domingo, 13 de septiembre de 2009

La ciudad en viñetas

La ciudad ahora es como un plano de mis humillaciones y fracasos

Jorge Luis Borges, «Buenos Aires»

Releo From Hell de Alan Moore (con Eddie Campbell dibujando), y vuelvo a la sorpresa de Londres, en su secreta simbología develada. Entonces releo pasajes de Watchmen (con Dave Gibbons dibujando) y ahí están los muros de NY con los grafittis que se preguntan quién vigila a los vigilantes, con la cara de Nixon ridiculizada, las pinturas murales recibiendo a Vietnam como el estado 51, los rayados con las siluetas de los amantes abrazados, quizá copulando. Han de existir ciertas líneas de poder que atan las cosas, las cosas como sucesos o como objetos, líneas que hacen a los objetos ocurrir. Y objetos literarios que configuran sitios, identificables luego geográficamente. No imagino Rusia sino desde la letra de Gogol; cuando pequeño veía las calles de Santiago con densa neblina y era Londres acosada por Jack el Destripador; Providence es Lovecraft, el mar es de Melville, y el Buenos Aires barriobajero de Arlt.


Alan Moore (ahora chamán) se ha desmarcado sistemáticamente de recibir el más mínimo crédito de cada una de las películas basadas en sus obras —y no únicamente porque tales royalties pertenezcan a editoriales. Lo hizo con The League of Extraordinary Gentleman, From Hell, V for Vendetta y este año con Watchmen. No es el momento para explayarse en sus profundas y certeras críticas, pero baste decir que en The League el protagonista no consume drogas (cosa que en el comic sí hace, por variados motivos) porque Sean Connery se negó a interpretar a un yonqui; Johnny Deep interpreta a un policía maníaco y drogadicto tras Jack el Destripador en la versión cinematográfica de From Hell, y en el monumental libro el comisario Abberline está en el exacto opuesto, y Vendetta apenas nombra el anarquismo de su obra original y no aparece el episodio psicodélico que lleva al desenlace del argumento.


Hay que tomar Watchmen y From Hell en las ciudades que representan, New York a mediados de los ’80 y Londres en 1888, respectivamente. Watchmen supone un mundo en el que los héroes enmascarados tienen larga data, conviven con la policía regular, pero ya han sido ilegalizados por el segundo gobierno de Nixon: realidad diacrónica en la que EE.UU. ganó en Vietnam, no existió escándalo Watergate, y en la que un ser conocido como Dr. Manhattan es el garante de la paz mundial en la extensa Guerra Fría. (El tal Doctor alguna vez fue humano, un físico desintegrado por accidente dentro de una cámara que separaba la gravedad de sus objetos. Ahora es azul y puede alterar la materia a su antojo. Es la clase de SUPER héroes que se quieren siempre, uno que se teletransporta a Marte a meditar.)

Watchmen inicia con la muerte de El Comediante, prócer enmascarado al servicio del gobierno, uno de los pilares junto a Dr. Manhattan de la victoria en Vietnam. Otro enmascarado, Rorschach (el outsider, el extremista moral, el fascista, el loco) investiga. Todo es raro. NY es un pozo séptico en su relato, y tras los ojos de Walter Kovacs que cuando usa su máscara de Rorschach la ve peor, más sucia y perdida. «Esta ciudad es una bestia fiera y complicada. Para entenderla leo en sus secreciones, sus olores, el movimiento de sus parásitos» (1), dice Kovacs mientras ve cómo dibujan en la pared frente al Gunga Diner a la pareja de amantes. La pura silueta post nuclear. Por ahí Bisama dijo que le gustaba esa ciudad, o por lo menos, una ciudad en cuyas paredes se escribiera ese abrazo. O la ciudad y sus muros contando la historia real, algo así como la Historia, como lo que muestra de Londres Gull al analfabeto Netley en From Hell. El mito, la historia y el secreto bajo todas las calles, su arquitectura dionisiaca, y sus obeliscos falo-logocentristas. Como si nos llevasen por todo Santiago buscando las solitarias siluetas que Grin ha dejado, buscando las firmas de bronce en las fachadas de los edificios de Kulczewski, descubriendo los pequeños mosaicos de cerámica en los postes de cemento. Y luego, cuando la viñeta apunta a Bernard el vendedor de periódicos, a lo lejos se ve venir a los niños en sus disfraces de Halloween. Y luego, a Kovacs acercarse a su “correo privado” buscando alguna noticia que Jacobi le hubiese dejado: las paredes empujando a los sujetos, que provocan sucesos que páginas adelante tendrán lugar, aunque ellos ni lo sepan, tan perdidos están en sus vidas y en el miedo de la guerra nuclear que se espera estalle en cualquier momento.


