martes, 8 de julio de 2008

La certeza del abismo

Para Nicolás Carvallo, oyendo su «Diván»
Me gustaría decir algo sobre nosotros, o por lo menos de mí.
Hay algo extraño en las formas de las palabras, o con precisión, en las
representaciones que las voces configuran, en los tonos en que se mueven por entre los
cuerpos. A veces me gusta pensar --para hacer obsoleto el tiempo, opacarlo en su
pasar-- que todas las voces son similares para el imposible oído imparcial, que las
diferencias son únicamente producto de la materia con la que chocan luego de
proferidas. Pero el camino de la reflexión es una pérdida de tiempo, claro, por eso
mismo lo practico cuando el tiempo es lo que menos importa.
¿Por qué no puedo hablarlo libremente? Como si se tratase de un suceso más
dentro de la vida, como comprar el pan o leer el diario un domingo por la mañana,
porque a fin de cuentas todo lo que ocurre, que a alguien le pasa, son fragmentos de un
vitral enorme que jamás veremos en su totalidad. En momentos se le intuye, se le puede
incluso divisar borrosamente en instantes cruciales, pero el resto del tiempo, la imagen
enorme no se muestra mientras se va construyendo.
Quisiera borrar este dolor. Al borrarlo, imagino, se iría una parte importantísima
de mi personalidad. Ya. Supongamos que ahora soy feliz, y me reencuentro con un tipo
perdido hace varios años. Físicamente nos reconocemos, pero al hablar él se
desconcierta: yo ya no estoy, me he ido junto con la llegada de la sonrisa a mi rostro. He
mutado en algo irreconocible hasta para mi madre. Los cambios.
Si no puedo decir algo sobre nosotros, contaré algo que nos ocurrió.
Cuando la conocí supe al poco tiempo que eso, que conocerla, se habría de
convertir en un hecho fundamental para el resto de mi vida. Si en el juego del propio
reconocimiento hasta creí comprender mi pasado. La imaginé entonces como una
lámpara, que me hacía comprensibles los sucesos que me habían hecho ser quien en ese
momento era. Pero todo se desvanecía de inmediato, porque cuando comprendía tal o
cual rasgo de mi carácter, por ejemplo mi alejamiento de la higiene, éste era
reemplazado rápidamente por otro, que no tenía por qué ser su opuesto exacto, pero que
se le superponía y hacía impensable que alguna vez reprochase públicamente el pelo
húmedo o la piel olorosa.
Recuerdo eso, pero hacerlo no es decir nada sobre ella, sino sobre mí. Y en lo
que a mí respecta, yo no le importo a nadie, ni a este cuerpo que me sostiene, que quiere
correr de la memoria. Torpe él, porque hacerlo implicaría moverse sin saber qué se
hace. Me quiero aferrar a la idea de la memoria como anclaje, de la maravilla del
pasado, a la grandeza de los fantasmas que nos persiguen. Un llanto que se muestra
como horizonte de comparación.
Hay que huir pronto, hay que dejar esto como está y ya. Correr y escapar de una
vez por todas. Habría que moverse en otras direcciones: desdoblarse. Partirse en dos o
tres partes y cada una que salga para donde quiera ir, donde sea pero no más aquí. Basta
del acá. Digo que este blanco no es un buen lugar para morir, nada más. No es un lugar
confortable, si ni siquiera se puede cavar una tumba como es debido hacerlo. Tú cavas y
aparece un cardumen entero y luego las focas que quieren devorarlas. Eso ya ha pasado
y lo sabemos, ¿por qué entonces la insistencia?
El recuerdo de otros sufrimientos antes sentidos, quizás nos ponga en la
expectativa, en la esperanza de un futuro sin más dolor. Quizás sea necesario fundar una
ciudad donde la muerte, su idea e incluso su palabra, sea erradicada de antemano. La
ciudad de los dioses. De los nunca engendrados. De los ingénitos.
La ciudad de los sin origen.
Te podría definir en una única escena: Tú devolviéndome el libro que te presté.
Te pregunto si acaso te sirvió, yo sé que sí. Me lo confirmas, pero agregas: «aunque no
es una buena edición».
(¿Dije en verdad algo sobre ti o sobre lo que a mí me pasó con tu acto?)
No sé por dónde tomar la frase. Si por el lado irónico, de que justamente
estábamos frente al escaparate de una librería donde estaba la edición buena del libro, o
