martes, 12 de septiembre de 2006

11

Quizás sea demasiado(1). Pero he recordado, viendo primero a mi hermana hacerlo, la escena en que estaba cuando era niño y comía con fruición (casi sexual) naranjas espolvoreadas con azúcar. Cientos de granitos. La he visto y me he recordado en el segundo piso de la casa de mis abuelos paternos: casa que pronto pasará a otras manos. Tirado sobre una de las tantas camas de ese piso, justo sobre la que daba a la ventana, bajo la cual hay —todavía— un parrón deficitario, que cuando daba uvas, eran verdes y con una piel insoportable al gusto. Tirado de espaldas sobre la colcha, poníale azúcar a la naranja previamente partida en dos. Hoy he recordado con mayor precisión esos momentos de infancia y he dudado si escribirlos aquí. ¿Habría otro lugar más preciso para hacerlo? Inventar otro texto cuya excusa sean estas líneas, pero no, poner aquí algo así como lo que Proust habría sentido si hubiese comido las naranjas tal como yo lo hacía en esos años. Probablemente chorreara el jugo por mi rostro, y de seguro no me importaba en lo más mínimo. Me gustaba mucho la sensación del azúcar como lija sobre mis labios (o las mejillas si el furor era mucho).

¿Qué hacía mi abuela en esos momentos? Doy casi por sentado que estaba en la cocina preparando el almuerzo, que, hasta en estos días, sírvese en esa casa a las puntuales 13 horas con 30 minutos. Costumbre que me agrada hasta el hartazgo, que yo mismo trato de repetir, y no por la hora, que se me antoja «a.m.»(2) sino por la sincronía entre el almuerzo y la transmisión del noticiero de mediodía.

Probablemente ese día de las naranjas jugosas fuese un martes o viernes, días de visita a la feria. El día viernes ella estaba harto más lejos que el martes. Pero era generalmente ése cuando yo acompañaba a mi abuela, no sé por qué, si cuando me quedaba con ella era casi por toda la semana. Me quedaba a veces todas las vacaciones de invierno con mis abuelos. La sensación de acompañarla a la feria era —y sigue siendo tal como recuerdo, como me alcanza ahora— incomparable en emociones para un niño: me llevaba a desear siempre algo nuevo que la feria pudiese brindarme: un nuevo juguete siempre y en todos los casos. Igualmente cuando visitaba los días domingos la feria Bellavista junto a mi madre y tías, feria, mejor dicho, feriantes que he vuelto a ver hace poco, un día jueves cuando me dejé caer por la calle donde también los martes hay feria. En esa feria trabajaba la familia de un compañero mío de colegio en básica. Francisco Aceituno. Por regla más que general lo veía ahí junto a sus padres. Muchos otros recuerdos de él no poseo porque no era parte del grupo con los que me juntaba dentro del curso. Él era más bien huraño, tanto con el curso como conmigo —no sé si específicamente conmigo. Ahora que lo pienso quizás sí lo era en particular conmigo. Me parece que no mucha gente más sabía que su familia dedicábase a esa labor. Mi madre a fuerza de insistir había conseguido hartarme con todo el discurso aquel de que cualquier trabajo bien hecho valía la pena llevarlo con orgullo: «Sea basurero, pero sea el mejor basurero» me decía repetidas veces en esos años. ¿Le habría gustado la idea de que lo fuese realmente? ¿Qué habría dicho si le hubiese comunicado que sería escritor y que con ello obtendría dinero? Parte de su retórica pedagógica se jugaba en hacerme comprender que tenía todas las posibilidades abiertas, en eso que tendenciosamente, llamamos «futuro», y creemos en él máxime si el hijo apenas alcanza la década de existencia —y además asiste a un colegio católico y etcétera y etcétera. El recuerdo general afirma que nunca me importó a qué se dedicara la familia Aceituno, de ahí que la insistencia materna llegara a hartarme, eso sí, sin nunca yo declararlo. Cuando me reencontré con ese sindicato de comerciantes de la feria los pasos fueron así: primero vi en sus delantales el nombre «Bellavista» y recordé de inmediato la feria que visitaba cuando pequeño, para después en mi recorrido atento, ver fugazmente a Aceituno, enorme y gordo. Mi madre preguntó por qué no le dije algo. ¿Qué compartíamos aparte del hecho de asistir al mismo colegio cuando pequeños? Nada más. ¿Le habría dicho que esa feria cuando niño se me presentaba como la novedad dentro de toda la semana?: el hecho de ir a ella y regresar a casa siempre con un nuevo juguete de plástico, un carrito de bomberos pequeño, un camión de la construcción o algo similar. De seguro él no lo habría comprendido en absoluto, de seguro todos los domingos para él no tenían ese encanto porque debía acompañar al trabajo a su familia y trabajar también. Labor que de seguro hoy continúa.

