enero 2007
jueves, 4 de septiembre de 2008
El mausoleo
Sabemos que las demás casas están habitadas porque es lo que se supone. Es lo común y lo que nos conviene. A veces pasamos por fuera y unas sombras se deslizan por entre las cortinas, las luces de fuera se encienden sin sonido y los aspersores mojan el pavimento y el pasto. Dice mi abuela que una vez un perro se perdió, luego de varias horas en que sus amos lo buscaron, finalmente lo hallaron aullando bajito junto a un árbol. Lo llamaban por su nombre y él agachaba su cabeza arrastrando la lengua, cada vez que se le acercaban lloraba. Eso hasta que un día lo sacaron a pasear —según recomendación del veterinario— y pasaron fuera de una casa. Cuadras antes ya el perro había comenzado a tirar de su correa, a no querer avanzar. Estando frente a la casa, el hocico se le llenó de espuma, ladró y ladró, un escalofrío de horror le recorrió el espinazo para luego caer muerto. El dictamen de su médico señaló un ataque cardíaco, pero nadie más pensó igual, porque sabían en qué sector se había extraviado el perro y dónde había muerto. No sin cierta ironía, o certeza, este sector es conocido como «el mausoleo». No se necesitan más explicaciones. Camino por las calles pavimentadas de día o de noche y la única diferencia notable es la luz del sol o la luna y la que sale escupida por las ventanas con sus cortinas entreabiertas. Los muertos se sentirían a gusto comiendo los frutos de los árboles, que dejan caer sus ramas por sobre las aceras, aunque nadie se atreva a cortarlos, y menos a probarlos. ¿Qué pasa por estos lados? Podría venir alguien a explicarnos los motivos, porque ya las consecuencias nos son familiares, demasiado a mi parecer. Si alguien trasnocha, si un súbito ataque de insomnio le acosa, entonces pronto comenzará a escuchar cosas que no fueron dichas para sus oídos. Dicen que las palabras que se oyen en la madrugada han sido pronunciadas hace varios siglos, una noche bajo la luna donde mucha gente estuvo reunida alrededor de una fogata enorme: una escena primordial, quizás anticipo de lo social. La luna los ilumina con unos rayos que parecen deslizarse de sus cuerpos, que fluyen hasta el suelo y luego son absorbidos por él. El baño es completo cuando los rostros momentáneamente apuntan hacia el fuego que tienen en frente. El matiz encarnado se les pega a los ojos que quedan hipnotizados por el vaivén de las llamas que devoran troncos secos. Por los párpados se confunden ambas luces, la blanca y la roja, y hasta quizás exista allí una pequeña batalla por quién ganará el dominio del cuerpo estático, que balbucea vocablos extraños, que retan a la garganta humana por la dificultad que cualquiera tendría en reproducirlos, pero para ellos todo parece natural, casi mecánico de tan espontáneo. Me pregunto acaso existe la palabra, que escuchada pueda cambiar completamente todo, modificar absolutamente al oyente, y al momento, ella misma se diluya en la memoria, que se vaya en los infinitos recovecos en que el pasado cocina el futuro. Quizás aquí esté la prueba de que una palabra tal sí existe, o una suma de ellas, o de la sencilla impresión de horror que puedan provocar ser oídas sin aviso previo, pero más aún, sin ninguna pista sobre su origen y su significado. Cuando esos antiguos miran el fuego lo hacen en la íntima convicción de su infinito poder, de que llegará el día (o la noche, más probable) en que las llamas lo abrasen todo con unos brazos que no olvidarán nada, tal es el poder que ellos se figuran tiene el fuego que los agrupa. Pero mientras tanto, han de aceptar el momentáneo reinado de la luna sobre toda la tierra. Saben que esa fogata es mínima respecto a la bola amarillenta que tienen sobre sus cabezas, porque si bien la luz roja los calienta, no puede extenderse más allá de ése círculo de protección y abrigo. Pero llegará el día, pensaban ellos. Sus mismas palabras quieren decir eso, oraciones en que ponen su irremediable esperanza o su inmodificable estupidez. Quieren que el sol baje y los inunde de luz. Su cuerpo que se convierta en luz y polvo, tierra y agua, y que de todos se forme una mezcla con la que el mundo caiga y se levante. He dicho que esas palabras aún pueden ser escuchas en medio del silencio general de la noche. Justamente aquellas en que la luna manda, en que no es conveniente salir del hogar so pena de hallarse frente a un asesino al fondo de un callejón húmedo. Si se oye la primera sílaba entonces el oído exige más y más, su curiosidad se expande en la misma medida en que se le niega el objeto de su deseo, cosa común por lo demás. Cuentan del caso de un hombre que puso sus manos sobre las orejas de su hijo para impedir que oyera las palabras: sin que se diera cuenta, de pronto, sus manos estaban traspasadas por las orejas del niño, como los clavos del Salvador apuntan concisamente las viejas. Ante aquellos prodigios monstruosos poco hay por hacer, excepto una creencia férrea