por otro que no lo conocí nunca. Quizás debiera quedarme con la primera y dejar a las
interpretaciones para otras cosas, para otras personas en otras situaciones, algo así como
bajar la guardia frente a ti. Claro, si ya todo el daño estaba inflingido y ya nada más me
podías clavar en el pecho, ni una gotita de sangre más me podías chupar: ya lo tenías
todo. Sería sano conversar sobre esto, o eso pensé en aquel momento, pero para qué. Si
ya toda la mierda había sido lanzada y tu retrete estaba brillante a fuerza de mis mocos o
de tu llanto —de cocodrilo. Un lagarto gris que se mueve por las cañerías de Nueva
York o Los Ángeles. Dicen que hay de esos viviendo bajo los pies de sus habitantes.
Como el protoplasma diabólico que aparece en una película, que concentra todo el odio
de la ciudad, y que de un momento a otro va a devenir monstruo enorme que destruirá
toda la ciudad (primero) y el mundo (luego).
O no hablamos nunca sobre nosotros, y nunca nos conocemos ni siquiera de
oídas, porque vociferamos siempre sobre los otros; o todo es siempre una voz solipsista,
que refiere a sí misma, y lo mismo: o quedamos solos engullidos en la masa, o nos
volvemos un ombligo, vueltos hacia dentro. La mónada que deja escapar pero no entrar.
Quizás fueses el lagarto oculto que me rasgó la piel. Un movimiento necesario
para el cambio. Hay que ver el sol luego de la tormenta, la luz luego del túnel. Y en eso
insistieron todos. Como si no compartiéramos los mismos clichés, jugando a que yo
venía de Marte y no comprendía en absoluto lo de las heridas con cuchillo oxidado: yo
ya sabía que luego tendría que vacunarme contra el tétanos. O un Virgilio con faldas:
llevándome al centro del infierno y luego huyendo, desapareciendo. Entonces me quedo
ahí abajo y no sé regresar porque mi guía se hizo azufre. Habría sido divertido un
periplo así. Siempre y cuando tuviese la certeza de volver a encontrarte en otro lado,
sobre una colina pongamos el caso, materializándote desde una nube salida del suelo.
Como este vapor que nubla la vista y no deja escribir con tranquilidad. Sube y mueve
las hojas, a veces las calienta tanto que se diluyen, o no se diluyen pero la tinta se corre
y todo se vuelve confuso al intentar leerlo nuevamente. Quizás nunca sepas qué estoy
escribiendo. Quizás lo que leas sea un cuento infantil lleno de colores y de ositos
bailarines y no esto. Cabría una exégesis a fondo para poder leer algo, lo que sea, y dar
medianamente con la intención del autor. Pero no hay tiempo, lo sabemos. Ay, leer,
leer, leer. Ay, escribir, escribir, escribir. Ay estos pasos, esta música y la cadencia que
aletarga.
Es seguro que al final sólo habrá un barranco y abajo la nada. Eso es obvio,
todos los caminos acaban de esa manera. Pero hay que caer con los ojos abiertos y
gritando a todo pulmón como cuando nos subimos a una montaña rusa. Me lanzo y al
segundo recuerdo la sensación que sentiré en los próximos minutos. Sé cómo mi
estómago se contraerá, y sé que podré gritar por poco tiempo porque luego tendré la
garganta seca, tanto por los gritos anteriores como por el viento que me entra por el
hocico herido. Como cuando se saca la cabeza por la ventana de un auto a gran
velocidad, y por dentro todo queda seco. He tomado un camino que se me presenta
como inevitable. Escribir esto es tan necesario como ineludible. Poder salir de esta
blancura también lo es. Hay que moverse rápido so pena de quedar prendado para
siempre en la idea de salir y, dentro de ella, otra idea semejante y así, como un sueño
dentro de otro. Pero en el tiempo de la conciencia los segundos son otros, como cuando
hablamos de kilos aquí o en la Luna, porque hay diferencias notables entre uno y otro
lugar. Hay que advertir sobre la relatividad de los términos, pero por sobre todo hay que
advertir sobre la relatividad de los palabras. Sobre su imprecisión como de los choques
entre sus sonidos, los mugidos con los que nos hablamos, de la imposibilidad que
alguien entienda nada, de la inminencia de la soledad, y la certeza del abismo. ¿Digo
algo ahora? ¿Dije algo sobre ti, sobre el nosotros ya ido? Cómo saberlo. Que porquería.
Desvarío.
18 de junio de 2008