En el caso de las visitas a la feria con mi abuela, éstas poseían una mecánica similar. Pongo específicamente «mecánica» por lo reiterativo del proceso: nuevos juguetes. Hubo unas «antenitas de vinil» y un «chipote chillón» del Chapulín Colorado, idénticos a los de la televisión. O de los mismos autos plásticos y de colores que me compraba mi madre los domingos. Con respecto al tema de los juguetes, acabo de caer en cuenta que hay otras relaciones que no me eran visibles en ésa época. Porque mis abuelos tenían un local en un persa donde vendían, precisamente, juguetes. Tenían montones, y cual más deseado por mí. Hubo uno en especial, que nunca pude tener, y por más que lo desee una vez que el negocio había ya acabado y él se mantenía arrumbado en una pieza de la casa, no pude conseguir. Era una reproducción del antagonista de Optimus Prime de la serie «Transformers», uno que cuando llegaba la hora de la batalla, convertíase en pistola. A pesar de que tuve muchos de esos juguetes cuando pequeño, el nunca poder tenerlo es cuestión que me molesta(3). Conseguirlo ahora, cuando hay legiones de idiotas buscando el paraíso perdido de su infancia televisiva, es tarea sino difícil, por lo menos muy cara.

A la llegada de las compras, entonces las naranjas. Había también en esos días —o semanas— en que me quedaba con mis abuelos, una práctica que me llamaba mucho la atención. Se trataba de un tipo, el «casero» que visitaba el pasaje de mis abuelos en su auto, un Fiat 600 repleto de mercadería: desengrasantes, detergentes, atún en lata, tallarines, jabones, porotos. De todo. Al parecer debe haber dado, lo que ellos llaman, «facilidades» de pago, y no lo digo solamente por el conocimiento que ahora tengo sobre esas formas de comercio sino también por el recuerdo vago de alguna ocasión en que mi abuela no llevó nada pero igualmente le entrego dinero al hombre del auto. Qué exquisito el olor de esa mezcla, de detergentes y alimentos embolsados, aún me gusta cuando paso frente a esos carros enormes que poseen esos comerciantes en las ferias que visito.

En el caso particular de las visitas a casa de mis abuelos, había otro componente que me atraía, tanto o más que aquello de la feria —no lo podría decir con seguridad ahora. Se trataba de los almuerzos a que me acostumbraba mi abuela: siempre contundentes y siempre lleno de esos elementos que las madres no son muy dadas a brindar a sus hijos cuando éstos son pequeños (en la esperanza de que no sean mañosos, o mejor dicho, queriendo que cuando sean invitados a otro lado a comer no dejen en ridículo la educación que se le ha dado al pequeño monstruo): papas fritas y bistec en mi caso. Y además, los postres, que eran cosas que esperaba con ansias. No se trataba de cuestiones preparadas por mi abuela, y quizás ahí estaba el imán, porque eran postres envasados de Soprole: jaleas o flanes o sémolas con leche (con salsa de caramelo que estaba al fondo, y había que romper la sémola para verla, y destruirla completamente para mezclarlo todo). ¡Ay los almuerzos de mi abuela! Bistec con arroz como sólo a ella le queda, y papas fritas enormes y blandas, con una ensalada de tomate con ajo. Tomate que idealizo pensándolo como siempre delicioso, incluso en invierno cuando lo que menos tiene es sabor. Todavía me da esos manjares cuando la visito, cada vez más espaciadamente. Eso es lo lamentable.

* * * * *
1. Por impostar pérfidamente otras voces, por presentárseme esta idea como un apéndice a los recuerdos culinarios de Proust. Eso y no otra cosa subyace en En busca del tiempo perdido. Bien lo sabe Don Ruperto de Nola. Las magdalenas mojadas en té o las naranjas con azúcar. Cf. «A la manera de Proust» de Sábato (aparecido en el suplemento Babelia del diario “El País”, Madrid, 4 de marzo de 1995).