que impida salirse de las costumbres que aquí ya son ley. A cada insomne se le suministra una alta dosis de una hierba hedionda que las ancianas hierven en cazuelas doradas. A pesar de ello, los ataques son cada vez más frecuentes, sobre todo en la población femenina. Nadie se explica muy bien esto. Las hierbas se acaban rápidamente, y ahora comienzan a probar con otros recursos (rocas que han encontrado en la ladera sur). Las salidas luego de caído el sol están prohibidas, y aunque no hay pena por ello, bastan los antecedentes por todos conocidos para acatar la norma. El agua no puede ser bebida bajo la luz del sol, ni menos de la luna: su reflejo en la superficie es siempre perjudicial. De esto último se sigue que los espejos no sean conocidos por los jóvenes, y que sean un pésimo recuerdo entre los adultos. Hay quien pregona en distintas plazas, en el mercado, que llegará el Día de la Inversión. He querido saber a qué se refiere, pero él sólo aparece en noches de luna, y aquí nadie parece saber de su existencia ni menos del mentado día. Hay cuestiones extrañas incluso entre esta gente, que pretende protegerse de la extrañeza que dicen, está en el exterior. ¿Dónde está el afuera? No sé si estoy dentro o abajo, quisiera tener un punto de referencia para poder afirmar que éste es mi centro y que allá está el horizonte, ¿pero respecto a qué soy yo? Estoy vivo porque me puedo pensar muerto, que es lo mismo que decir que la quietud me mantiene en movimiento, constante, incesante y por ello con una cuota de eternidad, lo que me da a pensar que quizás ya sea un cadáver. ¿Dónde está el afuera de mí? Hay un torbellino girando en algún lado, y quizás en ese lado esté el exterior, lo que me lleva de vuelta hacia mí y con ello, a la concentración que necesito para dormirme cuanto antes. De seguro en aquella fogata primigenia, las cenizas subían formando espirales que los hombres miraban intrigados. Nada cambia, se nota. Las volutas que llevan dentro a trozos de madera carbonizada, se revuelven entre ellas para luego caer a decenas de metros más allá, o elevarse hasta fundirse en las estrellas. ¿Dónde está la historia que me soporta? Vengo de ningún lugar, avanzando hacia un punto de luz que, imagino, ha de solucionarme. Por mientras me contento en hablar, en contar lo único que me está permitido decir: el presente, el tiempo real que nunca se va, que nunca abandona porque está siempre en la renovación y el recambio por la novedad inmediata que nos arrebata suspiros que asemejan a la melancolía, pero que tienen otros significados que desconocemos. ¿Te podré contar alguna vez lo que las palabras dicen? Eso espero, y entremedio podemos soñarnos, pero sin el influjo de las letanías que quiero espantar. Los sueños provocados por las palabras oídas suelen ser premonitorios, pero que desafían la lógica temporal cotidiana. Presentan posibilidades nunca pensadas, y no por imposibles, sino porque tenemos claridad de los antecedentes que finalmente, resultaron en el presente. Es lo que se llama, otro tiempo, sueños en rigor ucrónicos, donde el tiempo no tiene lugar, porque lo único que presentan son posibilidades que ya no fueron. Parece entonces que lo único en lo que hay tiempo es en lo que de hecho, podría ocurrir, pero jamás en lo que ya no fue. Hay tiempo en la posibilidad de un unicornio, pero no lo hay en la posibilidad de un unicornio parado frente a mí mientras señalaba su posibilidad. Si se hubiese presentado el unicornio todo sería diferente, claro, pero no lo fue, y en lo que digo ya no hay tiempo. Este es otro motivo para dormirse de inmediato. Se oyen pasos por fuera de la galería. Apagados. Suelas de goma o patas de rana. O los dos quizás. A veces los reflejos en el agua acaban en mutaciones similares, en cambios repentinos de la rama animal a la que se pertenecía. O, en casos extremos, brutales intromisiones de la botánica en cuerpos de carne y hueso, que luego asemejan malezas rosadas, con hojas como uñas o raíces tal que pelos. El horror siempre está presente, pero más terrible es que todos los caminos que llevan hasta él, siempre y en todo momento, están despejados. Así, por acá, la vida es la desesperación misma. «Angustia» ha de ser el estado anímico más común, a sabiendas de que el predominante ni siquiera tiene nombre, dado su carácter aparentemente pueril, es decir, metafísico. Voy a contar una anécdota, tengo que advertirlo en este momento. A quién le haya sucedido no tiene importancia, en definitiva todo evento siempre ocurre ahora-ya y siempre a nadie, de eso me di cuenta hace tiempo cuando noté que todos sufrían por lo mismo aunque de distinta manera. Sé que aparte de los ruidos que pueden llegar a parecer palabras, aquellas que oiré en un rato más, hay también visiones que pueden llevar a la locura a quienes las vean. Nunca son cuestiones muy definidas, apenas bosquejos de objetos pero que por medio esa insinuación permiten la más amplia gama