jueves, 8 de octubre de 2015

Aira y la escritura eterna

Hace poco el escritor argentino cumplió 64 años, y por mucho tiempo más se publicarán varias de sus novelas al año, sin contar sus traducciones, ensayos ni conferencias alrededor del mundo. Aira está en todos lados, sólo es cosa de saber mirar.

Llegar a Aira es un accidente. Provocado o no, deseado o no. A fin de cuentas leerlo es caer en enojo y deslumbramiento. Si se vence una novela, y se quiere conseguir otra, ahí es cuando un vórtice nos alcanza, y se empieza uno a cuestionar nociones que creíamos estables, por ejemplo: ¿qué debe tener una novela para que sea calificada así?, ¿cómo es posible que éste tipo publique 6 al año?
En la novela La última de César Aira, el también argentino Ariel Idez lanza una invectiva contra la pretensión del lector de agotar la obra de un autor, poniendo como parangón todas las publicaciones de Aira: pareciese que nunca se detuviesen, que siempre salen nuevas ediciones, que Aira estuviese diez pasos delante de sus lectores, tan lejos de ellos que nunca le podrán dar alcance. Y justamente eso es lo que se siente una vez se inicia su lectura. A pesar de ello, Aira repudia que le recuerden su elevada producción. “No sé qué idea se ha asentado en general de que el que escribe poco, el que escribe un librito cada 20 años es buenísimo, es un genio, y el que escribe cuatros libros por año es un tarado”.

Por lo mismo, conseguir uno de sus libros es algo sencillo. Probablemente se encuentre con algo de lo poco publicado por LOM, La serpiente o Un episodio en la vida del pintor viajero. En ésta presenta un relato verosímil: los paisajes salvajes de la cordillera camino a Mendoza, siendo pintados y vividos por Mauricio Rugendas. Hasta que sucede un accidente, y todo se trastoca y desborda. O puede ocurrir que se pase por una librería de viejos, y se halle Embalse, o algo de lo que ha publicado con Emecé, aparte de sus innumerables traducciones. Porque ha traído al español desde Raymond Chandler hasta una de las cumbres de la narrativa gráfica: Maus.

Hacia 2001 publicó una Enciclopedia de autores latinoamericanos: un mamotreto que estuvo en bodegas por 15 años. En rigor lo que mueve a Aira no es un afán propiamente enciclopedista, sino uno escatológico y afín a sus gustos. Figuran en sus páginas los clásicos, las lecturas obligatorias, pero por sobre ellos están los marginados, los olvidados, los peculiares y excéntricos. Así, las fuentes de Aira son diversas y perversas: “El material con que escribo mis libros viene mitad y mitad de esas dos puntas: un poco de Proust, un poco de Ren y Stimpy. No hay nada deliberado ahí, es solo lo que me gusta”. Y así mismo queda en el recuerdo del lector. Desfilan monjas, enanos, terroristas, todos los personajes más estereotipados según él, y vueltos una caricatura de la mofa que ya son, puestos en escenarios recargados, con misiones irrisorias o directamente fatales. No es poco casual que todo acabe con un estallido sordo en el cual Argentina (o el mundo) desaparece.
Si hay algo de cierto en que escribir es haber leído, todo es carne para la picadora de Aira, en función de un mundo con el eje trastocado, donde lo inverosímil es transparente a los personajes, pero puesto de una forma que irrita o trunca la lectura. En su visita a la FILSA en 2009 dijo: “Eso de la ‘necesidad de expresión’ siempre me ha parecido un poco macaneo, un poco excusa. Todos queremos hacer libros y darnos el placer que tuvimos alguna vez leyendo”. Una felicidad en fragmentos, que pasa luego al olvido en términos genéricos pero que deja la marca de su absurdo y sus excesos. Entregarse a su lectura voluntaria implica locura y riesgo, tal como él mismo escribe sus novelas. “Tengo un método de escribir, de improvisar, de ir día a día, de dejarme llevar por el capricho de cada día”. Cada jornada unas cuantas páginas, sin nunca volver sobre sus pasos a revisar ni menos corregir. Ha propuesto ir hacia adelante a toda costa, justificando lo escrito ayer con el trabajo de hoy. Si lo cumpliese, así se podría entender los híbridos que algunas veces resultan sus novelas. Como en Las noches de Flores, que abre relatando la bucólica vida de los jóvenes repartidores de pizza del barrio donde Aira vive, para luego mutar en una novela de misterio y persecuciones, con un enano mutante disfrazado de Batman, y un laberinto bajo un monasterio que refleja la disposición de las estrellas sobre Buenos Aires.


Aira ha creado su propio universo. Le ha dado forma a su escritura, que es una única novela publicada en esquirlas. Aira es una conspiración. Es uno o muchos. En caso de ser uno, está el problema de cómo escribe y publica tanto. El don de la ubicuidad editorial le pertenecería. En caso de ser varios, atenta contra la buena fe del lector, al que le agrada la unidad en la personalidad de sus autores favoritos. Una y otra opción presentan problemas, así que quizás sería conveniente afirmar que Aira es nadie y es un soplo, el aire que se va, un recuerdo deshilachado: “En términos generales, diría que soy partidario del olvido, que es liberador y suele estar del lado de la felicidad, mientras que la memoria es una carga y está aliada al remordimiento, al rencor, a la nostalgia y a las pasiones tristes.”



Publicado por ahí en papel en marzo de 2013.


martes, 6 de octubre de 2015

La misma carretera

Paso y paso las páginas de Galveston de Nic Pizzolatto. En menos de un día alcanzo un tercio.