Moore y la ciudad. El Londres de From Hell (fines del siglo XIX) no es un contrapunto al de V for Vendetta (fines del siglo XX), al contrario, y Moore lo dice clarito: «La idea de que la década de 1880 contiene la esencia del siglo XX, unida a la noción hermana de que los crímenes de Whitechapel contienen la esencia de los años 1880, es una idea central». En ese eje se mueve cuando en Vendetta imagina a un Londres hipervigilado, con ojos mecánicos grabando todo en video, adelantándose un par de décadas a esa realidad: hoy Londres es la ciudad con más cámaras de seguridad del mundo. En ambos casos, los protagonistas hacen lo propio, y la ciudad es su tablero de juego. Se puede adivinar a V saltando por los tejados sincronizando su música con las explosiones. La línea de la espiral que une invisiblemente a Jack con Guy Fawkes. Gull considera sus asesinatos como otro símbolo que se sumará al símbolo mismo que es la arquitectura secreta, aunque pública, de Londres, como un ritual mágico contra el poderío primigenio matriarcal, contra su insubordinación. Londres así visto, está hecha en la insinuación al inconsciente, Sir William Gull lo sabe, y le revela a su ignorante cochero el patrón, las líneas. Tal que un mapa temporal indicase los sitios de interés turístico, sólo posible de leer por quienes comprenden la estructura de esa espiral, hacia dónde tiende. Londres se construye sobre calaveras, erige simbólicamente su falo alabando la supremacía solar queriendo con ella aplacar el poder maternal, fuerza primigenia y esclavizante. Para Gull hay que saber bien leer los mapas de las ciudades, no para saber cómo llegar sino para saber qué significan tales trozos marmóreos en tal específica configuración: «Los mapas tienen poder: pueden conllevar todo un conocimiento más allá de lo imaginable si se interpretan bien. En las piedras de esta ciudad hay símbolos codificados lo suficientemente estruendosos como para despertar a los dioses dormidos que están sumergidos bajo el lecho oceánico de nuestros sueños…» (2).


La potencia de los lugares. Los druidas, nos informa Gull, creían que el sufrimiento impregnaba a un lugar de poder, con la sangre de sus sacrificios. Sitios llenos de terror y muerte que quedan potenciados por siempre. Tal que el cemento y los pavimentos guardasen todo lo que ha ocurrido en cada esquina, en cada avenida, en todos los callejones. La historia privada de las pequeñeces humanas, tan mínimas como sus construcciones.

El final mismo de Watchmen muestra a NY como un campo de batalla luego de ella, con todos los perdedores muertos tirados tal cómo la muerte los encontró. El Madison Square Garden es una mancha de sangre, y varios millones han muerto. La ciudad se ha empoderado por el sacrificio inconciente de esos fallecidos mientras en la antártica, el artífice de esta carnicería se regocija pensando en el esplendoroso futuro al que la humanidad avanza. Y las líneas subterráneas que unen Londres quedan empapadas por la sangre de las prostitutas asesinadas.