de interpretaciones. Ocurre como con las viejas que leen los fondos de sus cazuelas queriendo adivinar caracteres, temperamentos, y el pasado. A fuerza de afirmaciones evidentes por sí mismas, van sacando desde el fondo una verdad que al principio se ocultaba. ¿No sería más conveniente, id est, más práctico el poder leer el presente? Tal manejo supondría el mayor poder existente sobre la tierra. No recuerdo con precisión cuándo ocurrió esto, ni tampoco dónde, lo cual da al relato cierto tinte literario, perfectamente inverosímil y contradictorio. Sé esto, y no pongo muchas esperanzas en convencer a alguien, sea quien sea. Lo importante en todo caso, no son los detalles geográficos ni menos temporales, sino lo que el espectador intuyó estaba tras la sombra que vio. Un humo negro que se movía por entre los árboles y nada más, pero no uno que sale expulsado hacia arriba por la combustión, sino uno que se movía, como si dijésemos a voluntad. Al principio sí que parecía una humareda típica, hasta que me acerqué sin saber muy bien por qué. Quizás en otro momento hubiese salido corriendo despavorido, lo que habría sido lo más inteligente, pero no lo hice. De pronto el humo deja de elevarse, y comienza a enroscarse por entre las ramas de los árboles igualmente oscuros y enormes. Lo miro, doy un paso hacia él que toma la forma de un cono, con su sección aguda apuntándome mientras toda su cola oscilaba sin ruido alguno. Me rodea lentamente y entonces puedo ver a través de él, pero hacerlo significa verlo a él también. Imágenes sueltas y sin relación. Yo mismo jugando cuando niño. Una calle solitaria iluminada por la luz de la luna. Hormigas saliendo desde el fondo de un vaso de vidrio azul. La marea subiendo. Una montaña por la que ruedan cubos de madera. Las ratas que dominan por abajo la tierra que piso. Me pregunté de inmediato: ¿cuál es la verdadera figura de este humo? ¿Cambiará siempre y de acuerdo a quien le observe? ¿Qué es lo que lleva dentro? Soplé y quise diluirlo. Recordé a fuerza imágenes que quise ver representadas en él. Olvidé el significado que subyace en cada acto, y con ello desaparecí y me elevé. O quizás haya descendido y ahora esté en el abismo, pero no hay a quién consultar, y no tengo referencias para reconocer el abajo y el arriba. ¿Cómo reconocerme en esta oscuridad? me pregunté, y extendí la mano para meterla dentro del humo que me rechazó de inmediato. Vi mi propia figura rompiendo decenas de espejos, y supe que era rechazado porque no hay imágenes de los reflejos. Saber esto me tranquilizó, y me marché. ¿Qué vi? Escenas sueltas y sin ligazón, como momentos antes de que llegue el sueño o hacia el final del universo. Quiero representar lo que el espejo devuelve, pero sin saber qué sea el original, lo que primero fue mostrado, ¿es esto posible? Mientras los párpados se me caen, quiero creer que sí. Mientras unos ruidos en sordina me llegan, lo confirmo. Quizás en algún momento el miedo ceda, y entonces sea libre. Mientras eso ocurra, las calles desiertas de esta ciudad secreta y la vida bucólica de su único habitante, deberán ser escritas. Lo demás, es demasiado real como para poseer encanto.
jueves, 14 de agosto de 2008
Lo que te leeré mientras muramos, Denisse
Haría un collar con los pedazos de nosotros que quedan luego de.
MJ y PM peleando por una chica a la que le llaman “la jodida” («the doggone girl is mine»).
No tienes por qué preocuparte de aquel pinganilla que una vez te molestó en la calle. Es mejor ocuparse de mí, que sí reconozco la belleza, que la disfruto cada noche, de distintas maneras.
Y qué tal si nos fuésemos dentro de un remolino de agua.
Recordemos para adelante y veamos cómo nos va, si acaso las llamas lo abrasan todo.
Las tijeras del editor no pueden hacer menos magnífico a Carver: una hormiga en la trompa de un mamut.
Ahora puedo oír distinto, los pulsos, la vibración del platillo, el rasgueo preciso, el ondear.
Cayendo en picada en una montaña rusa imposible que no tiene más que bajadas, cuya curva ascendente siempre se aleja.
Nos debemos al pasado y lo que queda de este presente. El resto es niebla gris, cargada de tormenta.
«Pero a veces el futuro vive en nosotros sin que lo sepamos y nuestras palabras, que creen mentir, designan una realidad próxima.» En busca del tiempo perdido, IV: Sodoma y Gomorra.
El colmo de la Biblioteca Total: una enciclopedia escrita por Borges, que no es más que la Biblioteca fabricando un autorretrato desde otra mano, asumiendo y acrecentando el equívoco.
En el fondo: "Oye loco, la perra es mía".
Eydie Gorme+Los Panchos, versionando: "Yo no sé si tenga amor la eternidad, pero allá tal como aquí, en la boca llevarás, sabor a mí". Secos.
Debe ser un horror vivir dentro de la cabeza de Tim Burton.
Una bomba estalla dentro de un banco. Las tejas del techo se deforman por la explosión, creando un patrón circular, como si las tejas fuesen un lago y sobre ellas cayese una pequeña piedra.
