domingo, 29 de julio de 2007

Postales oníricas

You can’t watch your own image
And also look yourself in the eye
The Arcade Fire, «Black Mirror»


Entre mí y el cuerpo de una mujer existen innumerables ventanas, acomodadas en muros enormes, enmarcadas en cruces de madera. Hay tantas que ella no me puede ver a pesar de la claridad del cristal.

Lo típico: un salón largísimo, desde cuyo fondo surge una voz que me increpa. Los gritos están idos, como salidos del abismo. Mi angustia es enorme.

He vuelto a la escuela. Pero tal como estoy ahora. Lo más sorprendente es que no me molestan por el pelo largo y mi felicidad es enorme.

Llueven bolas plásticas, que apenas tocan el suelo rebotan nuevamente hasta el cielo. Es imposible caminar, pues se corre el riego de ser agarrado por una de ellas: o uno queda aplastado, o se eleva hacia su punto de origen.

Un mar plagado de pequeños peces, que lentamente y sin dolor, devoran mi piel. Jamás alcanzo a saber qué hay debajo, aunque sufro imaginando que siempre he sido otro, y que le conoceré.

Recorro una calle vacía, con filas de árboles otoñales. Nunca acabo de avanzar, pero no me preocupo por ello, me agradan sobremanera esas calles, a las que pienso como el horizonte de la ciudad.

No es en realidad un sueño, pero en medio de un orgasmo, vislumbré un salón aristócrata en el que supongo a Proust con su bigote mínimo sentado entre otros. Desde el centro de la mesa alargada y enorme, emerge un hombre delgado disfrazado con un traje con el que asemeja una flor espigada, con pétalos que recuerdo eran púrpuras. Quizás hasta haya sido Bowie. Ella no se sorprende demasiado con aquellas imágenes.

Si el sueño tiene una función fisiológica —cuidar el descanso—, ¿de dónde la angustia en las persecuciones, en las representaciones que nos asustan?

A lo lejos conversan Gernández y Valy. Estamos en algo que parece un jardín laberíntico, yo estoy en un pasaje con matorrales bien formados y altos. Entre ellos existen los restos de puertas y sus respectivos marcos ya podridos. Voy leyendo 2666 con un placer indescriptible, si todavía oigo las palabras que leí y que no eran sino las mías propias mezcladas con las de Bolaño. En un momento quiero hacer parecer a Gernández que he desaparecido, que no me vea cuando paso a otro pasillo de árboles, pero él me ve y apunta con el dedo lejano. Sigo leyendo hasta que me pongo a llorar de la emoción, y esas lágrimas –no sé por qué— me avergüenzan.

