martes, 16 de junio de 2009

Buenos Aires 2011

1. Es una pequeña burla que Buenos Aires sea la capital del libro de 2011 según la Unesco, y que la cámara del libro de esa ciudad esté tan empeñada en hundir la difusión de textos y autores —querámoslo o no— importantísimos para la última centuria. Así, Horacio Potel, abrió los textos de Nietzsche, Heidegger y Derrida desde 1999, y a principios de este año la Cámara del Libro argentina ha puesto una demanda en su contra, contra su sitio y la difusión de tales ideas. Con poco que hacer antes de la resolución judicial, Potel desmanteló sus sitios excepto el de Nietzsche, porque ya se contaban más de 70 años desde su muerte, ergo, los cerdos ya no podían sacarle más dinero apelando a sus dizque derechos de autor. Cosa que no ocurrió con Derrida, motivo por el que la embajada francesa inició los procesos contra tales sitios. Parece que el poder no se la puede con las células que se mueven contra corriente. Hay manchas que no pueden ser removidas sin que la tela se rasgue. Demostración dolorosa de que el sistema (socio/político/económico) no se la puede con la individualidad más que incorporándola como ‘diversidad’ por medio de la operación de la tolerancia, y nunca como diferencia real y activa por parte de sus usuarios. Aún la industria del entretenimiento no le toma el peso corporativamente a las formas nacientes de intercambio de datos. Aún no se hacen preguntas fundamentales sobre el lugar que sus productos tienen entre sus consumidores, ni mucho menos sobre el lugar que han contribuido a crear en sus décadas de trabajo febril. Quizás únicamente haya que mencionar que en el juicio en Suecia contra el sitio The Pirate Bay, los abogados de las multinacionales del disco y cine, no pudieron (ni supieron) explicar el método por el cual ese sitio permitía la descarga gratuita de contenido protegido por el riguroso copyright.

2. ¿Qué presupone el autor en tanto creador? ¿Supone, de antemano, una negación al uso libre de tales contenidos? Digo, ¿qué limitantes tengo al usufructuar (no económicamente) de los términos definidos en mi Larousse? ¿Habré de pagar tributo sólo en el caso en que utilice esos contenidos con un beneficio económico posterior y premeditado? Pero también: ¿qué importa la apertura y publicación en la web de esos textos? Es seguro que todo estudiante de filosofía (y humanidades) de Latinoamérica pasó alguna vez por las páginas de Potel, cuando el libro estaba pedido en su biblioteca, cuando estaba apurado en un ensayo, cuando necesitaba una cita. Y en esto, quizás el origen mismo del problema: la materialidad que defiende la Cámara. Los mismos objetos defendidos con anterioridad, cuando la policía ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, en busca de los desalmados estudiantes lectores de fotocopias. Podrían estar allí los guardianes de las editoriales, cuando algún siútico pasado de copas intenta llevar a la cama a alguna ingenua lolita citándole a Foucault, sin que ella lo sepa…

3. ¿Y dónde está la diferencia cualitativa entre 15, 30 ó 70 años (o nada) para que el dominio público se pueda beneficiar de una obra? Por lo pronto ni siquiera se tiene muy claro qué sea tal ‘dominio’, porque tenerlo claro implicaría saber también qué límites y posibilidades tendría: la discusión que ninguna Cámara de Empresarios del Libro (ni del Disco ni del Cine) dará es aquella que pregunta por la necesidad a que tales obras tiendan a la apertura social, al beneficio mutuo: en la misma medida en que siendo productos culturales, no pudieron haber sido creadas por un eremita mítico.

4. El meollo se ha centrado en la utilidad que la sociedad toda puede sacar de las obras. El artista —básico, predecible y aliado con sus patrones— supone que siempre y en todo contexto ha de ser pagado con metálico la utilización de sus obras. Pero que se jodan si quieren que les pague un penique porque subo un vídeo de una fiesta familiar a Youtube, donde accidentalmente por el fondo se escucha un tema con copyright (como ha ocurrido en España); o que venga un editor a exigirme compensaciones por la lectura pública que hace Gernández de Houellebecq (grabación que sí existe).

5. De partida ignoran los dueños de la cultura, que la circulación libre de contenidos ha sido un motor importantísimo del desarrollo de sus propios negocios, como antecedente histórico y germen de combinaciones y discusiones siempre saludables. Pero da lo mismo que lo sepan. En el fondo tampoco importa mucho que sus negocios se vengan abajo, porque si lo hacen será únicamente por tacañería y porfía intelectual, puesto que para nadie es secreto que el modelo de negocios de las disqueras (por lo pronto) ha de cambiar radicalmente so pena de extinguirse rápidamente: los grandes beneficios no vienen por la venta de los objetos-discos, sino por las entradas a conciertos; la descarga digital de música no atentará contra los artistas, pero sí contra las máquinas corporativas que les soportaban en la antigüedad (10 años atrás solamente).