Los personajes proustianos carecen de moral, comportándose como animalitos. Jupien y el señor de Charlus follan en un baile turbio, con reglas levantadas en el apuro y sigilo del placer lateral.
No desapareceremos juntos, porque hacerlo implica aparecer frente al otro (en tus pupilas, del otro lado), y la desaparición se anula.
Tanto, tanto, tanto que a veces desespera, como cuando a ti te pican las manos.
No, tienes razón, no es nada bueno que la profesora de básica muestre las tetas ni tenga sexo con su alumno de 12 años. Pero igual me imagino en el trance, y visto desde hoy, parece sublime: Mary Kay Letorneau.
No es nada bueno, pero Nietzsche dixit, que todo lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal.
Un domingo en el Parque Forestal, caminando entre ex traficantes de cocaína en el Mercado. Confundiéndose entre los escualos de tierra. Parece todo mentira en más de un momento.
La imaginación tiene bordes, porosos. A cada intento de romper sus fronteras, el centro de ella se mueve, entonces el nuevo territorio es únicamente un espejismo.
Es cierto que la memoria perfecta no agudiza los sentidos. Pero la memoria imperfecta sí que lo hace mi amor.
Escribí sobre mi biblioteca, y acabo así, contigo a mi lado: « Imagino escribir esto en el preciso momento en que veo a mi biblioteca más bella que nunca. Porque aquella mañana, para poder mirarla, debía posar primero los ojos en tu espalda desnuda.»
Una versión propia de lo que seríamos el unX sin el otrX: una pintura invertida, una imagen sobreexpuesta en la retina misma, cual si el ojo tuviese el obturador muy abierto, la emulsión vencida y la mano temblase.
El acelerador de partículas tiene dentro una mariposa nocturna, que agitando sus alas desprende polvo sobre los quarks transparentes: he ahí el secreto de la física cuántica, lo que ni Hawkins ni Sagan supieron nunca.
Que todo es una cadena de posibilidades puras. Que nunca ninguna de ellas se concreta acabando sobre sí. El mero hecho de pensar un cierre se escapa a su concepto.
Que la realidad tiene como base puros cuadros estáticos de imagen. El parpadeo imperceptible del tercer ojo hace el efecto de movimiento, y el de posicionamiento espacial.
Qué bueno es decir que siempre, todo texto no es sino una carta de amor. Justifica las más grandes caídas horrográficas, las inconsistencias gramaticales y la falta de gracia.
Reducirnos a una expresión química posibilita el aniquilamiento enterno/eterno. Soy más que este cuerpo y sus llagas. Soy el motor que mueves y que empuja tus engranajes.
Somos lo incompresible para el Otro. Y en las maromas por entendernos, nos disolvemos desapareciendo ya no para aparecernos el uno frente al otro, sino para fundirnos en el mismo párpado.
Un contrato firmado por abogados corruptos, y hecho válido por perros callejeros. En el círculo de sus afinidades morales, el resto del mundo se juega su estabilidad.
Las alcantarillas llenas de desechos de los abogados y los perros. Y los perros y los abogados como desechos. Es cierto que el mundo no es un lugar cómodo para morir.
Nunca sabré qué es lo que me gusta, qué es lo que quiero más que por la vía negativa. La voltereta es esta experiencia que me abre los ojos, porque por lo menos sé lo que no quiero, lo que aborrezco como si de un monstruo se tratase.
Hay un desierto amarillo, cubierto de desechos robóticos. Nadie más que tú y yo, leyéndote al oído una lista de sinsentidos. El tiempo pasa sólo para que no lo notemos. No hay vuelta atrás, ni forma de esconder la cabeza ni menos salvar la vida.
Tú misma viste arder la boleta entre tus piernas: abrazándonos entre las bolutas de papel negro, idas en un viento nuevo, que nunca volverá por acá.
MJ y PM peleando por una chica a la que le llaman “la jodida” («the doggone girl is mine»).
No tienes por qué preocuparte de aquel pinganilla que una vez te molestó en la calle. Es mejor ocuparse de mí, que sí reconozco la belleza, que la disfruto cada noche, de distintas maneras.
Y qué tal si nos fuésemos dentro de un remolino de agua.
Recordemos para adelante y veamos cómo nos va, si acaso las llamas lo abrasan todo.
Las tijeras del editor no pueden hacer menos magnífico a Carver: una hormiga en la trompa de un mamut.
Ahora puedo oír distinto, los pulsos, la vibración del platillo, el rasgueo preciso, el ondear.
Cayendo en picada en una montaña rusa imposible que no tiene más que bajadas, cuya curva ascendente siempre se aleja.
Nos debemos al pasado y lo que queda de este presente. El resto es niebla gris, cargada de tormenta.
«Pero a veces el futuro vive en nosotros sin que lo sepamos y nuestras palabras, que creen mentir, designan una realidad próxima.» En busca del tiempo perdido, IV: Sodoma y Gomorra.
El colmo de la Biblioteca Total: una enciclopedia escrita por Borges, que no es más que la Biblioteca fabricando un autorretrato desde otra mano, asumiendo y acrecentando el equívoco.