jueves, 12 de julio de 2007

El topo clarividente

Por calentura seguramente, fue que hace ya varios años fijé mi atención en Acostarse con la reina de Roland Topor (1), que se apilaba en la vieja biblioteca de mi abuelo. Supongo que deseaba encontrar pornografía del tipo Memorias de una pulga que también tuve entre manos: una cadena de adolescentes pajeros entre los cuales me encontraba (lo cual no descarta que siga siendo un onanista empedernido).
Al acabar el primer cuento, no pude sino acabar rápidamente el resto. «En Suiza» propone a tres montañistas perdidos en el frío de los Alpes. Sufren hambre, tanta que uno de ellos comienza a devorar su propia pierna ya congelada e insensible. Sus compañeros se lo reprochan, sólo para darse cuenta luego que la segunda pierna ya había sido tragada por su dueño. Y en lo mismo del hambre: un tipo que jamás ha tenido hambre, al que los mendigos le piden dinero pues sufren el apetito los mata. «¡Qué suerte la suya!» les responde, y sigue comiendo pensando en quienes se mueren con el estómago vacío.
Por esos mismos años —una década atrás más o menos— busqué en internet información sobre Topor. Encontré algunos de sus dibujos. Personajes que se cortan sus propias piernas; con máquinas que los flagelan mientras caminan; una sierra enorme que los parte en dos; metiéndose los dedos hasta el fondo de la cabeza por los ojos; estirándose hasta desmembrarse, etc. También imágenes suyas, en las que un semi calvo fuma un puro enorme, a veces con un sombrero hongo.
Por supuesto que la impresión general luego de su lectura, fue la zozobra y el más completo desconcierto. Pero paréntesis, porque fue de un modo totalmente distinto a cuando bien niño me quise pasar de listo y leer las Narraciones extraordinarias, dibujando a Mega Man (de Nintendo) en las tapas, o hace poco, descubriendo El hurgón mágico de Robert Coover; porque en estos dos casos acepto no haber comprendido nada en el momento de la lectura. Tanto Poe en el pasado, como Coover en la actualidad, me presentan un problema irresoluble, que por el lado de Topor apuntaba a la imposibilidad de reírme de todos y cada uno de sus relatos. Pero igualmente la risa es evidente cuando Jesús camina sobre el lago Tiberíades, y mientras sus apóstoles le miran, el idiota cáese tras pisar una cáscara de plátano («El accidente»).
Incomprensión, y enorme, luego que Michelson advierta a su amigo de la existencia de varios tipos de mentirosos. «Dígame, ¿mi barba es verdadera o falsa?», pregunta Michelson. Le responden que falsa, y se la tiran con enorme fuerza. «¡Pero si es verdadera! ¡Me ha engañado!» le espetan al embaucador. Michelson contraataca: su barba es auténtica, antes de mentir ha tomado sus precauciones, «hay varias clases de mentirosos (…) Durante meses he estado sin afeitarme. Ahora es imposible descubrir la superchería.» Esto es justamente el mentir del natural (Pág. 146).
Mientras leía la Crítica de la razón pura recordaba «Los alimentos espirituales», donde un niño leía el mamotreto, y las dos Críticas más, y luego toda la biblioteca. El médico preocupado, le examina, y determina abrirle el cráneo. Le encuentran un gusano en el cerebro, que extirpan. Al tiempo vuelve a leer: ha quedado la cabeza dentro.
El cuento que da título al volumen en francés, «“Four roses” para Lucienne». Un marido preocupadísimo porque su mujer se ve hermosa luego de embriagarse con el licor “Four roses”. Lo hace con una frecuencia abrumadora y entonces su hígado se resiente, debe con urgencia, someterse a un trasplante. Pero de pronto, en medio de la desesperación, descubren que el ingrediente secreto del licor es el aceite de bacalao y es justamente eso lo que provoca el deseo para con la horrible mujer.

* * *

Sufro de un estado de ánimo lamentable. Producto del amigo mío. Hay una roca enorme sobre mi pecho y el cigarrillo se va sin consultar siquiera al fumador que le necesita. Santiago está bajo ceros —como si ese número que tiende a la desaparición pudiese sepultar la omnipresencia de la real realidad— y mi cama ídem. El alcohol provoca poco si a ciento treinta y cinco kilómetros por hora se avanza sin que policía alguno detenga el móvil en cuestión. Hay que hacerse matar prontamente. Ése es el consejo del día y del mes, quizás del año o de la vida completa. Todo se va y vuelve en un compás incomprensible. Y este libro del que quise escribir se cambia en otros movimientos, que cangrejean arriba y abajo, dentro y fuera para nunca más.
A fin de cuentas todos quisiéramos morir en la montaña rusa del coito. O por lo menos en la certeza de que la muerte no tiene reverso, y que la nada espera al impaciente. Pero «Ah, neófito, no hay muerte» (2).


* * *
(1). Anagrama, Barcelona, 1982; supongo nuevas ediciones. La original es francesa, de 1967 bajo el título de «Four roses for Lucienne».
(2). Pessoa, «Iniciación», en Ficciones del interludio.

jueves, 28 de junio de 2007

Cómo escribir sobre fantasmas

1. Todavía no logro comprender por qué Francisco Mouat me envía su libro. Antes ya me había ayudado buscando información sobre el arquitecto Luciano Kulczewski, del que los estudiantes roban sus firmas de bronce que señalan sus obras. Comprendo perfectamente que sea un acto de generosidad para con uno de sus lectores de sábado por la tarde, eso lo sé. Lo intrigante viene porque en su correo de vuelta, a un comentario mío, subrayara como buena frase: «Esperamos en la misma medida en que el futuro se nos presenta inescrutable», que le he enviado. Quiero hallarle el sentido a ella, la relación que tiene con su libro, con esta crónica transparente e inteligente, sugerente hasta el acabóse.