6. La cochina obsesión capitalista por las cosas como ob-jetos que dan personalidad. Por eso quizás la Argentina (ni el resto del mundo) no sobrevive a la visión de todos los libros de Aira que propone Idez. Porque tener el libro-en-sí nunca será lo mismo que las fotocopias ajadas o incluso anilladas y con tapitas plásticas, en la medida que no se siente como un libro, ni con su peso ni con su textura. De ahí que sea un signo de los tiempos que una vez lanzado el lector de libros digitales Kindle (de Amazon) aparecieran productos accesorios muy peculiares: un spray que promete darle el olor de los libros reales a la máquina portátil…

7. Idiotez máxima del empresariado global: nada superará nunca el olor ni el peso de un libro, del fetiche intelectualoide por ese objeto puesto en la repisa. Ningún emepetrés mantendrá a raya una obsesión melómana. No por bajarme un jpg de Rembrandt seré objeto de encarcelamiento. Ni acepto —digan lo que digan—, que por duplicar una película estoy a la altura de un empresario promedio o un desmantelador de autos.

8. Fin del “autor” como desfase de la idea de “autoría”. Desfase entre la idea de autoría como propiedad. Separación que habrá de llevar al autor al evidente provecho por su trabajo, pero también al resto, a aprovecharlo libremente bajo las condiciones que el autor inteligente dicte: básicamente, divulgación perpetua entre distintos formatos de almacenamiento y tipos de presentación; reconocimiento de la autoría en tanto firma, e imposibilidad de utilización para fines de lucro. O ya de plano, la donación total de la obra creada, sin límite alguno a su utilización: la licencia Creative Commons Zero.

9. ¿Y si ya no se pudiese celebrar un gol como lo hacía Marcelo Salas? El colmo representado por los abogados de Los Simpsons, impidiendo que el abuelo Abe «cante bajo la lluvia» por los derechos implicados.

jueves, 11 de junio de 2009

Imponderables

La portada del número 11 de Watchmen —El fin del concierto de Nine Inch Nails en Shile —La semilla de Sri Lanka que puesta en agua hirviendo produce flores que forman un canastillo 10 ó 20 veces más grande que su humilde inicio —¿Cuál es la página en que salen referencias de todas las películas del universo?, me pregunta R. —Las torres de la refinería de Ventanas (envueltas en vapor y luces) vistas desde Quintero una noche de aceleración de partículas —Los murales de Valparaíso donde los animales son hechos a partir de máquinas en blanco y negro —La llanura abierta y extensa de Borges, dice Carlos. —Quiero un abismo, espirales, quiero un abismo simétrico donde la mirada se pierda y confunda con la que él devolverá —in a world that’s full of shit and gasoline canta Josh Homme — las lágrimas provocadas por un prólogo de James Ellroy o por el cuento Lección de dibujo de José Gai — Kubrik sobre 2001: quería crear una experiencia visual — Visiones del desierto que tienen más que ver con la ignorancia que con la arena — O world! O life! O time!, se lamenta Shelley — Qué horrible es esta tierra, que provoca tanta extrañeza, que provoca decir que a uno le apena hasta el aburrimiento, que es lo mismo que decir: hasta que la pena se convierta en una manera de respirar, lo que es lo mismo que decir: que no se siente en absoluto — La escritura de Aira como promesa tendida en un descampado en las afueras de cualquier población periférica. Potencia del sinsentido. Y todo estalla — La hora cero de la literatura — La primicia de lo inexistente: la espera de lo que nunca vendrá, o si se viene ni se nota — La carta que se le puede escribir a un muerto, lo que sería como una carta robada al tiempo, y del mismo modo, tan absurdo como escribirle una carta a la hija que nunca llegará — Al fondo del pasillo, esa imprenta que nunca deja de rasgar papel de lija, imprimiendo una biografía sumaria de una vida cualquiera: el relato de los días lunes miércoles y viernes exclusivamente, pero sin contarlo.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Los invisibles

La desaparición ha de ser la mejor forma de constatar la presencia negada.


Habría que imaginar una constante en la producción de obras: la emergencia fortuita de la musa. O pensar radicalmente en la figura de la Musa puesta en el mismo lugar que al del esforzado trabajo del amanuense literario. Dicho de otro modo: el que sufre escribiendo o bien está siendo irónico o es que simplemente no tiene más que escribir.