En el fondo: "Oye loco, la perra es mía".
Eydie Gorme+Los Panchos, versionando: "Yo no sé si tenga amor la eternidad, pero allá tal como aquí, en la boca llevarás, sabor a mí". Secos.
Debe ser un horror vivir dentro de la cabeza de Tim Burton.
Una bomba estalla dentro de un banco. Las tejas del techo se deforman por la explosión, creando un patrón circular, como si las tejas fuesen un lago y sobre ellas cayese una pequeña piedra.
Los personajes proustianos carecen de moral, comportándose como animalitos. Jupien y el señor de Charlus follan en un baile turbio, con reglas levantadas en el apuro y sigilo del placer lateral.
No desapareceremos juntos, porque hacerlo implica aparecer frente al otro (en tus pupilas, del otro lado), y la desaparición se anula.
Tanto, tanto, tanto que a veces desespera, como cuando a ti te pican las manos.
No, tienes razón, no es nada bueno que la profesora de básica muestre las tetas ni tenga sexo con su alumno de 12 años. Pero igual me imagino en el trance, y visto desde hoy, parece sublime: Mary Kay Letorneau.
No es nada bueno, pero Nietzsche dixit, que todo lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal.
Un domingo en el Parque Forestal, caminando entre ex traficantes de cocaína en el Mercado. Confundiéndose entre los escualos de tierra. Parece todo mentira en más de un momento.
La imaginación tiene bordes, porosos. A cada intento de romper sus fronteras, el centro de ella se mueve, entonces el nuevo territorio es únicamente un espejismo.
Es cierto que la memoria perfecta no agudiza los sentidos. Pero la memoria imperfecta sí que lo hace mi amor.
Escribí sobre mi biblioteca, y acabo así, contigo a mi lado: « Imagino escribir esto en el preciso momento en que veo a mi biblioteca más bella que nunca. Porque aquella mañana, para poder mirarla, debía posar primero los ojos en tu espalda desnuda.»
Una versión propia de lo que seríamos el unX sin el otrX: una pintura invertida, una imagen sobreexpuesta en la retina misma, cual si el ojo tuviese el obturador muy abierto, la emulsión vencida y la mano temblase.
El acelerador de partículas tiene dentro una mariposa nocturna, que agitando sus alas desprende polvo sobre los quarks transparentes: he ahí el secreto de la física cuántica, lo que ni Hawkins ni Sagan supieron nunca.
Que todo es una cadena de posibilidades puras. Que nunca ninguna de ellas se concreta acabando sobre sí. El mero hecho de pensar un cierre se escapa a su concepto.
Que la realidad tiene como base puros cuadros estáticos de imagen. El parpadeo imperceptible del tercer ojo hace el efecto de movimiento, y el de posicionamiento espacial.
Qué bueno es decir que siempre, todo texto no es sino una carta de amor. Justifica las más grandes caídas horrográficas, las inconsistencias gramaticales y la falta de gracia.
Reducirnos a una expresión química posibilita el aniquilamiento enterno/eterno. Soy más que este cuerpo y sus llagas. Soy el motor que mueves y que empuja tus engranajes.
Somos lo incompresible para el Otro. Y en las maromas por entendernos, nos disolvemos desapareciendo ya no para aparecernos el uno frente al otro, sino para fundirnos en el mismo párpado.
Un contrato firmado por abogados corruptos, y hecho válido por perros callejeros. En el círculo de sus afinidades morales, el resto del mundo se juega su estabilidad.
Las alcantarillas llenas de desechos de los abogados y los perros. Y los perros y los abogados como desechos. Es cierto que el mundo no es un lugar cómodo para morir.
Nunca sabré qué es lo que me gusta, qué es lo que quiero más que por la vía negativa. La voltereta es esta experiencia que me abre los ojos, porque por lo menos sé lo que no quiero, lo que aborrezco como si de un monstruo se tratase.
Hay un desierto amarillo, cubierto de desechos robóticos. Nadie más que tú y yo, leyéndote al oído una lista de sinsentidos. El tiempo pasa sólo para que no lo notemos. No hay vuelta atrás, ni forma de esconder la cabeza ni menos salvar la vida.
Tú misma viste arder la boleta entre tus piernas: abrazándonos entre las bolutas de papel negro, idas en un viento nuevo, que nunca volverá por acá.
lunes, 11 de agosto de 2008
Las sucesiones
Vi ciudades sobre ciudades. Se superponían unas sobre otras, reemplazándose en un movimiento nebuloso, de lento pero preciso desvanecimiento, como si la pereza de la mutación acrecentase su pulcritud.
En una de ellas, existe una enorme plataforma sobre la que construyen una gigantesca nave espacial en la que todos contribuyen. En otra, decenas de varas de luz se ordenan en los vértices de otras tantas decenas de palmetas de cemento, rodeando un edificio magnífico, con una cúpula verde oscuro porque veo a ambas ciudades atardeciendo.
