¿Máquinas que puedan detectar sus errores y corregirlos?
En eso pienso ahora. En un software que una vez creado no necesite más del programador, sino que a sí y por sí se modifique en pos de la perfección de su funcionamiento.
También pienso en que me encuentro en la más absoluta desventaja ante Houellebecq. Lo pensé al día de haber acabado su novela. Se lo comenté a Denisse: que no hay nada peor que sentirse en desventaja frente a alguien, a alguien totalmente más inteligente, lúcido, perspicaz que uno mismo. De ahí que no pueda decir nada sobre M.H.
Como si bastara crear apenas un capítulo y que él mismo dé las coordenadas de los que le seguirán. ¿Un libro borgeano? Quizás lo habría pensado si hubiese conocido algo de cibernética. Quizás más un libro patafísico en el sentido mecánico del mismo: como la máquina para leer Rayuela.
No sé qué decir finalmente sobre Las partículas elementales.
O el engaño radical que he pensado cuando comienzo un nuevo libro: que éste que tengo no sea en absoluto el que X escribió, y por un motivo sencillo: lo han modificado a conciencia, alguien, con quién sabe qué intenciones. Comienzo un volumen de Proust y nunca podré saber si ése es efectivamente el que se leyó en su momento en toda Europa; porque no sé francés, porque ha sido intervenido, y lo que leo no tiene nada que ver con lo primeramente publicado.
Una vez Gernández medio ebrio intentó explicarme lo que Houellebecq pensaba sobre la clonación, sobre el futuro borrado de la raza humana tal como la conocemos. Discutimos, pero cuando acabé con la novela, comprendí punto por punto lo que esa noche balbuceó.
Esas aplicaciones (imposibles hasta el momento) que pueden mejorarse y actualizarse de manera independiente sólo hasta cierto punto, porque llega el momento en que ya estarían trabajando contra la misma plataforma que las sustenta. Así mismo quiere Houellebecq que la humanidad sea lentamente acabada, opacada por la nueva raza que de ellos provendrá. Pero es que toda forma viva que proceda de una cópula (de una reproducción sexual) está destinada a la muerte. La humanidad pobre y miserable, que en teoría ha evolucionado desde que bajó de los árboles, ya no puede ir más allá, o mejor dicho: el más allá de la humanidad prescinde de ella misma de manera necesaria. Y el paso siguiente es una nueva raza semejante en todo a la antigua, excepto por la forma en que son concebidos. Y ya no hay miedo a la muerte ni al envejecimiento, porque una vez el tiempo acabe ya habrá otro igual a yo listo para ocupar el lugar.
Dice Gernández: «¿Autoperfeccionamiento? Hay un cuento notable de Philip K. Dick al respecto. No recuerdo su título, pero es el tercero en Cuentos II. Trátase, cómo no, de un holocausto futuro. Rusos contra Yanquis que se enfrentan en oleadas de ataques atómicos hasta arrasarlo todo. Los eslavos, más bestias por naturaleza, van ganando la guerra por magnitud de la devastación, hasta que los gringos dan con inventar un aparatito que es como un cangrejo pequeño que, cuando detecta vida de algún tipo, gira sobre sí mismo y se abalanza sobre su presa sacando de su superficie decenas de afiladas cuchillas. Cientos de esos simpáticos seres provocan masacres gigantescas cuando entran a los bunkers de refugios. Ahora bien, la gracia del aparatito es que se autoprograma sólo para que, una vez que caiga en manos del enemigo, éste no pueda hacerse de su secreto, lo cual lleva a que los seres humanos pierdan todo control sobre estos cangrejos y..., bueno, léetelo y adivina tú el final. Sólo te adelanto que los Estados Unidos -es decir la nada- ganan la guerra.»
Borrarse teniendo en perspectiva un nuevo amanecer, que jamás veremos.