2. Parece algo sencillo. Julio Riquelme viaja desde Chillán hasta Iquique. Un viaje larguísimo en 1956 y hoy. Lo hace para asistir al bautizo de un nieto que ni conoce. No llega a destino. En 1999 descubren sus huesos en perfecto estado a diecisiete kilómetros de la vía férrea. Fue, lo que se dice por el norte, un empampado: un perdido en el desierto. De ahí la madeja se enreda y entonces Mouat escribe El empampado Riquelme (*) sobre los nudos, sobre el enjambre de enigmas que el caso presenta.

3. «Sin más compañía que la dureza de las piedras, el idioma del silencio y el espíritu de la pampa» (Pág. 39). Entonces, ¿por qué utilizar el pie (derecho) para afirmar su sombrero? ¿No habría sido más sencillo, por ejemplo, ponerlo bajo su cabeza como almohada? Todo dureza, lo más alejado de la comodidad, pero a pesar de ello ése es el lugar final de Julio Riquelme. Luego una suerte de cremación espontánea, diríamos en agradecimiento, porque la huesa amarillenta se deshizo al querer trasladarlo, los restos de carne seca ídem. Todo lo que quedaba de lo que fue Julio Riquelme, fue regado por el viento del desierto que ya antes lo custodió durante cuarenta y tres años.

4. Supóngase la tan mentada recapitulación pre-mortem. Julio Riquelme adquiere una lucidez desubicada —dada su situación extrema. Retiene su sombrero. ¿Para quién, para qué? (Si lo hizo para sí mismo entonces su lucidez deviene en signo de esperanza, o de locura desértica. Recuerdo la demencia provocada por la blancura antártica, los pingüinos de Poe rajando el silencio: Tekelili, tekelili, y los monstruos de Lovecraft imitándolos, despojando de cordura al espectador desprevenido). Quizás tuvo sueño y echóse a dormir, y ahí mismito se fue. ¿Pensaría volver a despertarse? Y lo hace, tomando su sombrero de ala ancha y cuero para seguir rumbo a la costa, alejándose cada vez más de la estación Los Vientos y de la vía férrea. Aquí, cada metro supone días de pérdida, entonces habría que preguntarse, ¿cuántos kilómetros hay que dejar atrás para desaparecer por completo? Una cifra opaca, claro, porque avanzar demasiado obliga a llegar a la antípoda de la antípoda, que no es más que el punto de origen, aquella antigua pretensión…

5. Riquelme quizás amasó un plan completísimo. Sus hijos no le necesitaban en absoluto, hace décadas que no tenían una relación cercana (ni lejana). Y él viajaba a Iquique al bautizo de uno de sus nietos. Bajó quizás en Los Vientos, y se dejó morir seguro (más o menos) de lo que sucedería una vez ido. ¿Pero de dónde la seguridad en la efectividad del plan? Y más aún, en su sincronización perfecta, esto es: que le hubiesen hallado en el desierto, pero vivo, ya habría implicado el fracaso de sus anhelos retorcidos. Pero la pampa es una boca de lobo, y un único paso revela el vacío, el infinito espacio que separa al perdido de sus cazadores.

6. Cuarenta y tres años de pérdida no beneficiaron a Julio Riquelme que quizás hubiese deseado un plazo menor, para acallar los rumores, para que su ex mujer se fuese a la tumba con otra idea suya, para que fuese recordado por sus nietos. Mouat le achunta al afirmar que es un gran mérito el que fuese hallado, pues si en cuarenta y tres años fue invisible, nada impedía que pasaran nuevos cuarenta y tres años. Y he aquí lo formidable del empampado —y por extensión del desaparecido. Que si su ocultación, voluntaria o no, provoca catástrofes inimaginables antes del movimiento (del pase mágico), mayores estragos ocasiona el que vuelva a la presencia, a presentarse con la imagen de la vigilia y ya no con los harapos del recuerdo. A partir de enero de 1999, Riquelme entra nuevamente en la bitácora de su familia, cosa formidable si es considerado el borramiento que había sufrido en 1956.

7. «Antes, de mi papá no se hablaba. Era como un hombre olvidado. Mutis por el foro. Ahora no se puede olvidar» (Pág. 66). Ahora no se puede sino hablar de él. El tiempo se mueve, y lo que era su recuerdo comienza nuevamente, desde el instante en que es encontrado. A partir de ahora se le recuerda de otra manera, como si fuese otro hombre que el desierto parió.