Mientras las observo, con pasmosa tranquilidad, los árboles que tengo entre las ciudades y mis ojos, comienzan a moverse. De todo mi cuadro visual se recortan trozos escuadrados, que ascienden diagonalmente/arriba/izquierda. Pero no queda un vacío, sino que el mismo trozo se reemplaza de inmediato por sí mismo. Y esto ocurre como lo cotidiano, como si efectivamente así se comportasen los árboles invernales. A falta de hojas, entonces el movimiento fractálico: la realidad dividida en secciones perfectamente calzables unas con otras --un rompecabezas siempre allí dispuesto a ser desarmado.
Hay otras muchas ciudades que no recordé. Quizás no eran tales, sino las transiciones entre una y otra, las etapas medias de la labor de destrucción de la previa. Por lo mismo, es evidente el no recordarlas. El entremedio no se nota más que como comienzo o final.
Hay una tercera ciudad, pero esta es real en la medida de las cosas duras e impenetrables, no como las otras que son horizontes de llegada, plataformas de lanzamiento de lo (im)posible. Ciudades como eternos fetos dentro de cáscaras grises.
El solo verlas es una experiencia sublime.
Desde atrás vienen coros que me rodean, que envuelven como algodón cálido, rosado pero no de azúcar. La sutileza de la música no se condice con sus efectos en el ánimo. Las voces femeninas son un bálsamo. Hacen más suave la ya de por sí sutil transición entre las ciudades. Y con otras músicas puestas sobre los coros, los efectos se potencian, mientras mis manos frías funcionan como parlantes móviles. Los dedos incluidos. Moverlos supone variaciones de las ondas sonoras, cuencas de audio, distintas formas geométricas enfundadas en sondo que envuelve sobre la envoltura de los coros.
En la tercera ciudad -la real porque dura-, al atardecer, comienzan a aparecer tentáculos de fuego sobre sus calles, en ellas. Las máquinas que las recorren producen luz propia, rojiza o amarillenta, formando haces consistentes, varillas incandescentes que son la materia de los brazos del pólipo de fuego.
Con detención, es posible ver los cruces de las grandes avenidas. En sus esquinas se detienen las máquinas, dejando pasar a otras. El detalle es magnífico, la precisión que alcanza la vista a pesar de la distancia, es sorprendente.
En estas ciudades el detalle brilla.
Fuera de estas tres, y todas sus posibles transiciones, existe la ciudad que bulle en el suelo, en una baldosa de piedra de otra ciudad que la contiene y disimula.
Es cosa de mirar este piso, uno como cualquier otro, y comienzan a delinearse sus barrios y avenidas vistas desde la altura de un avión imposible, que volaría con una ciudad arriba y otra abajo, donde el cielo no fuese sino otra calle que une las urbes antípodas.
Y como esta ciudad está entre otros rectángulos idénticos, ellas se multiplican hasta el absurdo, pensando en las decenas de avenidas que usan estos adoquines. Todos estos cuadros-ciudades se mueven como si estuviesen montados sobre una ola de cemento líquido que los destruye y reconforma segundo a segundo. Quizás todas las ciudades se muevan sincronizadas, y sus reflejos e incandescencias les sean comunes.
Al final, el número de ciudades posibles de montar y desvanecer no es infinito, pero sí suficiente. Llegará el momento en que ya todas hayan pasado frente a mis ojos, y ese número habrá de ser multiplicado por sí mismo (por las innumerables ciudades que no son sino transiciones).
Y entonces, quizás, todas las ciudades se con-fundan y destruyan para comenzar de nuevo los movimientos entre ellas. O se acaben todas, y la idea misma de ciudad acabe y no queden más que prados y mesetas. Vacíos y puros bajo el cielo diamantado.
En una de ellas, existe una enorme plataforma sobre la que construyen una gigantesca nave espacial en la que todos contribuyen. En otra, decenas de varas de luz se ordenan en los vértices de otras tantas decenas de palmetas de cemento, rodeando un edificio magnífico, con una cúpula verde oscuro porque veo a ambas ciudades atardeciendo.
Mientras las observo, con pasmosa tranquilidad, los árboles que tengo entre las ciudades y mis ojos, comienzan a moverse. De todo mi cuadro visual se recortan trozos escuadrados, que ascienden diagonalmente/arriba/izquierda. Pero no queda un vacío, sino que el mismo trozo se reemplaza de inmediato por sí mismo. Y esto ocurre como lo cotidiano, como si efectivamente así se comportasen los árboles invernales. A falta de hojas, entonces el movimiento fractálico: la realidad dividida en secciones perfectamente calzables unas con otras --un rompecabezas siempre allí dispuesto a ser desarmado.
Hay otras muchas ciudades que no recordé. Quizás no eran tales, sino las transiciones entre una y otra, las etapas medias de la labor de destrucción de la previa. Por lo mismo, es evidente el no recordarlas. El entremedio no se nota más que como comienzo o final.
Hay una tercera ciudad, pero esta es real en la medida de las cosas duras e impenetrables, no como las otras que son horizontes de llegada, plataformas de lanzamiento de lo (im)posible. Ciudades como eternos fetos dentro de cáscaras grises.