Recuerdo los seres con forma de araña que sucederán a los humanos, dentro de la mitología lovecraftiana. Y eso no es tan terrible como la propuesta de Houellebecq. Es pensar que esas máquinas comprenderán en algún punto, que su sistema base es errado, que de allí proceden todos sus errores de funcionamiento, y deciden autosuprimirse. Ni siquiera un reseteo que las mantuviera activas, sino el total aniquilamiento de ellas, dejando una nueva superficie donde ellas no podrían funcionar perfectamente pero sí unos sucesores adecuadamente adaptados.
Y acaba Gernández, el aventajado: «No se puede hacer nada contra Michel Houellebecq. Es mejor que todos nosotros, pero queda el consuelo de que probablemente está más triste y más desalentado que nosotros. Probablemente ya no folla, además. En realidad no hay motivo para sentir envidia.»
martes, 4 de noviembre de 2008
miércoles, 29 de octubre de 2008
La huida hacia delante
La vida como la vida y el recuerdo como la espera de su ida, o el paso en que comenzamos a preguntarnos: ¿fue eso real? O en un modo más problemático, cuestionarse si acaso la realidad es explícita en sus contenidos o definiciones. El punto, entre otros innumerables, sería: ¿es acaso la realidad, entendida como lo-de-hecho, punto de partida de cualquier certeza? Y fácilmente cualquier estudiante de primer semestre de filosofía ¾occidental¾ puede refutarlo con grandes argumentos, y yo, quedarme sin apelación posible, porque así es, y basta, porque sé lo que me dirán y lo acepto a pies juntillas.
Un paso atrás: ¿informa algo sobre la contingencia la realidad? Que es algo como que la realidad me formule proposiciones válidas sobre elabora y el aquí, sobre la permanencia de las cosas y su dureza. Y se puede ir más atrás, cuestionando la informabilidad de la realidad misma, porque, ¿de dónde se ha sacado que la realidad ha de informar lo que sea? Podemos cuestionarnos sus fundamentos pero nunca el abismo sobre el que está montada. Un hoyo enorme y oscuro donde lo único dable de pensar es la enorme brecha entre yo y lo que pienso. Por ello mismo no deja de ser ontológicamente cierto lo de «no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso».
¿Qué hay que decir cuando esa realidad es mediada por un narrador? Ni Proust, ni siquiera Balzac (neither/nor) tienen la posibilidad (porque no hablamos de capacidad) de introducirnos en lo que nos escriben y cuentan. No seré un banquero burgués ni un homosexual snob por ellos, sino por cuestiones que podamos enlazar con la cotidianidad, y en esa diferencia se oculta un trauma primordial del relato, de la escritura misma como supuesto espejo de la realidad. Esto puede llegar a justificar el por qué es más fácil, popular y por ello aceptado el identificarse con personajes de otros ámbitos, del cine el cómic simple, que con Gog o algunos de los lunáticos de Dostoievsky. Incluso será socialmente preferible andar con una máscara del revolucionario de V de Vendetta que comportarse como Bartleby.
Pero hay formas en que la literatura puede mostrar a la realidad en el desorden sin sentido innato que la constituye: hay que leer a Palahniuk (Monstruos invisibles) y al Houellebecq (Las partículas elementales).
Un paso atrás: ¿informa algo sobre la contingencia la realidad? Que es algo como que la realidad me formule proposiciones válidas sobre elabora y el aquí, sobre la permanencia de las cosas y su dureza. Y se puede ir más atrás, cuestionando la informabilidad de la realidad misma, porque, ¿de dónde se ha sacado que la realidad ha de informar lo que sea? Podemos cuestionarnos sus fundamentos pero nunca el abismo sobre el que está montada. Un hoyo enorme y oscuro donde lo único dable de pensar es la enorme brecha entre yo y lo que pienso. Por ello mismo no deja de ser ontológicamente cierto lo de «no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso».