La ciudad en viñetas. Han dicho que quizás el comic no necesitaba del trabajo de Moore, esto es, de la presión a sus límites y estructura, de su dizque maduración hasta hacer del comic la «novela gráfica». Visto en términos de necesidad tampoco la caricatura más tradicional es necesaria en absoluto. La Monroe a cuatro colores, el surrealismo ni las pinturas rupestres son necesarias. Pero no es tampoco que se descoloque el mundo por sumar capas argumentales a un relato, porque en el fondo todo sigue igual. Pero tal como la señalética psíquica de las ciudades pueden afectar la mente humana, el ‘arte’ también lo puede hacer, de distintas maneras: las escenas que propone Lynch tanto como el despelote de Ubú. From Hell insinúa caminos, susurra conspiraciones distintas a las allí leídas, como el informante del informante que mantuvo a Moore y Campbell cautivos en Whitechapel por once años. Y en el fondo da lo mismo que haya sido creada, pero tal como el falso vidente —que descubre la identidad de Jack— dijo: «Me lo inventé todo, y acabó resultando cierto de todos modos. Eso es lo más divertido».


Notas:

(1). «This city is an animal, fierce and complicated. To understand it I read its droppings, its scents, the movement of its parasites». Watchmen, V, 11, 8.

(2). «Maps have POTENCY; may yield a wealth of knowledge past imagining if properly divined. Encoded in this city’s stones are symbols thunderous enough to rouse the sleeping Gods submerged beneath the sea-bed of our dreams». From Hell, IV, 19, 5.

martes, 25 de agosto de 2009

Imagen de RF

Imagino tu vida como una versión sangrienta de Seinfeld, o sea casi como Curve Your Enthusiasm, pero con esos toques intelectualoides de Gilmore Girls, pero sin su mamonería romántica (a veces sí, pero pasados por limón), ni menos con los estereotipos de Dawson’s Creek (a veces sí, pero pasados por vino y ganja).

Imagino ver en la tele la escena en que el protagonista entra a su departamento, mira a su compañero beber con otro tipo y le dice: “A veces quisiera que estuvieras con una chica” [RISAS].

O también, como la cíclica cotidianidad de Bill Murray en El día de la marmota. Aunque a veces, lo intuyo, estás como Murray cuando graba su spot de whisky en Lost in Translation.

Aunque a ti te gustaría estar siempre gloomy como dice ser Harvey Pekar a su esposa, en esas escenas de documental que incluye American Splendor. O con todas las enfermedades de Philip Seymour Hoffman en Sinecdoque, New York, que te pondrían en un vórtice esquizofrénico, entre la espada y la pared como se dice, pero no por ello harías algo como escribir más o decidirte a escribir la novela que aún está en bosquejos: “¿Quién ha escrito la gran obra sobre el inmenso esfuerzo requerido para no crear nada?”, y entonces tú le responderías al pendejo de Slacker: “¡Vila-Matas po conchetumadre!”. Y reflexionarías en voz alta sobre la escritura no lineal, o su imposibilidad, o la imposibilidad de la lectura lineal, pero sólo durante unos minutos en voz alta, hasta que te das cuenta que nadie te escucha y bajas la voz hasta que el murmullo mismo se interioriza y el monólogo continúa por dentro.

Imagino la escena en que Betania (algo así como su Elaine Benes) le pide el correo a una compañera del taller de poesía, y tú dices: “Y qué, si nadie quiere ser tu amigo”. Y una exclamación de “uuuuhhh, la cagaste” del público mientras pasa por la pantalla tu explicación a esa pachotada, la evidencia de que tú también quieres ese correo, y que sólo dijiste eso para molestar, en el extraño humor muerto del protagonista [AAAHHH cariñoso del público].

El fanatismo por el fútbol tiene mucho de telúrico, en tu caso. Y debe haber también algo de esos fanáticos de fútbol inglés, que no piensan mucho en lo que hacen cuando saltan por un gol. Pero que lo racionalizan como buenos ingleses que son. Y entonces eso hace que el protagonista de esta sitcom pueda ir al estadio pensando en el porvenir de la poesía eléctrica (o en su pasado), que celebre un gol con su padre maldiciendo el grabador de DVD que no funciona, o descubra que Curicó existe en su completud en un patio arrabalero donde los viejos se juntan a tomar cerveza.