2. Media, y hasta una hora después, está bien. La cosa sería no llegar nunca a las 15 horas sin haber almorzado ya. Aún hoy me molesta cuando almuerzo a esa hora, sobre todo cuando esa hora depende de mí. Tenía en la infancia un vecino y amigo cuya familia siempre almorzaba a horas tardes. En mi casa siempre se bromeaba con ellos y su hora de almuerzo, siempre de manera soterradamente peyorativa —desde la forma de decir de mi madre. Esas no eran horas para almorzar simplemente.

3. Aún mantengo en mi poder, y desde aquí lo veo, un automóvil naranja, un robot que se llama Willie, tal como uno de los cientos de gatos que pasaron por la casa de mis abuelos. Le pusimos así, precisamente por el color de su pelaje. Seguramente yo lo bauticé.

miércoles, 30 de agosto de 2006

Por el despeñadero de Swann

Veo en un blog la imagen de un manuscrito de Hume. Dear sir. Your more obediens humble serviour. David Hume. 8 of July 1766. El mejor filósofo gordito que ha dado la historia. Que le creyeron seguramente loco por mandar a la cresta todo lo que pudiera ser llamado causalidad. Un acercamiento ligero a Leibniz, al íntimo reloj de movimiento que cada ente mantiene. Qué lata.
Subrayo: como si una mesa cualquiera, ésa que tiene usted frente a sí, de pronto cansárase de su estática insistencia y convirtiérase en un elefante. O en algo grandiosamente distinto, una trasformación a la antípoda. Como toda transformación debe(ría) ser. Las cosas se mantienen en su tranquilidad, se quedan una y otra vez tal como las conocemos, como las reglas lo mandan.

«Esa inmovilidad de las cosas que nos rodean acaso es una cualidad que nosotros las imponemos con nuestra certidumbre de que ellas son esas cosas, y nada más que esas cosas, con la inmovilidad que toma nuestro pensamiento frente a ellas.»
Pág. 15

Y esta cama donde me apoyo se me queda pegada entre los pliegues de la piel, y no puedo despegarla sin auxilio de anestesia. Me quedo yo en ella porque no hay una diferencia radical entre nosotros. ¿Podría enamorarme de ella? O enamorarse de un sillón enorme, con los resortes apuntando hacia Plutón que ahora es ya no más. ¿Qué diría nuestro maestro Lovecraft de esto? Él estuvo cuando dejóse instalado a esa roca como planeta, y escribió que desde allí venían los Mi-Go, desde Yuggoth, congelada mole que deambulada robando fuerzas G, masas opuestas y órbitas. ¿Quién está que diga algo ahora, en este momento sobre el enano erradicado?: Gernández, pronúnciese. Que Cthulhu durmiendo espera. El monstruo marino enorme cual Leviatán verduzco con alas y escamas y millones de tentáculos tampoco puede huir de la mecánica de seguir con los párpados caídos, viéndose por dentro.

«¡Costumbre, celestina mañosa, sí, pero que trabaja muy despacio y que empieza por dejar padecer a nuestro ánimo durante semanas enteras en una instalación precaria, pero que, con todo y con eso, nos llena de alegría al verla llegar, porque sin ella, y reducida a sus propias fuerzas, el alma nunca lograría hacer habitable morada alguna!» (Pág. 18)

Como cuando todos los días me despierto y quisiera hacer algo realmente bueno, quizás hasta útil a los demás, pero mi cama me llama tanto que me atrapa de los tobillos y de esas rodillas heridas y oxidadas que tanto duelen. Un hábito del cual ni siquiera Él puede desasirse. Y acabo de escuchar fuera un grito enorme: «¡Cornudo, cagaste con la Vicky!». Realmente hay ciertas cosas que nunca cambiarán.

«Cuando un hombre está durmiendo tiene en torno suyo, como un aro, el hilo de las horas, el orden de los años y de los mundos. Al despertarse, los consulta instintivamente y, en un segundo, lee el lugar de la Tierra en que se halla, el tiempo que ha transcurrido hasta su despertar, pero estas ordenaciones pueden confundirse y quebrarse.» (Pág. 13-14)