¿Qué hay que decir cuando esa realidad es mediada por un narrador? Ni Proust, ni siquiera Balzac (neither/nor) tienen la posibilidad (porque no hablamos de capacidad) de introducirnos en lo que nos escriben y cuentan. No seré un banquero burgués ni un homosexual snob por ellos, sino por cuestiones que podamos enlazar con la cotidianidad, y en esa diferencia se oculta un trauma primordial del relato, de la escritura misma como supuesto espejo de la realidad. Esto puede llegar a justificar el por qué es más fácil, popular y por ello aceptado el identificarse con personajes de otros ámbitos, del cine el cómic simple, que con Gog o algunos de los lunáticos de Dostoievsky. Incluso será socialmente preferible andar con una máscara del revolucionario de V de Vendetta que comportarse como Bartleby.
Pero hay formas en que la literatura puede mostrar a la realidad en el desorden sin sentido innato que la constituye: hay que leer a Palahniuk (Monstruos invisibles) y al Houellebecq (Las partículas elementales).
martes, 23 de septiembre de 2008
Turismo interior
Siento de pronto la necesidad del viaje. De sentir que estoy llegando a un lugar distinto, pero antes que eso, que estoy dejando el de siempre. Y eso es impagable. Dentro del círculo de arena que formamos alrededor nuestro, el viaje se pone como la ampliación del campo (de batalla), porque a fin de cuentas (justo en ese momento en que ni siquiera las cuentas exactas importan) viajar no importa tanto por dejar atrás fronteras sino por el hecho de crear nuevas fronteras: la vara que mide a su propia regla y que la desafía, a romperla, a reciclarla y ponerla más allá.
Por este último motivo, que no es más que el primero, leer un nuevo libro es un viaje en la órbita de lo impredecible. Un túnel oscurísimo donde conocemos relativamente bien el punto de origen, pero del que desconocemos absolutamente dónde (y cómo) nos dejará. Dentro, todo es niebla y difusión visto desde antes de cruzarlo. No soy nunca más el que fui luego de Borges o Lovecraft o Proust o De Rokha, y en cada “novedad” devorada me borro con la pluma de otro, con lo que escribió, y así puedo llegar a ser treinta distintos en el curso de un año, un par de otros dentro del mismo cuerpo y el mismo mes.
Quiero decir: soy en la medida de mis lecturas como otros lo son de acuerdo a las estaciones o el alumbrar del sol. Muto por la tinta y el golpeteo rítmico de piezas metálicas ennegrecidas --como si todo fuese remedo del sexo, modulaciones más o menos torpes donde son reconocibles los gestos eróticos/pornográficos.
Y las diferencias entre llegar a un lugar ya visitado y otro desconocido.
Tal vez en esa diferencia se esconda un reproche a los libros de viaje, como también al tren o al automóvil, o a los cohetes tripulados. Las distancias no se acortan, sino que desaparecen pero la lejanía se mantiene, en la medida en que las cuestiones físicas pueden anularse mientras que las ideas apenas cambian con el paso de los siglos. Acorto la lejanía entre Petersburgo más leyendo a Dostoievski que tomando un avión. Pero quizás sucedan dos (posibles) cosas: o el Gulag se conoció después de Solzhenitsyn, o luego de escribirlo nunca más volvió a ser lo que antes era (lo que es una suerte en este caso particular). A la vez que Capote me lleva a New Orleans, también le destruye cual Katrina, porque pone una capa de tinta entre mi posible experiencia iniciática con la ciudad y la suya, ya vivida y procesada.
Volver a un valle ya conocido, ya una vez dominado. (la discusión entre Russell y el jesuita Copleston sobre la existencia de dios, 1948)
Volver a un desierto que nos expulsó, y que nuevamente no nos acepta. (Bajo el volcán, de Lowry; Ulises, de Joyce)
O no llegar nunca a lado alguno, como Moisés. Lo que vendría significando que se han puesto las fronteras en un punto todavía inaccesible, que para poner pie en el Reino aún falta demasiado --por la misma arrogancia que amplió el círculo de arena exageradamente.
