De manera inédita porque no propuesta llevo una racha de novelas al hilo leídas en muy poco tiempo. Todas también cifradas alrededor del crimen y también de una profunda desidia existencial.
En el lanzamiento de El libro de la ciudad la generosidad de su autor Rodrigo Arroyo no solo me entregó su dedicatoria sino que me propone casi en secreto que busque erratas en su poema. Pillo algunos y se los envío, justo algunos que él no había notado al parecer. Nos reímos pensando en que todo es errata y le devuelvo una cita de Uribe en Las críticas de Chile: “de las erratas se hace responsable el autor”. Fuera del chascarro El libro de la ciudad se erige como otro edificio derruido y olvidado de Valparaíso, con toda la tristeza y desencanto que esto podría suponer. Un edificio brutalista pero que igualmente no olvida que el detalle existe y que en sus recovecos se esconde el mismísimo demonio:
en qué silencio entraría una ciudad que se ilumina a sí misma, y no a la historia que le permite atravesar las sombras
el canto que amenaza la muerte del pasado
Hace algunos años leí una relación entre el poema Documental de Jaime Pinos y El clan Braniff novela de Matías Celedón, ambas publicadas en 2018 y enlazadas por un tratamiento peculiar del archivo de la última dictadura sufrida aún por acá. Sobre el archivo a secas incluso. Mientras que al poema de Pinos le he dedicado varias lecturas la novela seguía envuelta en su celofán hasta hace una semana en que la comencé finalmente sólo para darme cuenta que debía medirme o la acabaría ese mismo día. Ésta ha sido definida como libro objeto de acción, de espionaje podría ser también. Aparte del evidente mimo en su edición con diapositivas a color (que están impresas a ambos lados de la página, simulando la transparencia misma original de ese formato), imágenes que nos llevan a leer de nuevo lo que hace poco ocurrió y variados objetos que contextualizan la narración. Más allá de eso todo el entramado de la DINA en su vertiente cocaína negra se empalma directamente con el asesinato pocos años antes en Washington de Letelier y Moffitt. Toda la madeja criminal y gubernamental implicada va emergiendo lentamente hasta ser dolorosamente patente, tanto como la perversa impunidad de la que prácticamente todos gozan hasta hoy. Celedón es hábil en este tipo de montaje visual e intercalados de breves historias que siempre remiten a la fotografía, a algunas en particular (como las de los 4 de la Junta de la dictadura) o de la fotografía como medio, como paradigma de fijación temporal y registro objetivo. Ficción documental, también podría ser llamada.
Escribe Pinos:
Palabras imágenes
para apegarse a lo real
para presionar arrastrar
lo real hacia el poema
Celedón pareciera responderle en un apartado técnico de su novela: “Para corroborar las declaraciones de testigos, víctimas y sospechosos, se debe fotografiar todo como si fueran elementos: lugares, puntos de entrada y salida” (Pág. 47).
Wilhelm Genazino me era desconocido hasta hace unas pocas semanas. Una fruición de veinteañero al devorar su Si fuéramos animales que identifico de inmediato con esos años, con esa prisa sin objeto es decir una prisa impulsada únicamente por el deseo nunca por la premura de una tarea por finalizar. Nadie que no esté irremediablemente tocado por la lectura lo entendería. Tiene algo de la desazón que a los veinte años se imposta (el spleen, digamos) pero que pasados los cuarenta se vive hace un buen rato. Por eso leerse puede resultar levemente descorazonador o directamente violento y autoflagelante. Porque esa desazón ya se incorporó como abierta desidia, de manera casi precisa como la del arquitecto protagonista que vive en la observación que pretende ser inteligente de su entorno. Apreciables sus consideraciones porque se sabe miserable y constantemente al borde de la locura, por lo tanto a la par del absurdo cotidiano y brillante cuando de las maravillas toca hablar: “lo curioso en la belleza es que solo se la puede mirar. Uno no puede llevarse nada de ella a casa ni conservar una parte en algún sitio específico. A la belleza solo se la puede mirar fijo, mas no se la puede extraer. Tras observarla largo tiempo, hay que irse”. Fuera de estas apreciaciones inteligentes y por lo tanto vanas, todo discurre con una agencia diluida porque la ganancia última del protagonista es ahorrar vida: “Debía protegerme de tener demasiadas vivencias superfluas. Me hubiera bastado con la mitad de lo que vivenciaba. Pero con frecuencia no lograba reconocer con la suficiente rapidez qué experiencia resultada prescindible y cuál no”. Irremediablemente un párrafo así se enlaza con el agobio propiamente adulto, del trabajador embarcado lo quiera o no en la maquinita célibe porque improductiva para él mismo, pero que le deja todos los residuos dentro —el contrato social es despreciable porque obligatorio.
Enmascarada en el frenesí de lecturas de los veintitantos estaba también la desazón que luego se cristalizaría en profundo aburrimiento y una progresión irrefrenable por la amargura. “Me causó perplejidad convivir, en líneas generales de común acuerdo, con muchas personas y cosas que en el fondo me resultaban insoportables” remata Genazino ya con el lector en el suelo.
Quizás mientras más se lee más uno se devuelve.
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