8. «Lo mataron (…) Se fue con otra (…) Se fue a Bolivia (…) A lo mejor robó plata del banco y se fugó, eso andan diciendo algunos (…) No quiso encontrarse con Celinda (…) Se cayó borracho del tren quién sabe dónde (…) Se cabreó, no más. Le bajaron los monos, se bajó y se fue (…) Se empapó (…) No era verdad que quería abuenarse con nosotros (…) Se volvió loco, dijo el diario. Le vino un trastorno medio raro (…) Lo mataron y lo enterraron, nunca más se va a saber de él.» (Pp. 68-69)

9. «Estos números hablan de una ecuación existencial: el hijo descubre a su padre muerto y verifica que su papá era en el momento de su muerte más joven que él» (Pág. 93). Tal que el hijo impaciente, estuviese en la sala de espera de la maternidad correspondiente. Eso, y nada más fue el trayecto hasta su sepultura.

10. Y el argumento, la historia de la desaparición de Julio Riquelme adquiere un vuelco novelesco. Como si en algún momento Mouat se hubiese puesto a leer a Aira —en el supuesto que Mouat escribiese así, en seco, sin la imagen real de Riquelme tirado en el desierto. En el penúltimo capítulo Mouat, o el personaje que él se hizo, consigue hablar con un hombre que compartió el tren con el Empampado, que le conoció en el viaje. Dicen que en un momento, quizás cerca de la estación Los Vientos, Riquelme pareció indispuesto. Pensaron que le dolía el estómago o la cabeza. De pronto, en la noche, abrió su maleta y guardó varias cosas en sus bolsillos, y salió del carro resuelta y rápidamente. Otros pasajeros, no sus compañeros, vieron caer un bulto por el lado del tren. Sus compañeros dieron aviso de su desaparición a los pocos minutos luego de no hallarlo por lado alguno. El tren se devuelve y no lo halla. Este testigo que ahora vive en Australia, jamás olvidó este suceso. A veces pega su vista a un cartel enorme de un esqueleto tomando coca-cola, que está en el desierto australiano. Digamos que Riquelme consiguió lo que nadie pudo. Marcó no solamente a este hombre sino al resto de sus siete compañeros de viaje. Todos, en algún momento de la noche le recuerdan, y se preguntan lo mismo que Mouat. Quisiéramos saber qué pretendió hacer Riquelme, si parecía resuelto a hundirse en la pampa oscura, si de pronto comprendió que su destino era el ambiguo decurso del olvido y la muerte? Recuerdo a un (otro) muerto que anhelaba la eliminación de su nombre. Borges habla:

No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
Del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
Los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.
(1)

11. «Tengo una fijación, no sé muy bien por qué, con los perdidos, con los que desaparecen y no dejan huella, con aquellos sujetos que escriben con sus vidas una historia mínima que apenas alcanza a tocar a los pocos que están cerca de ellos, con suerte a su familia, sus amantes y sus escasos amigos; seres humanos que parecieran no afectar a nadie más en este planeta y cuyo destino no interesa socialmente. Ellos hablan a veces con más fuerza que ningún otro de la condición humana: por su fragilidad explícita, por la mayor libertad que solemos tener para saber cómo viven, porque viven sin mucho que ganar y casi siempre acaban perdiendo.» (Pág. 147)

12. Y por fin creo encontrar el quicio por el que Mouat creyó conveniente enviarme su libro. O quizás es todo parte del plan magnífico de Julio Riquelme, el mismo que el grafólogo nota en las manchas que existen en su identificación. Ineludiblemente en la espiral, y Capote me recuerda: «cuando uno se aleja del mundo, el mundo debería acabarse, pero eso nunca sucede. La mayoría de la gente se levanta por la mañana, no porque importe lo que haga, sino porque no importaría que no lo hiciera.» (2) Pero don Julio Riquelme no previó ni el futuro silencio de sus hijos, ni la pequeña obsesión de un escritor con su sino, ni estas líneas, ni la película que se planea. Y así, el pasado de Riquelme se mezcla con la actualidad ilusoria del lector de El empampado. Y lo que escribo no sería sin sus pasos precisos en su momento, pero inciertos e insinuantes ahora.