El mundo, el universo que compartimos y el personal dentro de la cabeza, no pueden ser explicados como la suma de particulares objetos que en ellos se encuentran. Porque deificar la existencia tiene consecuencias horrendas (quemar libros, Auschwitz):
-Yo pienso en el funcionamiento de las cosas, porque las cosas (...) ¿funcionan o no funcionan?
-Claro. Siempre.
-Y si no funcionan, ¿qué se puede hacer?
-Eh... elegir otras cosas.
-Que funcionen.
-Si uno aplicara eso a nuestras vidas cambiaría el mundo, ¿sí o no?
-De todas maneras.
(Nicolás Carvallo, Las cosas, de su disco ídem: http://biyuyo.blogspot.com/)
Por este último motivo, que no es más que el primero, leer un nuevo libro es un viaje en la órbita de lo impredecible. Un túnel oscurísimo donde conocemos relativamente bien el punto de origen, pero del que desconocemos absolutamente dónde (y cómo) nos dejará. Dentro, todo es niebla y difusión visto desde antes de cruzarlo. No soy nunca más el que fui luego de Borges o Lovecraft o Proust o De Rokha, y en cada “novedad” devorada me borro con la pluma de otro, con lo que escribió, y así puedo llegar a ser treinta distintos en el curso de un año, un par de otros dentro del mismo cuerpo y el mismo mes.
Quiero decir: soy en la medida de mis lecturas como otros lo son de acuerdo a las estaciones o el alumbrar del sol. Muto por la tinta y el golpeteo rítmico de piezas metálicas ennegrecidas --como si todo fuese remedo del sexo, modulaciones más o menos torpes donde son reconocibles los gestos eróticos/pornográficos.
Y las diferencias entre llegar a un lugar ya visitado y otro desconocido.
Tal vez en esa diferencia se esconda un reproche a los libros de viaje, como también al tren o al automóvil, o a los cohetes tripulados. Las distancias no se acortan, sino que desaparecen pero la lejanía se mantiene, en la medida en que las cuestiones físicas pueden anularse mientras que las ideas apenas cambian con el paso de los siglos. Acorto la lejanía entre Petersburgo más leyendo a Dostoievski que tomando un avión. Pero quizás sucedan dos (posibles) cosas: o el Gulag se conoció después de Solzhenitsyn, o luego de escribirlo nunca más volvió a ser lo que antes era (lo que es una suerte en este caso particular). A la vez que Capote me lleva a New Orleans, también le destruye cual Katrina, porque pone una capa de tinta entre mi posible experiencia iniciática con la ciudad y la suya, ya vivida y procesada.
Volver a un valle ya conocido, ya una vez dominado. (la discusión entre Russell y el jesuita Copleston sobre la existencia de dios, 1948)
Volver a un desierto que nos expulsó, y que nuevamente no nos acepta. (Bajo el volcán, de Lowry; Ulises, de Joyce)
O no llegar nunca a lado alguno, como Moisés. Lo que vendría significando que se han puesto las fronteras en un punto todavía inaccesible, que para poner pie en el Reino aún falta demasiado --por la misma arrogancia que amplió el círculo de arena exageradamente.
El mundo, el universo que compartimos y el personal dentro de la cabeza, no pueden ser explicados como la suma de particulares objetos que en ellos se encuentran. Porque deificar la existencia tiene consecuencias horrendas (quemar libros, Auschwitz):
-Yo pienso en el funcionamiento de las cosas, porque las cosas (...) ¿funcionan o no funcionan?
-Claro. Siempre.
-Y si no funcionan, ¿qué se puede hacer?
-Eh... elegir otras cosas.
-Que funcionen.
-Si uno aplicara eso a nuestras vidas cambiaría el mundo, ¿sí o no?
-De todas maneras.