Una situación que se espera para la próxima temporada: el protagonista conoce a los tipos de “mal vivir” como dice su abuela, que habitan la casa del frente en Curicó. Y toman vino, y se embriagan mientras realizan sublimes cadáveres exquisitos.

Dicen que el protagonista es similar al actor. Tal que Jerry Seinfeld era sí mismo en su serie (¿cómo si no?). Una vez le vi en el metro, con un gorro de cazador como el de Ignatius Reilly, de esos con orejeras, todo forrado en chiporro. Unas calcetas chilotas saliendo de sus zapatillas y cubriendo el pantalón de buzo roído. Quizás hasta tenga esas “bolsas de olor” de Pekar. Pero yo sé que las tiene de antes de siquiera tener noticia de él. A veces parece un mendigo, pero su rostro lo delata y no sería apropiado tirarle una moneda, básicamente porque no tiene jarro metálico donde caer.

jueves, 20 de agosto de 2009

Descuidos remediados

Juguetes perdidos: Un Transformer Decepticon recién regalado. Uno que mutaba en avión, de color rojo. Un idiota lo tiró al aire pensando que volaría por sí solo. Cayó entre unos arbustos y nunca más lo vi. Quizás el mismo imbécil hizo eso como maniobra distractiva para robarlo. Quiera dios que el sinvergüenza haya pagado.

Libros perdidos: El león, la bruja y el ropero en una edición única: el lomo dice que es Cuentos chilenos para niños. Se perdió por culpa de mi madre que me insistía tanto para que le prestase libros a sus putas compañeras de trabajo que no podían (o querían) comprarles libros a sus hijos. Hace una semana vi la misma edición, con el mismo error en su lomo. Lo abrí queriendo que fuese el mío, pero no: no estaba el timbre con mi nombre.

Juguetes perdidos: una máquina cuyo tamaño hoy resulta excesivo, poco más de una palma adulta, en que únicamente se jugaba Tetris e innumerables variantes, siempre con los bloques. Quedó sobre el asiento al lado de la ventana en el bus que me dejaba frente a la casa de mis abuelos paternos, de cuando ellos vivían en Santiago en la calle Curitiva. El bolsillo era muy amplio.

Libros perdidos: la primera (y única) edición que tuve de Fahrenheit 451. Ahora yo timé a mi madre, que de vez en cuando me preguntaba dónde estaría ese libro. Siempre le sacaba en cara su dadivosa colaboración para con la educación de los hijos de sus compañeras de trabajo, pero la verdad es que ese libro yo lo había vendido junto con otros. No sé para qué. Intuyo que fue para comprar casetes.

Juguetes perdidos: un pequeño muñequito de G.I. Joe, o quizás una imitación comprada en la feria dominical. Fuimos con mi abuelo a visitar a uno de mis tíos. Era invierno y/o hacía frío. Me subí a un juego de plaza —de los que parecen cúpulas metálicas—, di una vuelta completa entre los tubos quedando de cabeza, y nuevamente el bolsillo del buzo me jugó una mala pasada.

Libros perdidos: Una mochila fue robada a un estudiante de filosofía que dormía una borrachera. Al parecer, el terrorista sacó sutilmente la mochila del regazo del estudiante dormido, éste despierta y le increpa pero demasiado tarde, el tipo ya se había ido con la mochila con Ser y tiempo y otros más. Con Gernández llamamos a este delincuente, “el ladrón fenomenológico”.