miércoles, 11 de junio de 2008

Los crímenes del sujeto

Releo la noticia del suicidio del galerista español Ignacio García. Lo relevante del caso, es que al parecer, acometió contra sí, por la carga que le significaba ser acusado de falsificar ciertas pinturas de José Vela Zanetti, y venderlas como si fuesen originales, obviamente.

Se comprende el destino de Pierre Menard entonces. Pero con salvedades, como por ejemplo: que Menard no falsificó, en el sentido propio de la palabra, es decir, no quiso hacer pasar la obra de Cervantes como propia, sino que quiso hacer propia aquella obra que de suyo no lo era, pues de su inventiva no había nacido. La labor de Menard (escribir nuevamente ciertos capítulos del Quijote a partir de sí mismo), es de suyo vana, puesto que no hay forma de diferenciar aquellos textos, a no ser claro, que se conozca de antemano la psicología del escritor.

Si bien es posible que existan covers, que una banda haga el mismo tema de otra, ¿cómo sería eso posible escribiendo? Además, ¿por qué se considera como homenaje que otros reproduzcan lo ya hecho por uno? Sobre todo pensando que a veces las re-producciones alcanzan mayor reconocimiento que el original.

Un cover perfecto vendría siendo lo mismo que el original: réplica de sí misma puesta entre dos espejos, ¿para qué seudos homenajes entonces? Aunque el original siempre queda corrido respecto sí mismo, un desfase, desenfoque que impide saber con certeza qué es qué (cuál es cuál, dónde se está), y en ello, una indiferenciación donde da lo mismo que es réplica y que original. Porque también se da el caso de que algo sea tan sí mismo (se parezca a sí) que sea imposible comprenderlo como verdadero: desconfiamos de la perfección como de una mala copia.

Capítulo nuevo de Suicidios ejemplares: centenas de escritorzuelos lánzanse de altos edificios, declarando los robos que cometieron durante sus carreras, por las que ganaron premios, millones, viajes. Hay quienes se enfurecen contra Homero, otros contra Milton, los más con los Evangelistas.

De seguro llamaría más la atención que hoy se escribiese la Biblia que hace más de 2.000 años, donde escribirla era una tarea necesaria, obligada según las circunstancias, tal como recuerda Borges que en su momento lo fue el Quijote. Entonces, ahora mismo, cabría la posibilidad de ser realmente innovador, haciendo algo que jamás nadie haría: una vindicación de la divinidad, del reino etéreo, de la trascendencia a partir de la debilidad, un ensalzamiento de la mojigatería como medio de la felicidad. En resumen, del cristianismo más rancio.

No por nada «plagiar» tiene dos sentidos distintos a primera vista, pero íntimos en un examen un poco más cuidadoso. (1) Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias, y (2) Entre los antiguos romanos, comprar a un hombre libre sabiendo que lo era y retenerlo en servidumbre.

Se retiene, se ata una obra impropia con el nombre que la firma. La signatura no funciona sino como lazo que impide y obliga a la originalidad, a pesar del hurto. Se firma tanto para reafirmar el ego como para distinguir las cosas, unas de otras, unas las mías, de las otras, las tuyas. La firma asegura la originalidad, promete la singularidad de lo firmado, en primer lugar, del trazo mismo que constituye la firma: toda vez que existe una firma similar a otra, ambas son desacreditadas por ser indiferentes.