Este año leí por fin Bouvard y Pécuchet. Una locura de principio a fin. Me sentí de nuevo metido dentro de alguna historia enciclopédica de Papini, con una poco del vértigo y el absurdo de Vian. Pero todo antes de ellos y su escritura, fundándolos quizás, diciéndoles qué y cómo violenta (pero cariñosamente). Siento que debí leerlo cuando me lo ofrecieron, hace tantos años. Pero ahí leí el Cándido de Voltaire y Gargantúa y Pantagruel. Qué carcajadas me provocaron esos.

Y Las Redes Invisibles de Sebastián Robles. Un creepypasta de las redes sociales. Como si el campo de estas redes fuera un desierto minado de oasis fantasmagóricos, habitados por sombras de personajes que lo dejaron hace ya mucho rato. Solo hay ilusión de compañía, cuando la realidad es harto distinta y triste.

Repasé un par de veces El Incendio de Valparaíso de Eduardo Correa. Una brutalidad entre los gritos (o los susurros amorosos) de prostituas y travestis, y de fondo una ciudad que se agita entre las llamas: "Pero sabíamos también que Valparaíso era una metáfora y que toda metáfora era una suprema traición".

No tengo para cuándo acabar En Busca del Tiempo Perdido. Los dos últimos volúmenes que me faltan ya los tengo, pero me falta el ocio y la motivación de hace una década. Lo mismo con el Ulises. O con Bajo el Volcán que no tengo pero que quiero leer y acabarlo. O La Montaña Mágica.

Pero releo Todos Nosotros, la poesía de Carver. Y es dolorosa. Un despeñadero por el cual todo cae. El resultado de sumar aburrimiento por el otro y la autocomplacencia, no sé si en medidas iguales o no. Y sobre la misma es también un aliento refrescante. Todos los años que Carver consideraba una yapa, los 11 años de amor y calma que vivió con Tess. Hay esperanza ahí, sin que por ello amaine el fuego, o el hogar detenga su descomposición.

¿Qué se hacen con los autores o libros que dicen importantes y que no he leído? ¿Hay que ir a ellos apurando el paso? ¿Hay algún camino que me lleve a ellos?

Tanto que leer y tanta desidia y olvido. Y para cuando me acuerdo, ya estoy metido en otros libros, y no da el tiempo o sobra el cansancio, y hay que vivir, por sobre y ante todo. La vida de los libros corre en otro carril, aunque se trate de la misma autopista para todos.

martes, 5 de marzo de 2013

Farándula Intelectual (pt 2)


  • Hace muchas décadas, cuando Armando Uribe Arce contaba con tiernos dieciséis años, tenía de profesor a Roque Esteban Scarpa (premio nacional de literatura 1980) que le contaba maravillas sobre Balzac. Uribe tenía la intención de leerlo, pero el francés estaba incluido en el Index de la Iglesia Católica, lo que significaba la inmediata amonestación moral de cualquiera que leyese alguno de esos tomos. El joven Uribe se decidió a visitar al cardenal José María Caro puesto que por su intermedio el obispo podría permitir tales lecturas. El cardenal, con los pies colgando de su alta silla se quedó dormido a los pocos minutos mientras Uribe, le explicaba su interés por Balzac. De pronto el cardenal se despierta y espeta un «petición denegada». El futuro poeta sale indignado del despacho y decide burlar el dogma: leyó a Balzac página por medio, así, no se podía afirmar que hubiese leído el libro entero y quedaba libre de pecado.

  • Balzac dijo de sí: «hay vocaciones a las que se debe obedecer, y algo irresistible me arrastra hacia la gloria y el poder», aunque siempre estuvo apurado económicamente, no teniendo qué comer, pero con la voluntad henchida. Dibujaba en su mesa de trabajo banquetes pantagruélicos con los que saciaba visualmente su apetito para poder seguir escribiendo. Buscaba simplemente «una mujer y una fortuna» cosa que encontró en la Madame de Hanska que, lamentablemente residía con su esposo millonario en San Petersburgo, ciudad que visitó en varias ocasiones. Se casan finalmente el 14 de marzo de 1850 en Berdiczew (actual Ucrania), para luego viajar a Paris a pesar de las graves dolencias del recién casado. El 18 de agosto de ese año Víctor Hugo lo visita, luego Balzac muere dejando inconclusa su Comedia humana. Su obra completa supera los 38 tomos.


martes, 26 de febrero de 2013

Farándula Intelectual (pt 1)


  • Durante un congreso de literatura organizado en Chile, Gonzalo Rojas y Juan Rulfo se aburren. El poeta chileno prepara una visita del mexicano a la casa de Neruda en Isla Negra. Rulfo ya había dejado de escribir hace varios lustros. Refiere Vila-Matas: «Cuando le preguntaban por qué ya no escribía, Rulfo solía contestar: Es que se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias». Una vez en casa de la costa, con la flema —con la arrogancia— que le era característica, Neruda lleva al segundo piso a su propia habitación a Rulfo, abre las cortinas y declama intentando emocionar al mexicano con la sublime vista del Pacífico. Cuando se da vuelta para ver la expresión de Rulfo, él ya dormía plácidamente sobre la cama del vate.

  • Enrique Lafourcade trabajaba en Zig-Zag, entonces llega Tito Mundt a pedirle trabajo o simplemente a visitarlo. Las versiones se oponen aquí, Lafourcade dice que él «irrumpió» en su oficina. Saca el periodista un papel y lee lo que resulta una «colorida descripción de una faena taurina». Cuando acaba, Mundt interroga al joven editor sobre la calidad del texto, que Lafourcade considera casi perfecto. Sólo luego de eso, Mundt le entrega el papel, para descubrir impresionado que estaba en blanco. Recuerda Lafourcade que éste le lanzó: «¿No crees tú que yo soy un genio? -me dijo-.  Sí. Confirmé, cortés».