martes, 6 de julio de 2010

Sobre la (falsa) higiene militar

«Después de diversos avatares, provocados tanto por la malignidad de los seres humanos o de las cosas como por las inexorables leyes de la probabilidad, se reunió ante la puerta de la sala de juntas la casi totalidad de los convocados, que fueron introduciéndose en dicho lugar tras los frotamientos palmarios y las eyaculaciones de saliva aspergeada que son de uso en las sociedades civilizadas y que las sociedades militarizadas sustituyen por manotadas en la sien y taconazos ante el jefe, acompañados, en ciertos casos, de escuetas interjecciones aulladas a distancia, lo que, convenientemente considerado, podría inducir a creer en la higiene militar, opinión que, con todo, uno se ve obligado a abandonar nada más ver las letrinas de aquestos, con la excepción de los militares americanoides, los cuales cagan en fila y mantienen sus estancias para la caca en permanente estado de limpieza y olor a desinfectante, como ocurre también en algunos países en los que se cuida la propaganda y en los que se tiene la fortuna de contar con una falta de población a la que persuadir mediante semejantes medios, que es lo que sucede a escala general, siempre que la propaganda no se la cuide al tuntún, sino teniendo en cuenta los deseos puestos de manifiesto por los servicios de prospección y de orientación, como asimismo los resultados plebiscitarios de los referendos que los gobiernos felices organizan pródigamente para aumentar aún más el dichoso bienestar de las hordas a las que administran».


miércoles, 16 de junio de 2010

A quién le importa

1. El mundial pasado. Nos juntamos a ver un partido de Japón contra no recuerdo qué otro equipo. Junto a amigos, igualmente me sentí extraño, hablando de cuestiones de las que apenas sé, tanteando un terreno guiado sólo por el instinto del fútbol metido en la cultura de este país miserable.



2. Francia ’98. Junto a un amigo nos pusimos en cada partido al fondo de la sala de clases, tirándoles papelitos mojados con tubos plásticos. Ni por altanería ni por ningún afán intelectual contra el fútbol, simplemente (en ese momento) por molestarlos. Porque este país se había convertido en un lugar peor para vivir, para ver televisión, para leer diarios e incluso para caminar por la calle.


3. Justo antes de Francia ’98. Todos y cada uno de los seleccionados pasaron por el plató del jodido ‘Viva el lunes’. Jugando al “Si se la sabe cante”, bailando con putitas creídas modelos, hablando en monosílabos, re-demostrando la insustancialidad de la educación, logrando que le implorase a los Cielos que este país no clasificara para Sudáfrica.


4. Educación básica. La obligación, la presión colegial de partir todos los sábados a participar de un campeonato de fútbol entre los cursos. 3 ó 4 equipos por nivel, contra los equipos del otro. Los papás gritando instrucciones contradictorias al borde de la cancha, hinchando por hacer goles, que no le crea, que métele la pata. Las mamás y hermanos en la barra, metiendo bulla, entonando cancioncitas que supuestamente han de levantar el ánimo a los jugadores. Y cuando acaban, un desayuno preparado por los apoderados, en las mismas salas en que pasamos de lunes a viernes oyendo a un profesor hastiado y deprimido.


5. Educación media. Se juega porque sí, porque aunque presionen por hacer goles, ya a nadie le importa. Y de hecho no me importa. Y me importa tan poco que no hago goles, que echo las pelotas fuera del arco, y siempre convierto “casi-casi” goles. Nos reímos tanto, incluso de los boludos que quieren jugar a ganar, los que se pican, y los que quieren revivir los partidos dizque épicos de cuando niños.


7. Durante varios años jugué pichangas con amigos de la casa. Hasta que luego de centenas de partidos, me di cuenta –de pronto– que acabar el juego era similar a que terminase un encanto: ya no los soportaba, les notaba imbéciles, sin nada que decir aparte del fútbol y Street Fighter, y en esos años no sabía nada de eso. Hoy sé algo de juegos de pelea. Acabé alejándome para siempre de ellos, y sé que siguieron jugando, hasta bien grandes.


8. Fui al partido en que la selección clasificó a Francia ’98. Fue justamente el día de mi cumpleaños en 1997. No recuerdo qué pensé, ni cómo la pasé. Fui con el tío con que fuimos muchas veces al estadio, a muchos y distintos encuentros. No me sentí privilegiado por tener un ticket que muchos codiciaban, era simplemente un regalo de cumpleaños.


9. José Luis Gómez venía corriendo solo con la pelota, en un partido sin importancia. Venía solo, sin nadie en su horizonte más que el arquero, y entonces José Luis Gómez se arrastra por el piso duro, gira sobre sí, y cae llorando con el brazo quebrado. Uno de esos momentos en que duele el estómago de tanto reír.


10. Ahora lo mismo. Televisión peor que de costumbre. Conversaciones de almuerzo, en el metro, de radio. Cambios en los horarios de trabajo por los partidos. No ver los mismos, porque no importan en absoluto, porque créense tan críticos y caen redondos como la pelota que idolatran. Mejor, que nunca más reclamen por nada, si se comen este bolo de un solo bocado.