El solo verlas es una experiencia sublime.
Desde atrás vienen coros que me rodean, que envuelven como algodón cálido, rosado pero no de azúcar. La sutileza de la música no se condice con sus efectos en el ánimo. Las voces femeninas son un bálsamo. Hacen más suave la ya de por sí sutil transición entre las ciudades. Y con otras músicas puestas sobre los coros, los efectos se potencian, mientras mis manos frías funcionan como parlantes móviles. Los dedos incluidos. Moverlos supone variaciones de las ondas sonoras, cuencas de audio, distintas formas geométricas enfundadas en sondo que envuelve sobre la envoltura de los coros.
En la tercera ciudad -la real porque dura-, al atardecer, comienzan a aparecer tentáculos de fuego sobre sus calles, en ellas. Las máquinas que las recorren producen luz propia, rojiza o amarillenta, formando haces consistentes, varillas incandescentes que son la materia de los brazos del pólipo de fuego.
Con detención, es posible ver los cruces de las grandes avenidas. En sus esquinas se detienen las máquinas, dejando pasar a otras. El detalle es magnífico, la precisión que alcanza la vista a pesar de la distancia, es sorprendente.
En estas ciudades el detalle brilla.
Fuera de estas tres, y todas sus posibles transiciones, existe la ciudad que bulle en el suelo, en una baldosa de piedra de otra ciudad que la contiene y disimula.
Es cosa de mirar este piso, uno como cualquier otro, y comienzan a delinearse sus barrios y avenidas vistas desde la altura de un avión imposible, que volaría con una ciudad arriba y otra abajo, donde el cielo no fuese sino otra calle que une las urbes antípodas.
Y como esta ciudad está entre otros rectángulos idénticos, ellas se multiplican hasta el absurdo, pensando en las decenas de avenidas que usan estos adoquines. Todos estos cuadros-ciudades se mueven como si estuviesen montados sobre una ola de cemento líquido que los destruye y reconforma segundo a segundo. Quizás todas las ciudades se muevan sincronizadas, y sus reflejos e incandescencias les sean comunes.
Al final, el número de ciudades posibles de montar y desvanecer no es infinito, pero sí suficiente. Llegará el momento en que ya todas hayan pasado frente a mis ojos, y ese número habrá de ser multiplicado por sí mismo (por las innumerables ciudades que no son sino transiciones).
Y entonces, quizás, todas las ciudades se con-fundan y destruyan para comenzar de nuevo los movimientos entre ellas. O se acaben todas, y la idea misma de ciudad acabe y no queden más que prados y mesetas. Vacíos y puros bajo el cielo diamantado.
jueves, 24 de julio de 2008
Stranger Than Reality
1. Dice P. que El principito es peor que Juan Salvador Gaviota, porque el primero es impensable sin sus ilustraciones, sin ver al Principito con ese traje que luego usó Cerati.
2. Vuelvo sobre un disco viejo, pero vivito y coleando. Stranger Than Fiction (1994) de Bad Religión, luego de que Gernández me haga ver que tiene el mismo título que una película que le comento.
3. En ella, un auditor de impuestos del gobierno yanqui comienza a oír una voz femenina que relata lo que él hace. Se cepilla los dientes, contando los movimientos, y la voz británica lo sigue. Piensa volverse loco. Una siquiatra afirma que lo suyo es esquizofrenia. Sigue su consejo, y visita a un profesor de teoría literaria.
4. Hace un par de días, una madre golpeó salvajemente a su hija de once años, porque a la mocosa no le interesaba un carajo el libro que en el colegio le habían dado para leer. La azotó durante cinco minutos, para acabar empujándola contra un sillón. Al parecer las heridas internas, el estallido de su estómago en sangre, le provocó la muerte no mucho tiempo después.
5. ¿Qué era lo que la niña no quería leer? Un libro miserable, que no presentaba la más mínima complejidad para ningún escolar promedio --incluso sabiendo a qué promedio atenerse. La Porota de Hernán del Solar.
6. Imagino que si la pequeña hubiese seguido con vida, se habría negado sistemáticamente a leer las porquerías que el sistema escolar le imponía: partiendo por Juventud en éxtasis y acabando en La casa de los espíritus, pasando entre medio por El caballero de la armadura oxidada y Nosotras que nos queremos tanto. Ay la niña muerta que podría haber sido émula de Bartleby, o el opuesto de Montano.
7. Y al revés: qué habría de leer alguien para que mereciese una paliza.
8. A primera hora de la mañana, inspeccionó a mis alrededores en el metro. La mayoría nada lee, de ellos, la mayoría lee algún diario (de los gratuitos, y de los otros), y unos pocos algún libro. Denisse me hace notar que el tipo que lee Juventud en éxtasis (en una edición que se permite ser tan baja como su contenido) va en la misma posición y el mismo sitio que ayer. Un viejo sentado lee una Biblia con borde dorado. Y más lejos una mujer se afana con Coelho, según deduzco de la imagen que la solapa me devuelve.