«Debí haber sido más cuidadoso cuando chico» pienso respecto a los Transformers que perdí, en esos años nebulosos entre la niñez y la adolescencia. De esa época sólo me queda uno, al que yo le llamo “Willie”. Hace poco compré la versión actual revisitada del mismo. Se transforman siguiendo el mismo patrón que el antiguo de 1985. He remediado el poco cuidado con los juguetes con otros juguetes, los de ahora. No por nada tengo a una figura de Bobba Fett cuidando los ejemplares de mi biblioteca. Son objetos que mantienen una relación estrecha con mi pasado, y unos cuántos, con mi futuro inmediato. Se quedan llenos de polvo, se acaban y se leen, quedan prendados entre la frágil tela de esta memoria, y luego se mezclan con otros formando argumentos tetradimensionales y con colores desconocidos, paisajes ya idos. Hojas quemadas. Y mi biblioteca es un mausoleo.

lunes, 17 de agosto de 2009

La realidad está acá dentro

Uno hasta podría pensar que la ficción se mete en la realidad, al modo en que Tlön acaba suplantando la aburrida realidad. Pero no, doy apenas dos ejemplos —que únicamente son tales teniendo en mente a Aira:

1. Justo antes de quedarme dormido, presentan en un estelar de televisión a un ex animador de programas infantiles, que ahora ha cambiado de rumbo y regenta una clínica para solucionar problemas de convivencia familiar. Mientras cierro los ojos imagino que tal escena cabría perfectamente en alguna novela de Aira: la exaltación de la familia, los recuerdos del añejo programa infantil, con un “yo lo veía de niño” a coro de todos los demás invitados, etc. Cosa que ha de haber ocurrido.

2. Gernández me llama a primera hora para saber si leí un titular de El Mercurio. Le aclaro que hago lo posible por no leer mentiras. Pero lo hago cuando en la web leo: “Atentados contra centros deportivos Sportlife y Balthus: Dos bombas de la misma factura estremecieron anoche a concurridos gimnasios de Las Condes y Vitacura”. Y entonces pienso que esto no es más que la primera manifestación pública de la guerra de los gimnasios que ya hace rato comenzó. Y nosotros ni sabíamos. Guerra que indefectiblemente acabará con la desaparición de el Chile. Aunque Playmobil Hipotético cree que estos bombazos también pueden presagiar la reedición de todas las novelas de Aira, y la guerra entre sus distintos editores. Yo creo que con tal reedición se acaba de una vez el Amazonas.

Se pueden tener reparos incluso estéticos para con Aira. Hay a quienes les aburre de plano. Otros a los que sus finales ponen rojos de ira. Y otros —los peores— que le toman en serio cada una de sus zafarranchos lógicos. Les apoyo a todos, excepto a los aburridos. Pero lo que no se puede hacer, es criticar a la realidad de aburrida, ilógica o “fea”. Porque eso implica un proceso imposible: quitarle el apoyo a lo que base de todo, incluso de esas opiniones en su contra. Petitio principii.

La realidad es muchísimo más compleja que la más celebrada ficción. Ningún relato podría, ni de lejos, acercarse a la trama de lo cotidiano. Quizás por eso mismo la mejor representación de la realidad se haya dado en las variantes del teatro de lo absurdo, la patafísica o el dadaísmo.


A pesar de todas las evidencias (mediáticas todas, es decir, modernas y por lo tanto indignas de confianza), no existe el Área 51 ni el tinglado de los banqueros judíos controlando el mundo desde las sombras. The Mindscape of Alan Moore no puede ser más claro: los teóricos de la conspiración creen en sus ideas, no por la evidencia que de ellas tienen, sino porque es tranquilizador concebir un mundo tal. Pero, continua Moore, la terrible verdad es que no existe conspiración alguna, que la existencia es completamente caótica y que nadie puede controlarla*. Y a la escena siguiente, Rorschach recordando que no es dios el que mata a los niños ni provoca las tragedias, sino que somos nosotros y que, desde siempre y por siempre, estamos solos.


(*). "The main thing that I learned about conspiracy theory is that conspiracy theorists actually believe in a conspiracy because that is more comforting. The truth of the world is that it is chaotic. The truth is, that it is not the Jewish banking conspiracy or the grey aliens or the 12 foot reptiloids from another dimension that is in control. The truth is far more frightening, nobody is in control. The world is rudderless..."