Para D. Por el dieciocho de marzo de hace veintiún años.
Se incendia la Papelera de Puente Alto. Comienza al mediodía. En el corto trayecto a casa de Denisse pasan por lo menos, veloces y ruidosos, cinco carros de bomberos. Durante la tarde, a lo cerca pasan, a lo lejos intentan amagar las llamas.
Cuando salimos, nos cruzamos con tres monjas medianamente jóvenes. Perfumadísimas. Denisse me las anuncia, ¿para que ponga cara de asco?, ¿para que diga algo sobre la importancia del orgasmo diario en voz alta? No lo sé bien.
Poco más de una hora después, cuando nos devolvemos, vemos unas luces que podrían haber sido producidas por una máquina de soldar enorme, del porte de un bus. La luz intermitente que emana (de quién sabe qué) mancha las ramas altas de los árboles justo a la salida del mall, a donde tenemos que ir porque el colectivo no pasa nunca. Nunca más.
Desde donde no pasa el colectivo, vemos de pronto (luego de las luces), una capa de humo casi pegada al suelo, que apenas si llega a los tres metros de altura. ¿Qué es eso? Si no escuchamos estallido alguno.
Mientras los hacemos, un tipo desde atrás grita, parece llamarme. Apuro el tranco llevando del brazo a Denisse que habla por celular. Temo que ni venga con buenas intenciones, sobre todo porque no le tomo en cuenta. Cuando llegamos al paradero de buses, el hombre ya no está, como si hubiésese convertido en humo (¿por uno de los rayos de luz?, quizás).
Y ya no hay humo en el paradero, pero sí un aroma un tanto picante. No recordamos el humo que vimos hasta que aparecen dos carros de bomba con todas sus bocinas encendidas y se meten a un pasaje justo al frente de donde estamos. ¿Estaban soldando las puertas del Infierno y se les escapó una chispa y ahora se les quema el taller? Nunca supimos. Tanto fuego indómito hay en Santiago.
Me angustia que el camino de regreso sea tan accidentado, que no pase la locomoción me pone nervioso. Pero finalmente nos bajamos del metro a pocas cuadras de casa. Denisse compra un cigarrillo, y cuando vamos a cruzar ahí están, frente a nosotros esperando la luz verde del semáforo: las tres monjas de vuelta de dónde quiera hayan ido. Huelo el halo que dejan cuando nos cruzamos, y ya no está el perfume de hace un par de horas.
Y la luna tiene un tono rojizo. Pienso que es quizás por el humo del súper incendio que cubre ligeramente el aire por lo alto.
Todo tiene un tono perentorio. Está pidiendo ser recordado no de manera racional (quiero decir: general), sino particular, en la peculiaridad de sus detalles. Cada uno de estos sucesos por separado no conforman nada en especial, pero su suma da como resultado algo inexplicable, un cierto ambiente, un ánimo de que lo que sea puede ocurrir.
Ya en la madrugada aún se escuchan sirenas de bomberos. Supongo que yendo a apagar los cubos enormes de papel que tienen dentro un corazón de fuego.
Los bomberos vuelan en sus camiones rojos. Mientras, vemos la versión fílmica de Choke de Palahniuk. Y luego nos abrazamos, y todo resulta bien, porque a pesar del imprevisto mundo, del hecho de que el mundo es casual y no causal, seguimos calentitos, con otro corazón de fuego, que se enciende y calienta al otro. Como cuerpos de celulosa incandescentes. O rayos de soldadura lanzados al cielo, en un código Morse sólo entendible por nosotros: los ellos, los otros, los mismos de siempre.
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