9. Harold Crick (así se llama el auditor narrado) está en medio de un relato, de una autora magnífica que ha pasado por una década de sequía. Ahora ha vuelto a escribir pero no sabe cómo matar a Harold, y debe hacerlo, porque en todas sus novelas así ocurre al final. El personaje de Dustin Hoffman es genial cuando mediante un test, elimina posibilidades, sobre qué personaje no es Harold.
10. Peor que alguien que no lee, es quien lee porquerías. ¿Qué canon utilizar? Es una cuestión estadística, dado el enorme número de libros y autores. Es inevitable que de vez en cuando se lean basuras. La chica que lee sentada en un parque en una tarde invernal, puede parecer muy interesante, pero en el mismo momento en que el observador se le acerca, descubre que lee a Arturo Pérez-Reverte y toda la fantasía cae rápidamente en la dureza de lo real: esa mujer es común y corriente, no está leyendo a Pessoa, ni se emocionará oyendo poesía del romanticismo alemán, ni le importa mucho la diferencia entre la saga de Los reyes malditos y La Ilíada.
11. «La única manera de saber en qué historia está usted, es determinar en qué historias usted no está. Aunque no lo parezca, he repasado la mitad de la literatura griega, siete cuentos de hadas, diez fábulas chinas, y he determinado rotundamente que usted no es el Rey Hamlet, Scout Finch, Miss Marple, el monstruo de Frankenstein, ni un Golem. ¿Se siente aliviado al saber que usted no es un Golem?»
2. Vuelvo sobre un disco viejo, pero vivito y coleando. Stranger Than Fiction (1994) de Bad Religión, luego de que Gernández me haga ver que tiene el mismo título que una película que le comento.
3. En ella, un auditor de impuestos del gobierno yanqui comienza a oír una voz femenina que relata lo que él hace. Se cepilla los dientes, contando los movimientos, y la voz británica lo sigue. Piensa volverse loco. Una siquiatra afirma que lo suyo es esquizofrenia. Sigue su consejo, y visita a un profesor de teoría literaria.
4. Hace un par de días, una madre golpeó salvajemente a su hija de once años, porque a la mocosa no le interesaba un carajo el libro que en el colegio le habían dado para leer. La azotó durante cinco minutos, para acabar empujándola contra un sillón. Al parecer las heridas internas, el estallido de su estómago en sangre, le provocó la muerte no mucho tiempo después.
5. ¿Qué era lo que la niña no quería leer? Un libro miserable, que no presentaba la más mínima complejidad para ningún escolar promedio --incluso sabiendo a qué promedio atenerse. La Porota de Hernán del Solar.
6. Imagino que si la pequeña hubiese seguido con vida, se habría negado sistemáticamente a leer las porquerías que el sistema escolar le imponía: partiendo por Juventud en éxtasis y acabando en La casa de los espíritus, pasando entre medio por El caballero de la armadura oxidada y Nosotras que nos queremos tanto. Ay la niña muerta que podría haber sido émula de Bartleby, o el opuesto de Montano.
7. Y al revés: qué habría de leer alguien para que mereciese una paliza.
8. A primera hora de la mañana, inspeccionó a mis alrededores en el metro. La mayoría nada lee, de ellos, la mayoría lee algún diario (de los gratuitos, y de los otros), y unos pocos algún libro. Denisse me hace notar que el tipo que lee Juventud en éxtasis (en una edición que se permite ser tan baja como su contenido) va en la misma posición y el mismo sitio que ayer. Un viejo sentado lee una Biblia con borde dorado. Y más lejos una mujer se afana con Coelho, según deduzco de la imagen que la solapa me devuelve.
9. Harold Crick (así se llama el auditor narrado) está en medio de un relato, de una autora magnífica que ha pasado por una década de sequía. Ahora ha vuelto a escribir pero no sabe cómo matar a Harold, y debe hacerlo, porque en todas sus novelas así ocurre al final. El personaje de Dustin Hoffman es genial cuando mediante un test, elimina posibilidades, sobre qué personaje no es Harold.
10. Peor que alguien que no lee, es quien lee porquerías. ¿Qué canon utilizar? Es una cuestión estadística, dado el enorme número de libros y autores. Es inevitable que de vez en cuando se lean basuras. La chica que lee sentada en un parque en una tarde invernal, puede parecer muy interesante, pero en el mismo momento en que el observador se le acerca, descubre que lee a Arturo Pérez-Reverte y toda la fantasía cae rápidamente en la dureza de lo real: esa mujer es común y corriente, no está leyendo a Pessoa, ni se emocionará oyendo poesía del romanticismo alemán, ni le importa mucho la diferencia entre la saga de Los reyes malditos y La Ilíada.
11. «La única manera de saber en qué historia está usted, es determinar en qué historias usted no está. Aunque no lo parezca, he repasado la mitad de la literatura griega, siete cuentos de hadas, diez fábulas chinas, y he determinado rotundamente que usted no es el Rey Hamlet, Scout Finch, Miss Marple, el monstruo de Frankenstein, ni un Golem. ¿Se siente aliviado al saber que usted no es un Golem?»
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