Despertarse y justo en ese momento el mundo no está donde lo dejamos. Pero no hay ése problema, porque se sabe que aunque humano alguno perciba el mundo, éste sigue allí porque dios lo mira (¿lo siente, lo experimenta?, lo sufre). Pero el cronómetro geográfico interno nos pone donde tenemos que estar. Las manos no se diluyen, aunque sí se escapa la arena que pudiésemos contener en ellas. La misma que se usó para dibujar en una playa un mate y unas letras que ya el agua arrasó. Dicen que las olas se equiparan con la lengua de Poseidón. Antes esas letras y mis pasos solitarios, y ahora esos trazos devorados por el dios para deleite (?) de su muy refinado paladar.
Estoy aquí pero ya no pueden verme. Y si lo hacen es porque no deberían estar aquí, a mi lado, importunándome. Deberían estar viajando o durmiendo, que quizás sea lo mismo. Que sólo durmiendo viajé a Blanes, y me emborraché con Debord mientras rompía mis manos con la lija de sus Memorias, sobre mis rodillas se sentó el gatito de Perec, vi agonizar a Balzac mientras Hugo lloraba, huí de Combray, me lanzaba desde el piso 15 del edificio de Gernández, le donaba mi hígado a Bolaño (y Parra lo agradecía a su modo), se la traía(1) a Lagos Correa sólo para que la violara y un agreggatum de otras cosas.

«cuando uno está en Barcelona aquellos que están y que son en Buenos Aires o el DF no existen. La diferencia horaria era sólo una máscara de la desaparición. Así, si uno viajaba de improviso a ciudades que en teoría no deberían existir o aún no poseían el tiempo apropiado para ponerse en pie y ensamblarse correctamente, se producía el fenómeno conocido como jet-lag. No por tu cansancio, sino por el cansancio de aquellos que en aquel momento, si tú no hubieras viajado, deberían estar dormidos.»(2)

Si me encuentran es porque estuve ido. Una X eterna en una isla donde ni siquiera las tortugas quieren mirar.


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(1). Cf. «Bring me the night», The Police; o mejor, mucho mejor, la versión de Ceratti «Tráeme la noche».
(2). Pág. 243, «La parte de Amalfitano».
(Lo demás). Proust, Por el camino de Swann. Alianza editorial, Barcelona, 1982.

miércoles, 23 de agosto de 2006

Text musn't go on

Ignatius vuelve a molestarme. Esta vez desde mi propia biblioteca, nuevecito, amarillo y todo un hijo de puta.
He consultado. Quiero saber qué mal puede causar esos problemas con la válvula pilórica y los ojos amarillos. Nadie me ha dado una respuesta. Nadie sabe cómo relacionar ambos trastornos. Pero sabemos que hay relaciones. Gernández lo sabe y con eso me basta.
Gonzalo viaja al norte de Shile y se pasea por las sombras de las maquiladoras que leímos y ve a su hermosa novia amándolo mientras ella duerme, en sus sueños él debe ser un dragón azul y muy grande con unas fauces de cristal o barro blanco, que vendría siendo lo mismo, porque el barro puede ser de arena de playa, y de ése se fabrica el cristal que el Dragón robó.
Le acorralo, que me diga qué nueva porquería estoy leyendo.
Podría haber respondido: «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer» de David Foster Wallace. O algo más de lo terrible que es Los Angeles, algo no de Chandler sino de Ellroy, porque ya me he leído de un tirón «Jazz blanco» en una venta de saldos donde también estaba «Glamorama» y «American Psycho» de Bret Easton Ellis. Pero no. Gonzalo sabe y sabe que he comenzado con «Por el camino de Swann». Otra compra barata, tirada por el suelo –literalmente: salgo de paseo por el Parque Forestal de Santiago, a ver las otras formas de comercio, de los anarquistas y los punk y los hippies que aún quedan. Pero hay demasiados pacos, ellos desaparecen con su hermosa mercancía, deseada por todas las chicas alternativas de Ñuñoa. De pronto veo el libro en cuestión, otra edición separada en dos volúmenes para mayor comodidad del agobiado lector y simplemente la compro sin siquiera regatear. Carlos me había pasado pocos días antes su edición, pero ahora tengo la mía propia y ya nada importa, puede rayarla y ponerle post-it-flags de los mil colores que quiero y saber qué demonios hizo Proust que todavía nadie conoce.
Yo no quiero comer magdalenas mojadas en té. Pero sí quizás pan duro remojado en café cargado.
Y espero que el café no se derrame sobre mi nueva y segunda inversión. Sería la catástrofe.
Una similar a saber que me piden que vuelva a publicar aquí. Que hay algunos que quieren leerme. Como si fuese un placer. Quizás exista el orgasmo invertido, una katábasis enorme y parmenídea que nos mande al fondo de la mazmorra. Pero ahí, en el mero fondo, hay un resorte enorme y de metal negro que nos manda hacia arriba volando a mil kilómetros por hora. Y entonces la ascesis platónica, y hay quien sale de la caverna primigenia y nos cuenta qué hay al otro lado de las cosas. La fenomenología es la ciencia fundamental de las personas nimias. Algo así como Trujillo mirándome por la ventana abierta para que salga el humo de cigarrillo. Por lo menos aquí puedo fumar sin que me pongan multas.
Y sin haber leído una sola línea de Lamborghini ocurre que he publicado antes de escribir. Y la novela que he parido ya tiene una referencia sin siquiera haber conocido ella la impresión. Buenos Aires bulle de actividad tanto o más inútil que la de Santiago. En uno y otro lado gente a la que ver, gente a la que matar, y ver sus vísceras correr por las aceras pulcras, que los alcaldes se esmeran en que parezcan mármol.
Está todo dado vuelta y ésta no es la época de la jodida conciencia. Quien diga eso es un inconciente o un escritor con todas las credenciales al día (o a la noche, depende).
Hay un espiral ascendente que todo lo envuelve dejando dentro lo que no ha sido, lo que le tiempo se ha llevado, los nombres muertos y prestados, el sudor de los cuerpos agusanados y las páginas clausuradas en un archivo PDF.
Esta escritura, este trazo que dejo, me recuerda cada día mi mortalidad, y me ordena entender que toda esta pena es una mera ilusión.
Quizás sea bueno replantearse las metas y reescribir la lista de deseos.