Lo impropio pasado por agua, queriendo con la operación de la firma, hacerlo pasar por propio. Como cuando los padres les ponen a sus hijos sus propios nombres. A la vez que realizan el gesto de apropiación, no hacen por otro lado, sino confirmar que esos niños jamás les pertenecieron, dándoles la separación de antemano.

¿Por qué Ignacio García decidió el suicidio a los 78 años? No puede haber sido por los cuatro años en cárcel que le esperaban por estafa y delitos contra la propiedad intelectual, ni tampoco por la indemnización de 300.000 euros que debía a los herederos de Vela Zanetti. ¿La enorme deshonra de que le hubiesen descubierto, de saber que su trabajo no era lo suficientemente bueno? Quizás la indignidad de nunca poder haber pintado él mismo lo que otros ya habían hecho. Habría que haberle dicho que todo era una irreversible cuestión de tiempo. Que cuando pudo pintar, ya otros habían pintado lo que él hubiese podido. Que todo estaba hecho ya, desde siempre.

Que no habían posibilidades de singularidad alguna, más que desde los bordes de la cordura.

Que la inexistencia es la única originalidad posible.

martes, 3 de junio de 2008

El otro como (problema) necesario

En el estado actual de las cosas, las películas de animación japonesa, incluyen, fuera de los subtítulos correspondientes, notas a pie de pantalla: detallando la fraseología, los períodos históricos, las referencias externas a que los personajes aluden. Aunque claro, estos textos están en la parte alta de las animaciones.
De pronto, cualquiera puede hacerse de una muy buena idea de los complejos shogunatos y de los procesos políticos que involucran. Esto bien se entiende si se observa a los fanáticos japoneses: otakus, tipos obsesionados con la culturas orientales.
¿Qué otro indicio es necesario para mostrar que las ramificaciones de cualquier obra no acaban jamás? De esto tenía harta conciencia Melville, por dar un ejemplo a la mano.
Cabría la labor propiamente postmoderna: un trabajo sobre textos, y detenerse de escribir cuestiones disque originales. Pero, dejando de lado la siutiquería y el gestos de desprecio propios de tal operación.
Algo así como «Usher II» de Bradbury (Crónicas marcianas); o meterse en los sucesos privados de un personaje real, tal como en «Tres rosas amarillas», donde Carver mistifica la muerte de Chéjov. Nada nuevo bajo el sol, esto es evidente, baste recordar que todo autor “sarcástico” (por lo menos en algún grado, en cierto momento), ha sabido mezclar elementos de muy distinta procedencia para sus collages: Chesterton, Papini, Rabelais o el indecible autor de la Biblia.
Claro que ahora, en el terreno en el que se juega es en el del mundo pop, del cruce preparado por el despliegue globalizado de los caracteres idénticos, del sesgo de las diferencias. Sería cosa de ver cualquier filme de Kevin Smith, donde en cada una de ellas hay referencias explícitas a la saga de Star Wars: como en Clerks, donde se produce una extraña conversación sobre la moralidad de la causa rebelde al asesinar a los constructores “inocentes” (ahí está el meollo) de la Estrella de la Muerte. O de manera más actual, y más cercana, la imaginería completamente externa de Nicolás López, que no hace sino remedar en tono coloquial lo que ha devorado en su vida. Y no hay que apuntar que esto no ha de ser considerado de manera peyorativa, toda vez que la máxima habría de ser «escribir es haber leído». Parafraseando: «crear es conocer lo ya creado».

¿Habrá que decir algo sobre el tan manido concepto de la influencia de unos sobre otros?
A veces las traducciones se convierten en obras más altas que el original que provocan tal trabajo. Por ello, Borges puso su atención a las versiones homéricas. Quizás por ello Aira traduce a Chandler (y por el dinero obviamente). O al revés, en reverencia a un autor admirado: Cortázar traduciendo a Poe, y Vargas Llosa a Flaubert (o prologando Los miserables).
Cae en todo lo anterior todo aquel que escribe. Escribe él y los mil y un fantasmas que lo acompañan. No únicamente sus oscuros pasajeros, sino los ángeles que le protegen también.