Sólo hay explosiones de genialidad. De manera espontánea. Del mismo modo en que en cada generación humana sólo un puñado resultará decisivo, a pesar de que nunca podamos predecir dónde y cómo surgirán.


O también, torcer el recurso y pensar a las ya piedras de toque de otro modo. La Fenomenología del espíritu como una novela de ciencia ficción chamánica con tintes existencialistas y new age. Y la Metafísica como los apuntes de un rapsoda esquizofrénico.


Quizás de ahí el desencanto de Rulfo, y de toda la caterva que desfila por Bartleby y compañía de Vila-Matas. Vino la Musa, hizo lo suyo, y luego se fue. Apareció ese texto y poseyó al médium que la puso en papel, y luego, del mismo modo que llegó se fue. No por nada ese proceso es descrito en 2666 como una posesión, dizque demoníaca. Algo fuera del escritor toma control de su cuerpo, y la escritura nunca es propia sino de esa Musa, que quizás no sea más que un cementerio de bolsillo de los escritores caídos.


Si y sólo si es cierto que los escritores actuales lo que buscan es ‘reconocimiento’, entonces ahora ya nadie más quiere desaparecer. Y el acto del ghostwriter son sólo desesperados garrotazos tendiendo hacia la superficie de las becas los premios los mecenas. Nadie querría escribir una gran obra y que su nombre no traspase el umbral de la muerte junto con ella.


Perinola (en Parménides del insoportable Aira) es contratado por, Parménides. Sí. El mismito de la dos vías de conocimiento y la doxa y la aletheia y las yeguas que llevan el carro. Da lo mismo lo que pasa en las pocas páginas de la novela. Importa la escritura del estudiado poema atribuido a Parménides. Pero escrito, en un rapto, por su escritor a contrata Perinola. Pasa una década sin que escriba nada, porque Parménides quiere escribir un libro Sobre la naturaleza pero no sabe qué poner, y Perinola no sabe qué hacer ante la incertidumbre. Y nadie escribe, pero todos hablan y el tiempo pasa.


Las cloacas de la historia han de estar llenas de fantasmas con otro cuerpo. Y Perinola lo intuye, digamos que supone que su oficio es el punto de partida para otros similares en el futuro: famosillos, empresarios, que queriendo escribir pero no sabiendo cómo contratarán servicios idénticos. Y en este caso es peor, porque Parménides ni siquiera sabe qué escribir. En rigor sí lo sabe, pero no se puede escribir peri physis así como así, sin imaginar el Aleph o el Uno de pasadita.


Casi me saltan las lágrimas de la risa que me provoca Aira. Una vez más. Reconozco los parafraseos del poemita de Parménides en su novela. Perinola escribe los hexámetros desde el centro hacia fuera, y se da cuenta que la misma forma de su escritura le da contenido al texto: va construyendo ya teniendo el núcleo. Y se ríe, se ríe de lo evidente que es afirmar que el ser es y el no ser no es, pero nota que adquieren un tono tan denso y misterioso con la versificación que omitirlo sería un crimen.


Y uno que se quemó las pestañas y fundió unas miles de neuronas en primer año de filosofía.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Ellroy

Algo hay que decir sobre Ellroy. O mejor dicho, sobre el asesinato de su madre y Ellroy. De cómo la sangre da de distintos modos la vida, de que las vísceras de la madre no únicamente significan vida biológica y útero calentito, sino también que la sangre derramada en la acera puede hacer vivir de otro modo. Otras frecuencias de la existencia. La de James Ellroy en la órbita de dos asesinatos sin culpables.

Hay que relatar el horror del asesinato impune. Tal como también lo hace Alan Moore y Eddie Campbell en From Hell. Y Ellroy en La Dalia Negra y Mis rincones oscuros. Pero a Moore poco le importan los asesinatos de Withechapel en 1888 más que como recursos narrativos, como acelerantes para su trabajo. No como a Ellroy que de verdad le importan, le significan sufrimiento y haber salido de la cáscara.

No es posible hablar de uno mismo queriendo abarcarlo todo. Quizás sea necesario elegir un tópico, o un eje sobre el que comenzar a escribir: algo como un antes y un después de… O imaginar la propia vida como una novela, una novela negra, comedia, un drama de época, un roman à clef, o lo que sea. O apenas un cuento. O quizás un verso.

Lo más acertado que se puede decir sobre esta autobiografía ya fue escrito: «memorias que surgen directamente del infierno… Ellroy es capaz de bailar la conga mientras el abismo le devuelve la mirada»