13. La obsesión (compartida) de Mouat no es tal, o con precisión, es más bien cierto estado de ánimo, un vaivén del humor o algo igualmente impreciso. Su fijación es idéntica a la que, con variantes, señala Melville con Bartleby o Kafka y su Soltero. Riquelme es la cifra de la nimiedad intrínseca de la humanidad. Usted y yo también. Sorprenden sus historias porque son el breviario de nuestra propia precariedad, del estar constantemente en la cuerda floja. Perderse, o dejarse, en el desierto no comportan sino distintas circunstancias: a fin de cuentas el desasosegado Bernardo Soares, o alguno de los autobiográficos personajes de Fernando Vallejo, habrían querido lo mismo, legar la nada a nadie, y con una fuerza demencial no desear nada, sino desear la nada.


* * *
(*). Ediciones B, Santiago, julio de 2002.
(1). «El suicida»
(2). «Profesor miseria» en Cuentos completos, Pág. 188. Anagrama, Barcelona, 2005.

sábado, 23 de junio de 2007

Cortorrelato apologético

De manera imperdonable, me he dado cuenta que no he escrito sobre Jorge Loncón. Apenas una mención, creo, pero cualquier excusa agrava la falta para con este gran escritor chileno.

Hace un par de años redescubrí uno de sus libros publicado en plena dictadura de Pinochet. En septiembre de 1983 acabó de imprimirse —en la clandestinidad supongo— Semi sordo y algo ciego, volumen dividido en tres partes: Cortorrelatos regerenciales, Largorrelato ingenieril, y Diálogo—Relato ministerial. Ya lo había leído hace más años, me había reído de las burlas contra el dictador de turno y creo que me había preguntado cómo demonios fue publicado sin que los esbirros militares acribillasen a editores, tipógrafos, correctores y autor —así sin más.

Cuando lo hube redescubierto, se lo pasé a Gernández que rió de buena gana, ya por las burlas, como por lo bien que Loncón escribe. Supongo que veníamos recién saliendo de Los detectives salvajes, o solamente éramos más pendejos, pero decidimos buscarlo. Gernández hizo nada. Yo gasté los ojos en el enorme directorio telefónico. Hallé dos Jorge Loncón. Uno con la «V.» luego del patronímico, lo que coincidía con mi presunción de que la señora Victoria Vidal de la dedicatoria, era la madre del escritor (el otro nombre que la antecede es Custodio Loncón). No recuerdo con precisión todos los detalles, sólo las generalidades, una memoria de la generalidad de lo general. Del olvido de los nombres y las lecturas, y con ello, de los escritores perdidos quién sabe dónde.

Uno de los Jorge Loncón, lo recuerdo perfectamente, vivía en la calle Perseverancia, de la comuna de Independencia en Santiago. No hay mejor lugar donde vivir que esa calle. Llamé a ambos. Uno contestó. Le consulté si acaso su segundo apellido era Vidal, y me llevé una decepción. El Loncón de Perseverancia jamás levantó su teléfono. Lo vi con la cabeza caída sobre su pecho, babeando mientras su brazo quiere buscar algo que llevarse al gaznate. No encuentra qué, y el sonido del teléfono le molesta tanto como para cortar violentamente el cable blanco tras el sillón raído.
Insistí por varias semanas. Luego se alargó a meses antes que trabajase el hastío.


Zweig, en su hermosa biografía de Magallanes, afirma que hay muchas incentivos para comenzar a escribir, muchas formas en que la pluma se lance. Para él, en un viaje en barco de Europa a Brasil, fue la vergüenza de sentirse miserable ante el mar (lo sublime kantiano, digamos). El motivo de Loncón puede ser similar, algo como la impotencia ante el horror de la dictadura.

En «Manifestación popular» todo el pueblo decide demostrar su desadhesión al Regente. La manera es extraña: riéndose. En pocos minutos toda la capital está a carcajadas, al cabo de unas horas la radio informa de los primeros desmayos en regiones extremas. Los servicios de salud no dan abasto y toda la población cae agotada o directamente muerta por las carcajadas: «En cuanto a Su Excelencia, el Regente, gobernó por muchos años más, muerto de la risa.»