sábado, 22 de julio de 2006

Invernación

Caen sobre Santiago kilos de agua deshecha en gotitas. Quizás quede poco para poner en práctica las clases de natación, las de primeros (y últimos) auxilios y las condolencias.
Dicen que dios debe estar muy enojado porque no se entiende de otro modo tanta agua.
Y tanto frío. Hay cosas que hacer, hay que refugiarse en la cueva mientras continúe seca y con esos dibujitos tan monos que dejaron en las paredes los que estuvieron antes aquí. La única diferencia entre una porquería y el arte es el tiempo. El tiempo que se le dé, o el que se le quite, a otra porquería, a otra obra.
No me ducho en semanas. La mugre procura cierta nueva piel, una que me hace impermeable al desprecio de quien me patea los testículos. Unas costras rosadas me crecen tras las orejas. ¿Branquias? ¿Me vuelvo al mar junto a mis cthulhuideos hermanos?
Una rodilla se descompone. No hay herramientas por aquí cerca. La rodilla duele por el frío urbano. También se ha cubierto de moho por el ambiente cargado de humedad y porque la última vez que me caí lo hice dentro de un lago y nunca me sequé por completo.
Se podría decir que sufro de la misma dolencia por la que Heráclito enterróse en la tierra esperando que ella le quitase el exceso de agua que su pobre cuerpo tenía. Resultó eso falso, si le creemos a Diógenes Laercio: unos perros reconocieron a Heráclito y lo devoraron estando allí enterrado vivo.
Hay un ataúd esperando. Calentito y confortable como dice por algún lado, en alguna línea, en una hojita mojada que pocos quieren leer por cansancio y también por buen gusto.
Agradecido se toma una pastillita verde con un contenido desconocido. Dicen que contiene polvos para inducir un poco de muerte o que son contra la epilepsia. Dicen que si se toman de esas se pueden ver las figuras transparentes que vuelvan por entre medio de las piernas de las chicas más hermosas del universo. Y que se lograría atisbar el plano de la decimonovena hipotética dimensión.
Si hasta los osos se meten en sus cuevas. Hay algunos insectos que se meten en troncos podridos hasta que salga el sol. La cigarra por ejemplo.
Este discurso unilateral se evapora hasta que el despliegue primaveral caiga nuevamente sobre mi cabeza.
Hace mucho frío. Las manos ateridas y este computador funciona peor a cada byte.
Hay cosas que hacer. Tengo que moverme, tengo que respirar, hay que circular moviéndose, tengo que tengo que tengo que hacer.
Se mueven hacia las sombras este blog y junto con él yo. Él me arrastra. Agradecido sí que tiene voluntad propia: en eso me supera grandemente.
Me mete dentro de la caverna, me empuja y tropiezo con una roca, caigo y rómpome la rodilla. La misma rodilla, una y otra vez. Acá está todo lo necesario hasta que el sol decida regresar. Él cierra la gruta con ramitas recién cortadas y luego con una lápida que le robó a Lázaro: Agradecido no respeta ni a los muertos.
Nos leeremos pasadito el equinoccio. Espero.
Eso es lo que B.A.B.E.L. le dice a Agradecido que me diga al oído.