A cada paso, no se hace sino confirmar paulatinamente, que llegara el momento en que todo será hecho. En un hipotético tiempo, en el centro de las actividades, en algo así como el grado cero de la inventiva (o de su voluntad), se concentra la materia densa y oscura del obrar. Su ovillo que nutre desde las pesadillas nocturnas hasta los magníficos puentes sobre el mar o los rascacielos de acero y hormigón. A la vez que el ovillo cede, quita, pierde su carácter de completud, esperando volver a reencontrarse luego del ciclo que tarde o temprano se cumplirá. La doctrina del eterno retorno es aplicable a todo, porque quizás todo no sea sino volteretas, palos de ciego contra la nebulosa de lo desconocido y lo por-venir.
Aplicar la teoría psicodélica del Big Bang a la creación humana.

Gernández baja y baja música de la red, a un ritmo superior al que utiliza en escucharla, en conocerla y saborearla. Cuántas centenas de bandas desconocidas. Por una simple cuestión estadística, y no por ciega confianza, es evidente que habrán docenas que vendrán a hacernos felices, a proponernos nuevos estados mentales o de ánimo, pero ¿qué nueva sensación puede ser conocida ahora, a casi la mitad de la vida, si no es una intensificación de otras ya conocidas? Ciertos fraseos, riffs, modulaciones de la voz, escenifican párrafos ya leídos, palabritas ya pasadas, o muestran la necesidad de ponerles nuevamente atención, porque a veces el oído es torpe (o lo que hay entre él y yo).

Humanos al fin, quiero decir, esperanzados, queda el consuelo de las obras ya hechas. La lectura (la música, la pintura: esto es en realidad una gran X) entrega, por momentos, la ilusión de la creación compartida. Si no hay un narrador omnisciente, es entonces el ingenuo lector quien cree serlo, conocer aquello que los personajes no, cuando la miserable realidad (porque ajena), es que ya aquello estuvo previsto de algún modo por otro, semejante, perdido y sufriente, pero dador de infinitos placeres que por suerte, aún no acaban de descubrirse.
Quiera la Divina Mente que esto siga así por siempre.

