuerdo de ése momento oscuro, pero nunca a los entretelones, porque no importan.
«Ambos sabían que, como se dice, el final ya estaba escrito, el final de ellos, de los jóvenes tristes que leen novelas juntos, que despiertan con libros perdidos entre las sábanas, que fuman mucha marihuana y escuchan canciones que no son las mismas que prefieren por separado».
Imagino que tampoco la historia importa, ni siquiera el escritor mismo ni sus protagonistas y sucesos, sólo el sonido del papel al leer, o el del mínimo árbol creciendo.
jueves, 3 de mayo de 2007
Digresiones
«La repetición, por otro nombre, la historia del arte», dice Aira. Qué tal. Pienso entonces en lo que escribí sobre los detalles en la literatura (?). Y también en el escritor que, en El resplandor, repetía la misma frase con leves variaciones formales: como cita, como fórmula matemática, pareciendo un verso, parafraseándose, borrándose, etc. También en Borges escribiendo Historia de la eternidad, y pensando que, dado un tiempo infinito, cualquier hombre será capaz de hacerlo todo, incluso a sí mismo: en una inacabable cadena de ensayo y error. O en la doctrina que anunciaba el espejismo infinito de los actos humanos: Platón por el resto del tiempo profesando sus ideas cíclicas; Heráclito y los 10.000 años en que todo volverá a ser Uno. Y claro, toda la tradición griega, donde no hay historia que no remita a la duplicación: Sísifo subiendo la roca que siempre cae (manteniéndole ocupado para que no huya del Infierno); Prometeo siendo devorado todos los días por la misma ave; Ixión condenado a girar en una rueda en el Hades. Los palíndromos, y el film de Debord: In girum imus nocte et consumimur igni. Recuerdo la Noria de Ramelli, y la máquina patafísica para leer Rayuela. Esta misma página y lo que esconden los links, las posibilidades del hipertexto: alcanzar el fin de la internet. Me imagino dentro del laberinto de T’sui Pên. También el alga «Bifurcaria Bifurcata» y las cuestiones rizomáticas. Aquellos discos de Neurosis, que puestos a la par conforman una red sonora; o lo que ocurre con El mago de Oz y The Dark Side of the Moon de Pink Floyd. Las bibliotecas también guardan la eternidad, o por lo menos, una tautología en sus referencias: una vez leído un libro ya nunca se pueden detener los lazos que lo provocaron y que él mismo desencadena.
¿Se conoce lo particular a partir de lo general o al revés?
Mientras, fuera llueve. Me doy cuenta porque escucho un ruido opaco (¿es posible esta conjunción de un adjetivo visual aplicado a un fenómeno auditivo?) que golpea la ventana, o el relieve de cemento que propone el cristal.
Me distraigo tan fácilmente. Quisiera dormir mientras estás despierta, dice un tema hermoso. Quisiera también acabar de la misma manera, con las mismas ganas, todo lo que comienzo. No habría que incluir dentro de esto a las personas que me rodean (y que me hacen feliz), sino simplemente a lo que alguna vez empiezo a escribir. Podría parar esto ahora mismo para verificar mi profecía autocumplida.
Está comprobado que la felicidad es un estado plenamente melancólico, sobre todo en esta ciudad. Junto al protagonista de Crimen ferpecto digo: la vida es pésima, es una mierda, pero es la única que hay. Ignoro el horror, construyo una isla donde me quedo tranquilo y, donde a veces, recuerdo lo que no tengo no tuve o deje ir. Cierta insolencia de la juventud, que agobia y acojona. Pero quizás sea peor la inmanencia de la adultez y la inminencia de la muerte. Hay un cansancio en todo, una ralentización de las cosas, y entre medio nadie más que yo. Tirarse frente a un automóvil a toda velocidad. Que ese evento cambie toda la vida de manera radical: o la muerte o un resto de vida en que la compasión sea el ojo con que me tasen. Un corte hasta el fondo del hueso. Mil millones de pequeñas partículas. Y unas manos impotentes para asirlas, o siquiera, o siquiera.
Pasan las horas: la lluvia cambia a un viento fortísimo. Siento ahora el ruido de los techos cercanos agitándose, a punto de caerse. Lástima que no sea más temprano: ¡las planchas de zinc cortarían tantas cabezas!
En el fondo, no hay motivos para la depresión, porque ella de antemano supone la superficie, la regularidad o la mejora. Siempre se le presupone, quién sabe por qué motivos.
¿Podría caerme un techo sobre el pescuezo?
Abrir —aunque levemente— la ventana implica que un tornado revuelva mi habitación. Existe el viento caliente que le llaman raco. Justo cuando aparece, hay que sacar la ropa mojada, para que en pocos minutos esté lista para la plancha.
¿Se conoce lo particular a partir de lo general o al revés?
Mientras, fuera llueve. Me doy cuenta porque escucho un ruido opaco (¿es posible esta conjunción de un adjetivo visual aplicado a un fenómeno auditivo?) que golpea la ventana, o el relieve de cemento que propone el cristal.
Me distraigo tan fácilmente. Quisiera dormir mientras estás despierta, dice un tema hermoso. Quisiera también acabar de la misma manera, con las mismas ganas, todo lo que comienzo. No habría que incluir dentro de esto a las personas que me rodean (y que me hacen feliz), sino simplemente a lo que alguna vez empiezo a escribir. Podría parar esto ahora mismo para verificar mi profecía autocumplida.
Está comprobado que la felicidad es un estado plenamente melancólico, sobre todo en esta ciudad. Junto al protagonista de Crimen ferpecto digo: la vida es pésima, es una mierda, pero es la única que hay. Ignoro el horror, construyo una isla donde me quedo tranquilo y, donde a veces, recuerdo lo que no tengo no tuve o deje ir. Cierta insolencia de la juventud, que agobia y acojona. Pero quizás sea peor la inmanencia de la adultez y la inminencia de la muerte. Hay un cansancio en todo, una ralentización de las cosas, y entre medio nadie más que yo. Tirarse frente a un automóvil a toda velocidad. Que ese evento cambie toda la vida de manera radical: o la muerte o un resto de vida en que la compasión sea el ojo con que me tasen. Un corte hasta el fondo del hueso. Mil millones de pequeñas partículas. Y unas manos impotentes para asirlas, o siquiera, o siquiera.
Pasan las horas: la lluvia cambia a un viento fortísimo. Siento ahora el ruido de los techos cercanos agitándose, a punto de caerse. Lástima que no sea más temprano: ¡las planchas de zinc cortarían tantas cabezas!
En el fondo, no hay motivos para la depresión, porque ella de antemano supone la superficie, la regularidad o la mejora. Siempre se le presupone, quién sabe por qué motivos.
¿Podría caerme un techo sobre el pescuezo?
Abrir —aunque levemente— la ventana implica que un tornado revuelva mi habitación. Existe el viento caliente que le llaman raco. Justo cuando aparece, hay que sacar la ropa mojada, para que en pocos minutos esté lista para la plancha.
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