(Nicolás Carvallo, Las cosas, de su disco ídem: http://biyuyo.blogspot.com/)
martes, 16 de septiembre de 2008
Bestias parlantes
Qué fome resulta pensar en una realidad como simple suma de particulares. Y qué complejo es pensarla como una red de múltiples enlazamientos. Donde la idea de borde es inconcebible, y sólo existe la mezcla. La existencia toda como una cebolla y sus capas, donde no cabe pensar en la dicotomía profundo/superficie en sentido cualitativo.
«Suerte de casco/burbuja aislante de sonido. Se inserta la cabeza del niño con rabieta en él. Entonces, el aparato se encarga de transformar el sonido del barullo en uno incluso más desagradable (uno agudísimo por poner el caso), pero sólo audible para el pequeño bellaco. Como se ve, su propósito es meramente conductista, es decir, sometido al argumento más básico que se podría apelar con un mocoso llorando.»
Ayer soñé con que un tren enorme se descarrilaba y pasaba por el campo donde estábamos. Luego de la catástrofe, que el tren se hubo ido, comencé a correr y encontré a dos tipos muertos. Del primero no recuerdo casi nada, pero al segundo le faltaban las piernas. Yo vomitaba a su lado. Y cuando me encontraba con más sobrevivientes, lloraba por la mala suerte que había tenido de ser el primero en verlos.
¿Y si Alicia nunca volvió desde el otro lado? Los espejos podrían incluir sus candados, complejos laberintos para marear al que quiera escapar. Todas las imágenes del mundo quedarían capturadas en él, y el reflejo se convertiría en algo más real que lo real.
El error no es de los trajes cerrados de las mujeres musulmanas, sino la falta de ellos en las de occidente. En el actual momento la privacidad está ida, dice Vedder que para él ella no tiene precio. La imagen de mi cuerpo me es propia, la fotografía (constante/burda/sin sentido) vuelve a ser lo que para los indígenas: un ladrón del alma, y un espectáculo del cual no quiero participar.
Ya me es imposible dejar de notar en ciertas conversaciones los énfasis y matices con que los otros se expresan. El camino desde la idea a la voz es largo y complicado. El oído proustiano que elucubra sobre motivos profundos para tales formas de expresión, para esos específicos énfasis y matices que siempre tal sujeto prefiere. Ponerse justo antes de que las palabras se formen, y ver desde dónde vienen.
Hay que sensualizar hasta el hecho de comprar porque sí. Subvertir su actual carácter pornográfico y ponerle velos que insinúen pero nunca muestren hasta el momento adecuado. Sensualizar quiere decir aquí, ponerle bálsamo a la dureza de la máquina, que no es lo mismo que engrasar los engranajes.
Si las personas fuesen tal como sus gustos, o todo sería infinitamente peor, o el mundo podría alcanzar la perfección. Pero nadie se decide por nada. En el momento en que agarrarlo todo se convierte en norma, se provoca el degeneramiento, porque ahí mismo se esconde la mediocridad y la idiotez.
Un aparato que capture "fotogramas" de un momento, con todo lo que ello implica: olores, sabores, intensidad de colores, tacto, etcétera. Una cámara de la experiencia peculiar de, por ejemplo, pasear en un mercado de India, donde quedarán capturados los miles de distintos estímulos, listos para impactar en quien lo desee. Y si ella es posible, también lo será la máquina balzaciana, aquella que permite leer los pensamientos y el flujo de la conciencia ajena.
Escribir una novela a partir de un generador aleatorio de oraciones. Tal como existen generadores de títulos de novelas románticas/sci-fi en la red, donde luego de presionar el botón, surgen maravillas como “The Mesopotamian Sheik's Anarcho-Syndicalist Mistress”.
Me quedo dormido sentado en el metro, en hora punta. Cuando despierto en medio del viaje, casi me desmayo de la impresión: una mujer pequeñita está entre el ángulo de mis piernas mirándome fijamente. En realidad esto no me pasa a mí, pero lo imagino viendo a esa pequeña empujada por las caderas del resto, sin poder moverse, queriendo llegar a la estación terminal para poder bajar y devolverse a su destino, que se le aleja a cada minuto por no poder esquivar las piernas de las docenas de pasajeros.