La segunda parte, el «Largorrelato ingenieril» apunta —como el resto— al absurdo, al ridículo que no es necesario forzar. Y en esto hay algo del mismo material que utilizó Topor, el amigo de Jodorowsky y Arrabal, los del teatro pánico. A un pequeño pueblo comienzan a llegar grupos de ingenieros y constructores para en poco tiempo llenar el villorio de estadios. Hacia final del año ya existen nueve estadios construidos en menos de diez meses. Todo está bien en la población, hasta que el ingeniero jefe consigue la autorización para demoler la iglesia para levantar el décimo y último estadio. El pueblo se rebela e intenta linchar al ingeniero. Éste huye en helicóptero mientras abajo la gente quema los edificios en medio de un improvisado carnaval.

El largo relato final tiene la forma de una obra de teatro. Donde el gobierno tiene el PROYECTO IGRIEGA, para «educar niños incontaminados, puros, excelsos, que un día se conviertan en árbitros justos, inflexibles, insobornables». El Máximo (otra cara del Regente) autoriza el plan, y son enviados dos niños a una isla a comenzar su adiestramiento. Pero claro, en el trayecto hay problemas, sobre todo con uno que «tiene tendencia a pensar demasiado. El otro día me mostró un estudio que había hecho para demostrar la inutilidad de la tarjeta roja». A pesar de ello, las dudas técnicas y de reglamentación son subsanadas, y ambos jóvenes —Tory y Nero—, viajan hacia la ciudad.

Ahora Nero arbitra un partido. Tiene problemas y acaban golpeándolo, al igual que a Tory que intenta ayudarlo. Son ahora juzgados públicamente, con el cargo de haber iniciado el partido antes de que el bienamado Máximo llegase al estadio. Finalmente Nero es absuelto, pues se considera que Tory lo malinfluenció. Le obligan a dejar su pito y a hacer abandono de la sala:
«—Tu nombre no es Nero.
—Yo no me llamo Nero. Estoy vivo. Buenas noches.»


¿Qué decimos del poder cuando se asemeja a sí mismo, id est, al atronador barullo, o a las minas antipersonales? Sólo queda el recurso de la risa, pues como dijo Stubb de Moby Dick (y repite Aira): «No sé muy bien lo que me espera, pero, de cualquier modo, iré hacia eso riendo» —y antes también: «la risa es la mejor respuesta ante lo desconocido» —¡toma Lovecraft!

¿Dónde se encontrará en estos momentos Jorge Loncón? Me he hecho la pregunta muchísimas veces. Y al parecer ahora se dedica a la dramaturgia en el sur shileno según me han contado. Ahora, no hay motivo verdadero para querer conocerlo, pues probablemente sea tanto o más común que sus lectores (escasos, suponemos). Imagino que me le acerco, le digo lo mucho que me gustó su libro, y él con cara de nada. «Ah, qué bueno» agrega, y se aleja. Quizás ni recuerda la existencia de ése libro, porque ha vivido en una fosa desde entonces, porque (remedando a un personaje de Underground de Kusturica) la dictadura misma fue un subterráneo. Y de esto, apenas una palabra: una vez Pinochet en el poder, afirmó que el comunismo había dejado a Shile al borde del abismo, y que ellos darían un paso adelante… sic.

* * *

RÉQUIEM
Por Jorge Loncón
(De Semi sordo y algo ciego. Ediciones Minga, Santiago, septiembre de 1983. Página 15)

Cuando el carpintero se dio cuenta que —por razones de edad— ya no podía seguir trabajando y debía acogerse a jubilación, se suicidó.
El Regente envío sus condolencias a la familia y, en las exequias se hizo representar por un orador que, luego de un emotivo discurso, en donde exaltaba los valores cívicos del viejo, lloró escandalosamente.
Cuando el suceso húbose olvidado, el Regente hizo poner en circulación un documento en donde se alababa el espíritu patriótico del anciano y se instaba a los viejos a seguir el ejemplo. En fin, la solución que el viejo había dado a sus problemas, era una solución que contaba con la simpatía de la autoridad.
Terminaba afirmando el escrito que, por ahora, el suicidio de los viejos sería voluntario; más tarde obligatorio.
Lo visionario de dicha medida fue debidamente alabado en distintos círculos, los que hicieron llegar al Regente un listado de firmas apoyando tal política, que daría al mundo pruebas irrefutables de la operatividad del gobierno.
Ese día el Regente se tomó la tarde libre.