viernes, 30 de mayo de 2008

Joyce y Proust en el hotel Majestic

Por Tomás Eloy Martínez


La primera persona a la que oí hablar del único y mitológico encuentro entre Marcel Proust y James Joyce fue Nélida Gardell, mi profesora de francés en la Escuela de Letras de la Universidad de Tucumán. De acuerdo con su versión, ambos habían sido convocados a una comida en el hotel Ritz de la Place Vendôme, en París, por el barón Edmond de Rothschild, deseoso de pagar una fortuna para oír cómo dos genios desplegaban ante él sus lujos verbales.
“¿Se sabe lo que dijeron?”, preguntó la clase. La profesora Gardell respondió, enigmática: “Proust quiso averiguar si a Joyce le gustaban las trufas que se estaban sirviendo. Joyce respondió secamente que no”.
Esa escena patética de la literatura universal me persiguió durante años como un fantasma tenaz y, por mucho que la busqué en las excelentes y numerosas biografías de los dos escritores, los relatos me parecieron siempre insatisfactorios.
Jean-Yves Tadié, que publicó en 1996 una monumental vida de Proust —quizá la mejor—, enfatiza que los dos genios no simpatizaron, al punto de que cuando Proust se ofreció a llevar a Joyce en su taxi la respuesta fue un par de gestos groseros. Joyce se puso a fumar desenfrenadamente y abrió de par en par las ventanas, a sabiendas de que su colega asmático no toleraba el humo y sufría con las corrientes de aire.
Richard Ellman, el gran biógrafo de Joyce, registra al menos cuatro versiones de lo que se dijo, incluyendo la de las trufas, y cuenta que Joyce sintió después melancolía por la oportunidad perdida: “Me habría gustado encontrar a Proust en otro lugar, más a solas, para hablar con él a gusto, aunque no sé de qué”.
Me resigné a no saber ya más de aquel encuentro hasta que, hace pocas semanas, leí un libro de 360 páginas que cuenta al fin la historia con pelos y señales. Se llama Proust at the Majestic (“Proust en el hotel Majestic”), y su autor es el inglés Richard Davenport-Hines.
Contra lo que suponía la profesora Gardell, el anfitrión no fue el barón de Rothschild, sino el matrimonio de Violet y Sydney Schiff. Su principal —y luego proclamado— propósito era reunir en la misma jaula de oro a Proust y Joyce, y observar lo que pasaba entre ellos, para contarlo luego a los cuatro vientos.
Lo que pasó fue tan poco, que ni siquiera sirvió como tema de conversación en los salones de la semana. Eso explica que la historia haya circulado como un mito hasta que Davenport-Hines la devolvió a la realidad. En la cena también estaba Pablo Picasso, quien se quedó bebiendo hasta que la cabeza se le cayó sobre la mesa. También Joyce, en silencio, bebía champagne y eructaba con ganas. Ya se había disculpado por no estar vestido de etiqueta. “No tengo dinero para esas inutilidades”, declaró. El único tema que le interesaba era su novela Ulysses, que se había publicado tres meses antes y que estaba en todas las bocas, sobre todo en las de quienes la leían sin entenderla.
Joyce —ha contado el crítico Clive Bell, quien oyó la historia de boca de Sydney Schiff— siguió sentado, sin hablar, con una mano en el mentón y la otra ocupada en una copa de champagne. A las dos de la mañana estaba completamente borracho y de a ratos soltaba bufidos sonoros.
Quince, acaso veinte minutos después, los Schiff vieron entrar a un hombre pequeño y sigiloso, enfundado en un abrigo de pieles, que se movía —según Clive Bell— como una rata. De lejos parecía pringoso y húmedo. Era el autor de En busca del tiempo perdido. Ya había terminado de escribir su gran novela y todavía la estaba corrigiendo y añadiendo frases. Era entonces mucho más célebre que Joyce, y sus largas frases perfectas, encadenadas unas a otras por una música inimitable, se repetían en los salones con devoción sacramental.
Aunque Joyce no vio a su colega como un hombre enfermo (diría, por el contrario: “Se queja, pero está más sano que yo”), las drogas que Proust se inyectaba o bebía con frecuencia asesina estaban acabándolo. Seis exactos meses después de la reunión en el Majestic, una septicemia veloz acabaría con él. Dijera Joyce lo que dijera, era un agonizante en lucha contra la muerte.
Cuenta Davenport-Hines que se ubicaron en sillas contiguas. Registra seis versiones de lo que hablaron, y en todas persiste la incomprensión. Joyce contó años más tarde que la única palabra memorable de aquel encuentro fue un monosílabo, “no”. “Proust me preguntó si yo conocía al duque tal o cual. Le dije: ‘No…’ Madame Schiff quiso saber si Proust había leído éste o aquel capítulo de Ulysses. Respondió: ‘No…’. La situación era insoportable”.
En sus años de gloria, Joyce pagó la indiferencia de Proust hacia su obra maestra con sarcasmos envenenados. Uno de los apuntes de su diario es revelador: “Los lectores llegan al final de las frases de Proust antes de que él termine de escribirlas”.
Proust, como bien apuntó la profesora Gardell, nunca tuvo tiempo de leer Ulysses. Las interminables correcciones a su novela lo absorbían por completo. La muerte, además, estaba mordiéndole los talones. El 22 de noviembre de aquel 1922, Joyce asistió al funeral de su colega en la capilla Saint-Pierre-de-Chaillot, incómodo entre tantos príncipes, barones, embajadores y cabezas engominadas. Cuando el organista tocó, en vez de la habitual música litúrgica, la “Pavana para una infanta difunta”, de Ravel, se retiró rezongando. Como sucede con todas las leyendas, imaginar esa noche de mayo en el Majestic deja sensaciones más intensas que la realidad, que suele ser plana y decepcionante.