«Suerte de casco/burbuja aislante de sonido. Se inserta la cabeza del niño con rabieta en él. Entonces, el aparato se encarga de transformar el sonido del barullo en uno incluso más desagradable (uno agudísimo por poner el caso), pero sólo audible para el pequeño bellaco. Como se ve, su propósito es meramente conductista, es decir, sometido al argumento más básico que se podría apelar con un mocoso llorando.»
Ayer soñé con que un tren enorme se descarrilaba y pasaba por el campo donde estábamos. Luego de la catástrofe, que el tren se hubo ido, comencé a correr y encontré a dos tipos muertos. Del primero no recuerdo casi nada, pero al segundo le faltaban las piernas. Yo vomitaba a su lado. Y cuando me encontraba con más sobrevivientes, lloraba por la mala suerte que había tenido de ser el primero en verlos.
¿Y si Alicia nunca volvió desde el otro lado? Los espejos podrían incluir sus candados, complejos laberintos para marear al que quiera escapar. Todas las imágenes del mundo quedarían capturadas en él, y el reflejo se convertiría en algo más real que lo real.
El error no es de los trajes cerrados de las mujeres musulmanas, sino la falta de ellos en las de occidente. En el actual momento la privacidad está ida, dice Vedder que para él ella no tiene precio. La imagen de mi cuerpo me es propia, la fotografía (constante/burda/sin sentido) vuelve a ser lo que para los indígenas: un ladrón del alma, y un espectáculo del cual no quiero participar.
Ya me es imposible dejar de notar en ciertas conversaciones los énfasis y matices con que los otros se expresan. El camino desde la idea a la voz es largo y complicado. El oído proustiano que elucubra sobre motivos profundos para tales formas de expresión, para esos específicos énfasis y matices que siempre tal sujeto prefiere. Ponerse justo antes de que las palabras se formen, y ver desde dónde vienen.
Hay que sensualizar hasta el hecho de comprar porque sí. Subvertir su actual carácter pornográfico y ponerle velos que insinúen pero nunca muestren hasta el momento adecuado. Sensualizar quiere decir aquí, ponerle bálsamo a la dureza de la máquina, que no es lo mismo que engrasar los engranajes.
Si las personas fuesen tal como sus gustos, o todo sería infinitamente peor, o el mundo podría alcanzar la perfección. Pero nadie se decide por nada. En el momento en que agarrarlo todo se convierte en norma, se provoca el degeneramiento, porque ahí mismo se esconde la mediocridad y la idiotez.
Un aparato que capture "fotogramas" de un momento, con todo lo que ello implica: olores, sabores, intensidad de colores, tacto, etcétera. Una cámara de la experiencia peculiar de, por ejemplo, pasear en un mercado de India, donde quedarán capturados los miles de distintos estímulos, listos para impactar en quien lo desee. Y si ella es posible, también lo será la máquina balzaciana, aquella que permite leer los pensamientos y el flujo de la conciencia ajena.
Escribir una novela a partir de un generador aleatorio de oraciones. Tal como existen generadores de títulos de novelas románticas/sci-fi en la red, donde luego de presionar el botón, surgen maravillas como “The Mesopotamian Sheik's Anarcho-Syndicalist Mistress”.
Me quedo dormido sentado en el metro, en hora punta. Cuando despierto en medio del viaje, casi me desmayo de la impresión: una mujer pequeñita está entre el ángulo de mis piernas mirándome fijamente. En realidad esto no me pasa a mí, pero lo imagino viendo a esa pequeña empujada por las caderas del resto, sin poder moverse, queriendo llegar a la estación terminal para poder bajar y devolverse a su destino, que se le aleja a cada minuto por no poder esquivar las piernas de las docenas de pasajeros.
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