11. Todo se resume en banalidad e identificación primaria. Espectáculo vacuo y representatividad fantasma.

martes, 4 de mayo de 2010

No hay cambio, sólo mistificación de lo-mismo

jueves, 11 de marzo de 2010

Mesura

Hace unas semanas en la Feria del Libro Usado estoy parado revisando los cajones de libros a mil pesos. Una tipa al lado se excita encontrando Los altísimos de Hugo Correa. La maldigo entre dientes viéndola alejarse con su nueva joya, que por lo menos, parece apreciar. En las mismas cajas me topo con El caos de Juan Rodolfo Wilcock. Recordaba en esos momento un cuento suyo, que venía en la Antología de literatura fantástica, «Los donguis», y poco más: sólo una referencia halagüeña a La sinagoga de los iconoclastas, además de su excelente título. Dejo los pies en la Feria. Encuentro otro ejemplar de Los altísimos, pero es primera edición y su precio es prohibitivo. Reconozco en el vendedor a Sergio Fritz Roa, un antiguo conocido con el que compartimos material de Lovecraft muchos años ha.
En la noche, sin éxito, busco la entrada para Wilcock en la Enciclopedia de autores latinoamericanos de Aira. Qué extraño que ni le mencione, es del tipo de omisiones que sufren los tipos como Papini pienso. Entonces voy a la Antología, y confirmo a «Los donguis» allí incluidos. Aunque en toda antología deberían estar incluidos otros cuentos de Wilcock. Partiendo por El caos: «Desde muy chico me atrajo la filosofía. Debo confesar que padezco de algunos impedimentos físicos», frase que según me dicen ha marcado a varios argentinos con tendencia a la literatosis.

No dejo de pensar en la transición entre cuento y cuento. Me ha dado a pensar la misma nebulosa transición entre sus cuentos. Leer un volumen de cuentos como si de una novela se tratase, o como esos capítulos de sitcom en el que la linealidad de sucesos no importa mucho, puesto que al final del capítulo todo acaba tal como empezó. Así, «Diálogos con el portero» funciona como una caja infinita. Unas cuantas páginas de una conversación con un portero romano, con decenas de ideas para relatos, anécdotas y demases. O «La casa» donde a través de un velo nostálgico por el pasado del inmueble, se atisba el eco de todas las historias que alguna vez allí ocurrieron: «cuando Emilia era joven y sus padres vivían y el cordobés sádico que un día la perseguiría desnuda a latigazos (…) no le había sido presentado todavía y tal vez por eso las adelfas y los jazmines florecían puntualmente en un clima ideal.»

Hay en El caos un paseo maravilloso, preciosista y detallado por todas las formas en las que los cuentos emergen, se hacen letra. Y por sus variados temas. Pensar: ésta es una antología antes que un volumen uniforme de cuentos. Aunque bien pensado, todo libro de cuentos es antología: cada uno funciona a ritmos y velocidades diferentes, donde se siente los bajones y al final se le puede reprochar al autor por tal o cual relato.
El cuento que da título al volumen es una versión resumida pero no menos brillante del Cándido, si se considera la salvedad de su final disparatado y por ello emparentado directamente con «Casandra», que a su vez tira líneas con los devaneos borgeanos respecto al orden de la realidad íntimamente incubado en el azar («La lotería de Babilonia» sin ir lejos). Una realidad, o un orden de las cosas que está trastocado en detalles, en los bordes de lo común donde se muestran no sus trizaduras sino otras formas de cerrar los ángulos —por decir algo, algo muy alejado de lo que ocurre luego de leer «La fiesta de los enanos» o «La engañosa», porque uno no tiene a enanos como quien tiene perros, ni se encuentra a mujer alguna con rasgos demoníacos bajo las enaguas…

Hay un paseo que es un fresco, una pintura del paisaje nocturno de una ciudad en «La noche de Aix», y que a la vez es una fenomenología del pensamiento de un hombre solo en medio de un paraje desconocido. Reconozco sus formulaciones, me identifico con sus pasos, con su remolón alejamiento del frío y la intemperie, sin darle mucha importancia. Para acabar en su hotel, quedándose dormido con las primeras luces del día, con esa noche para siempre dentro de él. Un cuento que perfectamente pudo no haberse escrito. No hay necesidad de relatarlo, puesto que hay decenas y probablemente todas con mayores incidentes memorables que esta noche en Aix: «Y esa certeza suya de que nadie en el futuro comprendería su experiencia, ni siquiera se interesaría en ella, constituía la mejor confirmación de la esencia misma de la experiencia, que era la soledad.» Como si Wilcock hablase no de una noche a la intemperie, sino del escribir mismo, que visto como lo vería Bolaño, no sería otra cosa que vivir con las estrellas como techo, huyendo  de la luz de la luna (o entregándose), confirmando en cada paso que no hay verdaderas necesidades por parte de nadie de interesarse o siquiera leer (leer no implica interés alguno, claro) lo que otro ha formulado. Basta la propia experiencia para sentirse (auto) satisfecho respecto al fenómeno de la existencia, entonces ¿para qué volcar tiempo y dedicación por relatos propiamente ajenos?

Wilcock se fue de Argentina sin que le lloraran. Parece que es el destino por estos lares. ¿Habrá gritado que mataran a alguien cuando partía, como Gombrowicz? (De seguro nada contra Borges ni sus cofrades de los cuales fue amigo). Y se quedó en Italia. Quizás conoció a Papini, pero no por persona porque uno murió el año anterior a que el otro llegase a su país. Escribió y publicó en aquella lengua, y se olvidó como tantos otros, de la primera. Fue gran amigo de Queneau. Quizás por allí conoció a Vian, o a Perec. Creo que debe haber jugado asiduamente al ajedrez también. Fumaba. Y escribió un relato que leí una noche, una semana luego de adquirir este volumen. Cuando lo acabo, sé de pronto que es el mejor cuento que he leído en mi vida. Y se me olvida la Historia de la literatura, y mi historia con la literatura, y no hay más que «Hundimiento», porque tengo la certeza que es el mejor cuento que he leído. Y aunque dentro del furor sé que no es el mejor cuento que leeré en todo lo que de vida me resta, sé que es, hasta el momento, el mejor —porque algo de mesura aún guardo incluso en medio de éxtasis estéticos.